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enrique vázquez
León

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Por un lado anda José Vicente, en un plan conciliador, insistiendo en la necesidad de un diálogo con el mundo empresarial y por el otro anda Chávez en un plan provocador y amenazante». Estas líneas son de un artículo de Teodoro Petkoff en noviembre del 2001. El antiguo comunista devenido político y, finalmente, editor y periodista, tal vez el más jugoso editorialista de Venezuela, escribía lo que era entonces una clave del régimen, joven aún y en vías de institucionalización: la influencia moderadora de José Vicente Rangel sobre Hugo Chávez.

Algo de eso era posible cuando el teniente coronel Chávez llevaba solo dos años en el poder en Caracas. La afirmación se basaba en el hecho reconocido, y subrayado por Richard Gott, un biógrafo del presidente y que gozó de sus confidencias, quien menciona a Rangel, junto a Luis Miquilena, otro hombre de la vieja izquierda clásica nacional, como el gran consejero político de Chávez. Miquilena, presidente de la Asamblea constituyente y ministro del Interior, abandonó al presidente tan pronto como en el 2001, pero, más paciente, Rangel, quien fue ministro de Exteriores y Defensa y después vicepresidente de la República, anduvo por las alturas y con un acceso privilegiado al jefe hasta enero del 2007, cuando renunció sin romper formalmente con Chávez, pero recuperando su autonomía política personal. Ambos habían ayudado a crear el Movimiento Quinta República y, por tanto, a institucionalizar el chavismo, ahora sacudido por la emergencia de una oposición fuerte, los errores del régimen, radicalizado contra sus propias conveniencias y el número de indecisos cara a la elección de hoy.

Su enfermedad, en cambio, no parece haber jugado un papel central en la campaña y con buen gusto nadie la ha utilizado abiertamente como un arma arrojadiza. El milagro de febrero pasado, cuando dos docenas de partidos y organizaciones se pusieron de acuerdo por fin para fundar la Mesa de Unidad Democrática y eligieron a Henrique Capriles como su candidato, abrió una fuerte posibilidad de cambio democrático. No hay sospecha de eventual fraude electoral y la tasa de participación será decisiva.

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