En el Campeonato de Francia de paramotor del 2009 quedó cuarto en el podio.

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León

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Mientras limpiaba siendo sólo un crío el polvo de su colección de ‘figuritas’ de avión, en su cabeza ya palpitaba el deseo de volar. Aunque Víctor Rodríguez —más conocido como Moncho— nunca se imaginó llegar tan alto o, al menos, tan pronto. A sus 23 años ya tiene su propio récord de altura, que batió al sobrevolar Sierra Nevada a 4.500 metros. Lo intenta, pero le es imposible describir la sensación de algo tan impresionante y simplemente lo resume: «Levantar los pies de este suelo es lo más grande que hay».

Desde los 16 años, este bombero leonés pasa más tiempo en el aire que sobre tierra firme. Actualmente compite en paramotor, modalidad en la que ganó el segundo puesto en el Campeonato de España en la categoría de noveles, en el año 2008. En años posteriores ha conseguido por dos veces el cuarto puesto en el Campeonato de España, quedando también cuarto en el 2009 en el Campeonato de Francia. Un palmarés deportivo de envidiar para alguien tan joven entre pilotos tan experimentados como los que van a estos torneos. «Es muy complicado entrar en el podio, hay que competir y experimentar al límite para poder superar a los mejores», explica Moncho.

Afán de superación, constancia y mucha pasión por el vuelo son los ingredientes para que alguien a quien no le faltan sensaciones fuertes a diario llegue hasta aquí. Pues entre su rol de bombero y piloto, practica también escalada, espeleología y paracaidismo. Todo tiene un común denominador: «el contacto y la vivencia de la naturaleza». Con tanto subidón de adrenalina es difícil elegir con qué uno disfruta más, pero en su faceta de piloto Moncho lo tiene claro: «Aunque parezca mentira, en los vuelos sencillos es donde mejor te lo pasas. Ascender miles de metros es espectacular y supone una gran satisfacción personal por superar el reto, pues no es como montarse en un ascensor. Es estresante, uno está jugando con la fuerza de la naturaleza, entras en chorros de aire caliente que te aspiran muy fuerte y hay que saber controlar el movimiento, la presión, saber girar e ir subiendo… Cualquier movimiento puede llevarte a una zona complicada, pero de repente, ‘¡zas!’, estás por encima de una cordillera, tú solo, es brutal y donde más notas el vuelo. Sin embargo, donde más he disfrutado y he sentido mayor libertad ha sido en las playas», detalla. Los vuelos al lado del mar son menos peligrosos porque el viento viene «resbalando» por el agua, sin turbulencias, «puedes estar volando como una gaviota durante horas», explica Moncho con emoción. Más concretamente, en paramotor dice disfrutar mucho en los vuelos bajos «observando todo: pueblos, animales; ir saludando gente o haciendo fotografías».

Planear cerca del suelo permite dar usos muy peculiares a este deporte. Moncho asegura que contratan pilotos para llevar pancartas de boda, tirar caramelos en un bautizo o poner pirotecnia o luces de colores en un evento cualquiera, «te permite todo», sentencia.

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