La agonía europea
El gran Montesquieu, como un par de siglos antes que él el español Andrés Laguna, fue un europeísta fervoroso en el sentido de intuir que alguna clase de federación sería posible algún día. Y dejó escrito que «Europa no es más que una nación compuesta de otras». Un observador crítico diría hoy por hoy que no estuvo muy fino el maestro.
La crisis que, con toda claridad aunque con un tratamiento formalmente moderado y técnico, atraviesa la Unión Europea es potencialmente letal para el invento en términos políticos y sociales y, salvo rápida superación de la enfermedad, su fin no es una hipótesis descabellada. Reaparecen tics expresando connotaciones crudamente nacionales y particularismos cercanos a viejos neocasticismos y el rencor entre países miembros crece en la calle. La aversión por Alemania sube y en Grecia vertiginosamente.
El Gobierno alemán ha pasado de ser meramente el cancerbero de la ortodoxia financiera al guardián celoso de lo que se tiene en Berlín por la virtud, pero hay una posibilidad, según las cifras desveladas el jueves, de que la recesión también llegue al país, que se aproxima a la atonía económica y nota la lenta pero sostenida baja de sus exportaciones. El espectáculo de una Alemania en recesión, como casi todo fiel cristiano, sería en verdad estimulante y tendría algo extraordinariamente positivo: cambiaría la rígida conducta de la canciller, su ministro de Hacienda, Wolfgang Schaüble y el presidente del Bundesbank, Jens Weidmann. La adopción de una política intervencionista de extracción neo-keynessiana basada en heterodoxos estímulos estatales sería inevitable.
La previsión, que parece imaginable si se recuerda cómo manejan la crisis en Washington, parece plausible, en el mejor de los casos, a largo plazo pero podría ser algo más corto de lo previsto. Depende tal vez de que, como han predicho ya muchos distinguidos observadores, el Gobierno francés constate el fracaso de su ajuste de 37.000 millones de euros ordenado en nombre de la bendita sobriedad y lucha contra el déficit. El amigo Montesquieu no sopesó en su benéfica descripción el peso de la riqueza egoísta ni la falta de perspicacia de algunos dirigentes y la ceguera aldeana de otros.