Diario de León

santos gonzález, ‘el de picos’

tú a valdeón y él a california

¿aprendiste el idioma? «¡pero si las borregas no saben inglés!», responde santos, veterano de la guerra en sidi ifni, sobre los años en los que fue pastor en eE.UU.

SECUNDINO PÉREZ

SECUNDINO PÉREZ

Publicado por
emilio gancedo
León

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Con nueve años apenas cumplidos ya subía el ganado al Puerto de Llavarís a cumplir con el viejo rito del pasto y el parto, y en aquellos altos valdeoneses dormía en la choza cubierta de ramas de escoba entre marzo y mayo sin ningún miedo, que cuidar los animales era lo suyo, y recuerda bien cómo un día de abril cayó tal nevadona que tuvieron que bajar a Porciles a la carrera y con todos los telares encima. Los había mayores y pequeños en aquellas majadas, y los guajes como él también trabajaban de lo lindo «podando acebos para echárselos a las vacas, y también el mojizo , lo que cuelga de las hayas, ibas con la hoz y detrás metían ellas el hocico, les gustaba mucho». Eran unos Picos muy diferentes a los que hoy transita el turista, con todas las laderas aterrazadas y alfombradas de trigo, garbanzos y maíz, lentejas y centeno, y campas de yerba, un tapiz de verde práu y dorado grano, y de mucho trabajo de acarreo y apaciente que impedía a rapaces como Santos acudir a la escuela.

En un principio le mandaron a cumplir con la patria a Sabiñánigo, Pirineo de Huesca, pero echaron entonces unos sorteos «para cubrir bajas» en la guerra marroquí, hoy olvidada, que se libraba en Sidi Ifni y al joven Santos le tocó, con la singularidad del viaje en avión y con la durísima sequedad de aquellas tierras, algo del todo sorprendente para el montañés. Santos tiró muchos tiros y vio muchos heridos —a un compañero le entró una bala por el trasero, le bajaron como pudieron entre grandes voces— y también muertos —a casi toda una posición que aguantaba delante de la suya se la llevó por delante un obús—. En el monte Boyerizo se pasaron un mes entero esperando relevo, soportando bombas, y él con la misión de controlar una de las partes del mortero. Por eso casi se le hiela la sangre cuando en una ocasión vio cómo un soldado jovencillo se equivocaba y metía el proyectil «con la espoleta para dentro». «¡La sacamos de la misma boca del mortero en el último momento!», dice, respirando aún hoy con alivio. A la vuelta —se dice pronto, pero tardaron en barco 23 días— la gente del pueblo quedó asustada, ni esperaban verlo de nuevo. Y por volver a salvo hizo ofrendas al Cristo de Boca y a la Virgen de Corona.

Después, como tantos otros de su valle, la elección estadounidense, de pastor en California, Lancaster, cerca del desierto de Mojave, entre los 24 y los 28 años. Una vida dura, viviendo en caravanas, siempre entre mares de ovejas, 3.000 cabezas. Grandes extensiones, ranchos, pocos pasatiempos y muchos vascos. Eso sí, cobraba 200 dólares al mes y aprendió a conducir. ¿Inglés? «Sólo lo básico. Buenos días y gracias. Las borregas no saben idiomas», zanja Santos, quien a su vuelta montó, de socio con un pariente, en 1965, la Cafetería España de la avenida Madrid que luego llevó en solitario con el nombre de Picos de Europa. «Durante siete meses dormí aquí, en una cama plegable», confiesa. Casi 50 años después sigue trajinando en el local, hoy exitoso restaurante. «Hay que ser trabajador, porque dar, no da nadie».

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