Jaime Argüello

El creador del barro

El barro fascinó al maestro del alfar museo de jiménez de jamuz cuando era niño. Al terminar el bachiller colgó los libros para aprender el oficio

Jesús

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Alberto Domingo
León

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La soledad del invierno llega a su fin. Las visitas al Alfar Museo de Jiménez de Jamuz aumentarán pronto y con éstas el maestro alfarero, Jaime Argüello, cerrará su Génesis particular —las pocas visitas de la estación le permiten crear las piezas de la hornada anual— para dedicarse a enseñar la alfarería viva, lugar que guarda el oficio que dio fama y sustento diario a esta localidad del municipio de Santa Elena tal y como se realizaba antes de que los tornos eléctricos y los modernos hornos se instalaran en el sector.

El artesano, de 28 años, se metió en el barro de niño. Pero el pasatiempo que consentía Martín Cordero —el primer maestro que cuidó el museo, ya fallecido— a los chicos del pueblo se convirtió en su profesión cuando cumplió los 19. Tal fue la atracción que causó la faena en el adolescente, que aprendió poco a poco a levantar las piezas gracias a un maestro de pocas palabras, que señalaba sólo lo fundamental, para no ahogar la creatividad del alumno.

Argüello modela el barro, el mismo del que salió la humanidad y al que regresa, como el Creador. Gasta su aliento en impulsar el torno con el pie y disfruta de su trabajo. Tal llega a ser el goce al conseguir una pieza perfecta que rebosa satisfacción en su regreso a casa. Al día siguiente, vuelve a contemplar las piezas incluso antes de dar la luz del museo.`

Maestro sin titulación, tuvo que opositar para acceder al cargo al desaparecer Cordero y nunca ha cocido en horno eléctrico o de gas. Las pegas —punto de contacto entre las piezas— y las distintas tonalidades con las que el calor y las llamas colorean el vidriado del barro son garantía de artesanía total en un horno de adobe crudo, que se atempera con matorral una sola vez al año. A mediados del siglo XX, al menos veinte hornos como el del museo funcionaban a diario en Jiménez. El artesano es consciente de que necesita veinte años para alcanzar la producción de piezas que salían del pueblo en un solo día. Es el precio de mantener la tradición en un pueblo que conserva cuatro alfarerías que cuecen cuatro veces al día cada una, pero con otras tecnologías.

Argüello ha probado, sin embargo, el torno eléctrico, muy bueno para levantar las piezas por su rapidez, característica que no le gusta tanto para el trabajo delicado, como a otros colegas suyos, que conservan el tradicional para estas tareas.

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El barro no pasa de moda y los jiminiegos le aportan su carácter creativo e incluso irónico, con la jarra-trampa o el botijo de trompa —más fálico que paquidermo—. La visita al Alfar termina siempre con la invitación del maestro a beber agua de la jarra-trampa sin mojarse. Conseguir el reto tiene como premio llevarse gratis una pieza del museo. Argüello desvela, finalmente el truco, cuando los visitantes han derramado sobre la ropa el líquido, pero recordarlo no es sencillo, por lo que el galardón continúa desierto. No todos los visitantes han sabido aguantar la broma de su anfitrión: una visitante le arrojó un jarro de agua en venganza.