Diario de León

memoria de tiempos revueltos

Una ‘victoria’ y sus secuelas

Un repaso por la época de la posguerra, un capítulo de la historia que sigue aún muy vivo en la conciencia de los españoles

Publicado por
ENRIQUE ALONSO PÉREZ
León

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Con el juicio sereno que la Historia debería ya otorgar al cruel enfrentamiento de las dos Españas, y a la resaca victoriosa de los autodenominados nacionales, se cerraría un penoso capítulo todavía muy vivo en la conciencia de los españoles y que a pesar de cumplir hoy setenta y tres años de un triste final con un millón de muertos, el eco de apagados fragores, cruces funerarias y enterramientos velados, reactiva con su recuerdo viejas cicatrices mal curadas.

Nosotros, sin resquemores de ningún tipo, ni banderas que pudieran desvirtuar la exposición, casi notarial, de nuestros recuerdos, queremos, sin embargo reflejar el impacto y la huella que ‘La Victoria’ causó entre los niños de posguerra. Los que tuvimos que madurar entre cartillas de racionamiento y voces de mando.

Los fuertes intereses generados por la gran hipoteca victoriosa, recayeron, como siempre, sobre las clases más humildes. Los fantasmas del hambre y la tuberculosis, aumentados por la triste picaresca del «estraperlo», se cebaron a lo largo de los años cuarenta en los hogares sencillos, que habían llenado con sus muertos los hoyos, sin tener la mínima oportunidad de mitigar los duelos con los bollos.

Nuestra inconsciencia infantil, fue el único bálsamo natural que nos impidió compartir las angustias paternas. Las preocupaciones de nuestra «tierna» infancia estaban puestas en saborear, minuto a minuto, las mínimas mieles que pudiesen destilar las «amarguras viejas» de nuestros mayores. Ellos sorbieron cumplidamente las hieles.

No sé si por afinidad con la capital legionense, tuvimos también por aquellas fechas la particularidad de contar entre nosotros con la Legión Cóndor, de la más recia estirpe germana. Y también, —un poco más pequeñitos— compartíamos con Miguel Cordero la afición que señala en su Crónica de un Compromiso , de tirar de la guerrera de los soldados alemanes, solicitando con insistencia: «¡Alemán, Caja Finis!», que en su día contuvo un cierto número de cigarrillos turcos Abdulha.

Años de miseria

Aquellos soldadotes, que veíamos enormemente altos e intensamente rubios, nos habían «quitado» la escuela del barrio, al final del Padre Isla, y allí estuvieron albergados hasta que un día, consolidada la Victoria, fueron despedidos con todos los honores en la propia calle que los habíamos conocido, no lejos de la escuela y alumnos que ilustran este apunte.

La Victoria también nos dejó algún moro que otro. La Escuela Normal de maestros, convertida en Hospital Militar, muy a pesar de la saga de los Vicente Mangas, nos presentaba la imagen de la Guardia mora, que durante unos cuantos años —igual que el edificio de San Marcos— lucían a la puerta sus exóticos uniformes, cuyos pantalones recordaban mucho a las típicas «bragas» maragatas.

Aquella victoria que nos dejó sumidos en la miseria, supo sin embargo dar un contenido a nuestras alegrías juveniles, que sabiamente administradas por los vencedores, hicieron brotar un auténtico raudal de canciones añorantes y marchas militares.

Una y mil veces, con el fervor de los años mozos, enronquecimos nuestras gargantas reclamando con notas de pentagrama el cumplimiento de una Revolución con pan, justicia y trabajo. Y reclamábamos también, hasta la saciedad, con la solfa correspondiente, que la pérfida Albión nos devolviese el Peñón de Gibraltar. Pero nos hicieron el mismo caso que ahora.

¡Qué sabíamos nosotros de vencedores ni vencidos!. Pero a partir de la victoria lo que sí veíamos era, que en algunas casas de privilegio —no lejos de la mía, había una— se comía pan blanco y se freían filetes con aceite de oliva.

Mientras tanto, el vergonzante racionamiento asignaba por persona ciento veinticinco gramos de aceite sólida de palmiste (que andando el tiempo supimos que se extraía de las semillas de cierta variante de las palmeras, en África) por quincena, un mini bollo de pan negro de centeno al día y cuatro legumbres de dudosa cocción.

Miseria espiritual

Esta situación de miseria material hizo engendrar la peor de las miserias: la espiritual, que floreció en gentes cercanas al poder, poniendo en marcha una de las más vergonzosas lacras que se dieron en la posguerra: el estraperlo, ese negocio que jugaba con todas las ventajas, pues sus redes tenían asegurada la caída de las más fuertes voluntades, bajo el síndrome de abstinencia más implacable, el del hambre.

Fueron años muy difíciles para las familias numerosas fomentadas por un nacional-catolicismo y unos sindicatos pesebreros, que sólo han cambiado hoy las formas, pero que en el fondo siguen atentos a la voz de su amo, por si las moscas.

Pero fuimos felices, pues los encargados oficiales de administrar nuestras conciencias, al ver la cólera reflejada en nuestros ojos, nos llegaron a «convencer», de que los últimos aquí, seríamos los primeros Allí.

Mientras tanto, el Clero y la nobleza (los ricos en aquel entonces) al más puro estilo medieval, se repartían las prebendas que les otorgaba La Victoria.

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