abdicación, la palabra
Cuando desde la televisión ‘oficial’, o desde la propia Zarzuela, se insiste tanto en la recaída en la salud del Rey es que algo más se está empezando a anunciar. Don Juan Carlos, con una gran hoja de servicios a España, claro está que con sus claroscuros, se resiste, nos dicen, a propiciar una abdicación en la persona de su hijo Felipe. No han bastado para convencerle ni los achaques, ni algunas indirectas -bien directas--, ni siquiera algún ‘mensaje’ teledirigido de su muy especial amiga, la ‘princesa full’ Corinna: el Monarca, que tan útil ha resultado, y resulta, a los intereses de España como nación, piensa que un Rey debe morir con las botas puestas. Supremo sacrificio que, entendemos, debe ahorrársele, garantizándole cuantas seguridades hayan de garantizársele en todo orden de cosas imaginable.
Cuando España corre riesgos innecesarios gracias a la mala cabeza y a la falta de fundamento de un dirigente autonómico que, creyéndose el Mesías salvador de su pueblo va a precipitarlo al abismo, la estabilidad y máximo operatividad en la jefatura del Estado resulta esencial. Lo mismo puede decirse cuando esa ‘marca España’, de la que hace un lustro estábamos tan orgullosos, se halla hoy bajo mínimos.
Simplemente, no puede ser que los rumores más dispares -y disparatados- erosionen día a día la figura del máximo representante institucional. Los dos últimos años han sido malos para la Corona, y por ello hora es ya de plantearse el futuro de algo que estimamos tan necesario como la Monarquía. El Príncipe ha mostrado estar sobradamente preparado para acceder a su cada vez más difícil misión, en la que alguien con su serenidad y dominio de sí mismo y de las circunstancias resulta ser la persona idónea para pilotar esta segunda transición en la que se advierten brotes verdes en la economía, y ramas cada vez más secas en el desarrollo político.
Don Felipe está tan bien o mejor preparado para asumir el Trono que otros herederos de su edad que ya ciñen la Corona. Estamos, parece, ante un gran momento en la Historia de España, que ni las instituciones ni las fuerzas políticas pueden desaprovechar.