Diario de León

antonio martínez, ‘palencia’

memorias del barrio viejo (I)

se acuerda de la fábrica de ataúdes que había en pleno san martín, del taller de madreñas que dividía la plaza en dos, y hasta de la carnicería ‘la higiénica’. ‘palencia’ es toda una enciclopedia viva del húmedo

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emilio gancedo
León

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León es una capital pequeña y Valladolid, en cambio, un pueblo grande. Y os lo demuestro: Valladolid tiene 10 cines y León, con la mitad de censo, 11. Cabarets no tenéis ninguno, y en León ya hay cuatro». Así de bravío y certero se defendía Antonio Martínez Iglesias cuando le mandaron un par de años a trabajar a Castilla y el hijo de la casera le llevaba por ahí y le presentaba a los amigos como ‘un paleto de León’. De hecho, tanta tirria le tenía a la ciudad del Pisuerga que evitaba incluso pronunciar su nombre, y de ahí le viene precisamente el apodo con el que es conocido en todo el barrio antiguo este parroquiano imprescindible. Estaba de electricista en Villanubla y cuando le preguntaban: ‘¿Vienes de Valladolid?’, él respondía: ‘No, de Palencia’, que era el nombre de la pensión en la que vivía. Y con ‘Palencia’ se quedó.

Conoce todos los entresijos del Húmedo («antes no se llamaba así —avisa—, dicen que si fue un invento de Valdés, el periodista») este paisano que nació en la recoleta Puerta Moneda en el año treinta y fue bautizado en el Mercado, meollo espiritual y empedrado del viejo León. Es memoria viva de todas estas callejuelas tabernarias y conoce bien el nombre y ocupación del puñado de locales hoy tan frecuentados de la plaza de San Martín, su ruedo diario predilecto. «Esto no lo sabe todo el mundo, que la plaza antes era dos, porque había en medio una casa que era fábrica de madreñas, la plaza de allá se llamaba de las Carnicerías y la de acá, de las Tiendas». Así que desde que formara parte de aquellas ruidosas pandillas de chavales que entablaban justas a pedrada limpia por el honor del barrio y acompañaba a su padre a tomar, de aquélla «un diez» o «un quince» (en céntimos, lo que costaba el vino), lleva bien el censo de las cantinas.

«El Besugo y la Gitana siempre se llamaron así. En lo que hoy es el Tizón estaban los ultramarinos de Federico, La Pintona era la imprenta de Saturnino, y el Geras era otra tienda de comestibles», recita, rememorando aquellos tiempos en los se tomaba mucho blanco y, en tinto, sólo dos clases: Toro y Tierra, que era el del país, el clarete, que llegaban en bocois y en pellejos a las bodegas que todos los chigres tenían embajo. «El Latino era una droguería, El Llar de hoy era El Ruedo, de Antolín, y El Rebote, un almacén de muebles. La esquina del actual Bacanal correspondía al conocido bar ‘del burro’, donde se daban cita no pocas autoridades de la época, el Rancho Chico era Casa Pedro, el In Situ era el Montejos...». La memoria del ‘Palencia’ para los nombres de bares no parece tener fin. Hasta recuerda cuando el jefe de los cantineros, Isacio ‘el gitano’ «que había sido delantero de la Cultural», acordó subir el precio del vaso de vino de una a dos pesetas y quitar la tapa. «Fue un fracaso total». Uno de ellos, el Montejos, se negó, y le llamaban esquirol: «Oye, que yo tengo una familia que mantener», protestaba con razón. Y prosigue su retahíla: «El San Martín era la fábrica de ataúdes de Lozano, donde el Jabugo estaba Canurria el zapatero, más allá había una churrería y después la carnicería La Higiénica. El Chivani fue el As de Copas y el Corinto, y luego optó el dueño por el mote del padre, que había estado en la guerra de África y en moruno chivani debe ser algo así como ‘loco’». La Bicha fue la Relojería Paredes. El Rocco fue El Tiruliqui, El Langreano y El Minero. ¿Quieren saber más? El próximo domingo, el resto.

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