Diario de León
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«Los españoles llegamos tarde a invertir en China», asegura Ignacio Bethencourt. Poeta, asiduo del Instituto Cervantes en Pekín, impulsor de la Casa de Asturias en la capital china —su deseo de jubilarse en Ponferrada no le hace renegar de su nacimiento en Cangas de Narcea— el directivo de Alsa sabe que los empresarios españoles no son los más numerosos en el gigante asiático. Y sin embargo, los españoles estuvieron entre los primeros extranjeros que introdujeron el cristianismo en la China de las primeras décadas del siglo XVII. Tanto es así que Bethencourt se ha convertido en un firme defensor de la figura, un tanto olvidada, afirma, del jesuita Diego de Pantoja.

Era el año 1600 cuando Diego de Pantoja acompañaba al misionero Matteo Ricci desde Nankín a la corte de Pekín. «Se convirtió en el favorito del emperador», asegura Bethencourt. Y junto a Ricci obtuvo permiso para entrar en la Ciudad Prohibida. Adoptó un nombre chino, estudio su lengua y su cultura, corrigió equívocos que se remontaban a los viajes de Marco Polo, inició un tratado de geografía mundial y contribuyó a difundir todo lo que tenía que ver con China en Europa. En Pekín, Diego de Pantoja dirigió la fabricación de relojes solares más precisos —otra vez los horarios— y su capacidad para medir el tiempo y predecir eclipses aumentaron el prestigio de los jesuitas en la Corte imperial.

Bethencourt, que ha vivido en el desierto, en tiendas de campaña mientras hacían prospecciones de petróleo, que ha conocido la miseria de la India —y así queda reflejado en uno de sus poemas favoritos, dedicado una niña vestida de azul con la que se encontró en Jaipur— tiene en el sufrido jesuita de la Edad de Oro a uno de sus referentes.

El directivo de Alsa entiende que el erudito nacido en Valdemoro y fallecido en Macao «está olvidado» y además de promocionarlo a través del Instituto Cervantes, se ha encargado de que la catedral católica de Pekín lo recuerde con una placa.

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