Diario de León

jesús fernández salvador

el carnicero ilustrado

tiene una biblia que pesa 26 kilos y un mapa del tesoro del siglo xvi. tercera generación de carniceros, sus cámaras de frío son ahora todo un archivo histórico

NORBERTO

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Publicado por
emilio gAncedo
León

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La ribera media del Esla lo conoce como el carnicero de toda la vida y sabe bien de su incesante trasiego tras el mostrador, de su pericia al desolle, pero Jesús Fernández Salvador, además de las ferias ganaderas, frecuentó siempre subastas, rastros y anticuarios; aparte de tajar filetes, descogollaba colecciones de fotos, pergaminos y legajos; y lo mismo que cargaba lomos, apiló incunables y mapas hasta hacer de su casa todo un archivo histórico, un museo con especial vocación por lo leonés y lo mansillés.

«Como la matanza, el vino y el pan se hacían antes en casa, a mí también me hicieron aquí», ríe, y en Mansilla nació, difícil año de 1938, en el vetusto caserón ubicado al lado de su actual residencia, de padres y abuelos dedicados asimismo al tasajo y la chacina. Diez hermanos tuvo y seis murieron de diarreas («era normal, ¡en verano estaban todos los días las campanas tocando a gloria!», evoca), y desde guaje le tocó ayudar a la labor familiar. «Cuando eras pequeño tenías por la pata de la ternera, algo más mayor, por la pata de la vaca, algo más mayor, lavabas las tripas, y después ya te dejaban el rabo para que practicaras a desollarlo».

También le mandaban a comprar. «Oye, vete a donde Luis el Gaita a por un gochín de un año, con poco hueso». Aún mide Jesús con las manos el espectacular grosor del tocino que tenía. (Y que se vendía, de aquélla, a 50 pesetas el kilo, a un albañil que tuvieron en casa le dio su padre un buen trozo y éste le dijo: «Te agradezco más el tocino que el jornal».) Se acuerda de las colas frente a la carnicería, sobre todo para comprar sebo, que era con lo que se cocinaba antaño. «En vez de a tres pesetas, mi padre lo ponía a dos, por ejemplo, para que les alcanzara a todos», comenta. Iba a comprar un jato y luego el paisano decía: «Coño, pero si levantaba más el ternero que el chaval».

Marchaban a las ferias y casas de labranza de los pueblos comarcanos a mercar ganado («a veces se nos escapaban y volvían, aunque estuviéramos lejos, sabían bien cuál era su casa», asegura). También esperaban las ganaderías que iban, arreadas por gañanes, de León a Mayorga. Un amigo suyo ponía la oreja en la carretera y dictaminaba: «Ya han pasado Villamoros». En la carnicería llegaron a vender una vaca diaria, y mucha oveja en tiempo de vendimias... «¡el hígado llegó a valer más que los filetes!», recuerda Jesús, quien constata cómo el mal de las vacas locas y otras enfermedades asestaron un duro golpe al oficio.

Y se acuerda de los veterinarios que dictaminaban la sanidad de la carne. En una ocasión se llevaron un cerdo enfermo y lo quemaron en una hoguera. Unos gitanos que vieron aquello acudieron a la voz de «¡já, dénoslo, que a nosotros no nos hace daño!». Y otra vez, en Villómar, tuvo que ir la pareja de la Guardia Civil porque el paisano defendía con su vida al gocho presuntamente infeccioso: era su único recurso alimenticio.

La primera moneda que tuvo la compró a un chatarrero a los diez años. «Valía cinco pesetas, y la pagué de cinco domingos seguidos». Todo lo antiguo lo husmeaba y apañaba. De la cercana Lancia sacó cacharros de cerámica y los llevó a la escuela. Y después vendrían muchas visitas a subastas, convenciones, coleccionistas y chamarileros. Tiene 14 ediciones de la Pícara Justina. Centenares de periódicos, libros y fotografías antiguas. Documentos medievales. Joyas bibliográficas leonesas. Autos de fe en los que el reo es condenado a galeras, cárcel y confiscación de bienes. Los primeros mapas de la provincia. Raras ediciones de los leoneses Miguel Bravo Guarida y Elías López Morán, entre otros muchos. Y hasta un curiosísimo documento del siglo XVI en el que un capitán español indica, con pelos y señales, la ubicación de un «fabuloso tesoro». Sus últimas adquisiciones son unas Biblia que pesa 26 kilos y un Quijote ilustrado por Doré. ¿Y todo esto para qué, Jesús? «Oye, pues por tenerlo».

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