Diario de León

ángela gonzález reyero

Luna de miel... con las vacas

es una de las matriarcas del alto porma. la casaron a los 16 años, enviudó a los 43 y a los 50 la echaron de su aldea, lodares, hoy bajo aguas embalsadas. acaba de cumplir los 95 y bien lista que anda para contar las cosas de antes

ramiro

ramiro

Publicado por
emilio gAncedo
León

Creado:

Actualizado:

Hubo una vez un lugar hecho de casas de piedra con amplias cuadras y airosos corredores, hórreos a dos aguas, ríos que daban buenas truchas y prados bautizados como La Covadiella o La Fumaderna . Un valle escoltado por gigantes (Peñaruelo, Susarón, Peña la Vega, el mordisco de La Forqueta...) y habitado por hombres y mujeres siempre dispuestos al palique y al buen manduque. Hoy, tal lugar ya no existe: León es un territorio afuracado de agujeros negros, de nadas llamadas pantanos y abandonos.

Uno de esos pueblos en los que bullía la vida hasta que en 1968 todo se interrumpió brusca y brutalmente era Lodares. Como pasó en casi todo el valle de Vegamián, las casas se tiraron, a la gente se la echó y un Porma embalsado y monstruoso cubrió lo que antaño eran cocinas, alcobas, iglesias, sueños, recuerdos, trabajos, deseos, amores, raíces y cementerios. Así que siempre viene bien escuchar a los supervivientes de aquel naufragio colectivo y comprobar —de nuevo— cómo ni un atisbo de odio oscurece sus claros ojos: ese es el espíritu de esta montaña.

Una de las matriarcas de aquel pueblo es Ángela González Reyero, la tía Ángela, que acaba de cumplir 95 años de vida afanosa, humilde y sincera. La hija de Florencio y Felipa pasó una brevísima infancia yendo a partes iguales a la escuela y con el ganado («criados nunca tuve, ni de aquella ni después», declara) hasta que a las 16 primaveras la casaron con Isidro, un veinteañero que venía de probar fortuna —y no encontrarla— en la isla de Cuba. De la infancia a la vida adulta sin nada de por medio: vivieron un tiempo en casa de los padres y luego, adquiridas ya algunas vacas, pudieron pagar a los famosos canteros del valle para que les hicieran casa y vivir como una familia más. «Todos los vecinos sacamos la misma carrera, la de labradores», evoca, espigando recuerdos de aquellas breves fiestas (imágenes del Nazareno y la Dolorosa, ¿dónde estarán ahora?) y de lavar la ropa en la presa («cuánto hielo rompí yo, madre»). Entonces, tía Ángela, ¿no tuviste luna de miel? «¡Niño! ¡Mi luna de miel fue ir con las vacas!», responde con ese deje rápido y prestoso, tan propio de los montes del Porma. «La vida está ahora cambiada del todo, del todo —reflexiona—, antes, de diversiones, ¿qué teníamos? Nada, pasar la noche al lado de la gocha para que no les hiciera nada a los gochines recién paridos, ese era todo el cine que teníamos».

La vida la puso a prueba: su marido, que mucho bregaba por las ferias —iba a la del Pilar de Boñar, a Riaño por Primajas... todo a pie o en caballería, «¡Sidrín, qué vaca más buena me vendiste!», le decían— murió joven y dejó a Ángela para atender no sólo a los hijos, también a las vacas, ovejas, cabras... («teníamos de todo, poco, pero de todo»). Enviudó a los 43 (estuvo varios años sin atreverse a abrir la puerta junto a la que Sidro cayó fulminado) y a los 50 aquel rumor que se extendía como una mala sombra por el valle se hizo realidad: les echaban de casa. Como tantos otros hijos del antiguo concejo de Peñamián, apenas quiere recordar nada de aquellas horas trágicas en las que debieron abandonar —del todo— su vida anterior y echar al pozo de la memoria todos los esfuerzos y todos los sentires grapados al hogar en el sentido más amplio de esta palabra. Primero fue con toda la prole a Madrid pero allí no resistieron mucho estos montañeses hechos al aire limpio, así que pocos años después se establecieron en la capital leonesa.

A la tía Ángela no le parece nada bien que los matrimonios y parejas se separen y tampoco ve con buenos ojos a los políticos que tanto aparecen en la televisión: «Yo no sé quiénes son más tontos, si ellos o nosotros que los estamos mirando». Cinco hijos, ocho nietos y siete biznietos rodean («cariño no me falta») a esta mujer que, cuando marchó de la Villa y Corte en tren, dijo: «¡Madrid... qué ganas tenía de verte por detrás!».

tracking