EL ‘COLCHón’ de las botellas
La revolucionaria paja de centeno
en la finca villa blanca de hospital se hicieron fundas para proteger las botellas

Los ex trabajadores de la fábrica de fundas de paja posan con su obsequio en compañía de las familias propietarias de Villa Blanca y la representación municipal.
Las familias Suárez y Alonso festejaron el último fin de semana de julio el centenario de la propiedad bautizada como Villa Blanca, en la que durante medio siglo se ubicó en la localidad de Hospital de Órbigo una fábrica de fundas de paja para las botellas. Con tal motivo, los integrantes de ambas estirpes rindieron un emotivo homenaje a los trabajadores que aún están vivos y que realizaron su labor en las citadas instalaciones. Al acto acudieron unos 30 ex empleados a los que les fue entregado una especie de cuadro compuesto por una serie de fotografías de las dependencias de la factoría y la maquinaria de la misma. También se adjuntaba una nota de agradecimiento por el trabajo realizado. En la efeméride se contó con la presencia del alcalde del pueblo, Enrique Busto, quien acudió acompañado por dos concejalas. La máxima autoridad municipal hizo entrega a los anfitriones de una réplica del famoso puente del Paso Honroso.
Durante el encuentro los asistentes rememoraron multitud de recuerdos y anécdotas relacionados con su actividad diaria en la que popularmente se conocía, y aún se recuerda, como La pajillera. Pero esta propiedad cuenta con una azarosa y dilatada vida.
El astorgano Santiago Franganillo se hizo con la propiedad conocida como El espadañal hacia 1850 fruto de una casualidad. Ubicada en la salida de Hospital hacia Benavides, Franganillo conoció la finca Villa Blanca al tener que pernoctar en el pueblo debido a una avería mecánica en su coche.
Santiago Franganillo era una persona muy peculiar. Según cuentan, sus padres querían que estudiara Derecho, algo que a él no le atraía en absoluto debido a que tenía fama de «vividor». Se enamoró de Blanca Juana, una chica de buena familia, pero esta relación no era bien vista por sus allegados. Tal era su amor que llegó incluso a «secuestrar» a la joven, aunque por poco tiempo, ya que fueron localizados. En su ajetreada vida, Franganillo manifestó su intención de estudiar, motivo por el que se trasladó a Salamanca, donde lo único que hizo es gastar todo el dinero que le habían proporcionado sus padres. Entonces decidió emigrar y su destino fue Cuba, desde donde enviaba dinero a su amada. Su amor por esta mujer era muy especial, por lo que un día regresó del país caribeño para solicitarle matrimonio.
Ya en España y una vez que había adquirido Villa Blanca a raíz de la anécdota de la avería de su automóvil, Blanca Juana en un principio no estaba de acuerdo en abandonar Astorga para fijar su residencia a orillas del Órbigo. Al final se instaló en la finca, que había sido adquirida por Franganillo con los ahorros obtenidos en Cuba. Santiago trajo muchas plantas de la isla, algunas de las cuales todavía hoy se pueden contemplar en el lugar y están catalogadas en un libro de árboles singulares.
Santiago puso fin a su vida suicidándose y Blanca Juana retornó de inmediato a la ciudad de Astorga. Años más tarde, un rico industrial astorgano, Tomás Rubio, adquiere la propiedad y pone en marcha una fábrica de harinas. Será en 1912 cuando el farmacéutico de Hospital de Órbigo Arturo Paramio Fernández de Arellano compra la finca.
Hasta la fecha las botellas de vidrio se protegían con la paja del arroz, pero tenía inconvenientes, tales como la producción de enfermedades parasitarias. Esta realidad animó a Paramio Fernández de Arellano a investigar un material que fuera más idóneo para tal objetivo. Su conclusión fue que la paja de centeno era el mejor producto para la protección del vidrio, debido entre otras características, a su resistencia, ductibilidad y a que no era foco de enfermedades. Hasta el momento la única utilidad de la paja de centeno era la de mullir el suelo de las cuadras.
En Holanda y Alemania se utilizaba este tipo de protección, por lo que cogió las maletas y se trasladó a estos países para informarse lo más posible sobre el proceso de elaboración. Su estancia fue muy productiva y de regreso a España decidió poner en marcha en los terrenos de Villa Blanca una fábrica de fundas de paja. Hacia 1920 empezó a funcionar la empresa. En sus inicios, el trabajo manual predominaba en la elaboración de las protecciones de las botellas, aunque la maquinaria se fue introduciendo paulatinamente. El farmacéutico de Hospital de Órbigo adquirió varias máquinas en Holanda y Alemania.
En la empresa la mayoría de los trabajadores siempre fueron mujeres. En los momentos en los que la mecanización no era tan evidente llegó a haber un centenar de empleadas, mientras que los hombres se contabilizaban en un número mucho más reducido. La llegada de los avances tecnológicos fue restando mano de obra.
La entrada en funcionamiento de La pajillera supuso cambios importantes para Hospital de Órbigo y sus alrededores, así como un revulsivo en todos los aspectos. Las costumbres agrícolas se transformaron y el centeno empezó a ser cultivado de forma mucho más importante, debido a que la venta estaba asegurada. Hasta Villa Blanca acudían agricultores de toda la comarca con sus carros repletos de paja de centeno.
La primera luz eléctrica de la que disfrutó Hospital tuvo su origen en la fábrica de fundas. La empresa contaba con una turbina que generaba la energía necesaria para hacer funcionar la maquinaria, pero cuando no se trabajaba se utilizó para iluminar la localidad.
Una vez confeccionadas las fundas de paja, éstas se empaquetaban y mediante un carro se transportaban a la estación de ferrocarril de Veguellina de Órbigo, desde donde partían hacia sus destinos. Los clientes se encontraban por toda España, y los más destacados eran Codorniu, González Byass, Bodegas Franco Españolas o Sidra el Gaitero. Pero la fábrica de fundas de paja de Hospital también exportaba. En los momentos de mayor esplendor se llegaron a enviar a Cinzano Argentina de Buenos Aires medio millón de fundas al mes.
En la fábrica se hacían fundas de distinto tamaño en función del tipo de botella a proteger. En los años más prósperos la demanda del producto era muy elevada, lo que provocaba que fuese muy difícil atender todos los pedidos, por lo que se abrió una segunda factoría en Vega de Magaz, en La Cepeda, en la finca bautizada como Villa Anuncia.
El peso de la empresa lo llevó Isaac Suárez García, quien llegó a la misma en 1920 desde América, más concretamente Argentina. Su hijo, Manuel Suárez Alonso, se incorporó con posterioridad y fue su mano derecha hasta 1970, año en el que se puso fin a la actividad con motivo de la irrupción de otros productos más modernos para la protección del vidrio, tales como el cartón en un primer momento y más adelante el plástico.
Un aperitivo en la finca Villa Blanca el 29 de julio fue el escenario en el que se volvieron a revivir por parte de los ex empleados que continúan vivos anécdotas de la empresa que se llamó ‘Isaac Suárez García, fábrica de fundas de paja’. Un día antes, unos 70 miembros de las familias Suárez y Alonso también se reunieron con motivo de tan importante fecha.