valentín valbuena, ‘tinín’
«Sin vino no hay alegría»
«En esta vida yo preferí la libertad», proclama tinín, un parroquiano que cada día, sin faltar uno, camina los 12 kilómetros que separan su casa del barrio húmedo. músico en grupos de nombres como ‘mario pirámide’ o ‘kiki’s clan’, todo lo mide en chatos de vino

secundino pérez
Uno habla con Valentín Valbuena Suárez, por todos conocido en el cogollo tabernario de León como Tinín , hace cuentas, y le sale que lleva más tiempo alumbrado que sobrio. Desde que descubriera el vino de misa ayudando de monaguillo en la parroquial de Navatejera —siete años anduvo vestido de campano blanco («sabía más que el cura, y sobre todo, dónde escondía el vino bueno», y ríe con su risilla pícara de buen parroquiano)—, pasando por su descubrimiento, con 16, de los altares del Húmedo, ha conseguido llegar al día de hoy saliendo a tomar el vino o el vermú (y las copas si se tercian) todos los días de la semana menos dos años que vivió de alegre emigrante en Suiza. Sale de su casa en Navatejera a eso del mediodía y nunca sabe la hora a la que volverá. Y siempre caminando.
—¿No coges el autobús?
—El billete me cuesta 1,40. Tú mira a ver. Dos vinos.
Tinín traduce automáticamente a chatos cualquier cantidad que se le proponga: es una muy precisa calculadora de lo espirituoso. En esto resulta una especie de Cristo charanguero con bigote y con melena —a los hombros le llegó—, cabeza amable dentro de la cual las bodas de Caná no pasarían de un simple truco de manos.
Cuando nació, Nava era aún pueblo, pueblo: sus padres tenían ganado y él con siete años andaba detrás de veinte vacas. Un poco más tarde lo fijaron de criadín en casas de la zona («una era muy buena, los amos me regalaban un par de zapatos cada Navidad») y después ocupó el citado puesto monaguillesco (no le pagaban nada, pero él se cobraba con el vino y alguna moneduca distraída del cepillo). También descubrió entonces su talento musical: cogió una lata de sardinas, le hizo dos agujeros, pasó por ellos una cuerda, subió a un chopo, cortó dos palos para los palillos y se afanó a darle cera a tan artesana percusión. «Todo el ganado que estaba en el prao se ponía a mi lado a escucharme y no marchaba hasta que paraba», relata sobre aquellos primeros públicos. El padre estaba contento porque siempre quiso que uno de sus hijos (seis salieron adelante de los doce que llegó a tener) fuera «o músico, o torero».
Tanto abolló aquella lata que acabó cogiéndole el aire a la batería: formó parte de grupos de nombres imposibles y audaces como Mario Pirámide, Loli y Alborada, Magia o Kiki’s Clan, perfumando con pasodobles, valses y tangos noches festivas del alfoz leonés y del Bierzo. Y él, menudo y salao, siempre se las arreglaba para quedarse con las quintas , no con los quintos. «Hasta me sacaron en pelotas de una cama a las cuatro de la mañana. ¿No ves que yo siempre gusté mucho?». En el Club Radio tocó una buena temporada de jueves a domingo, mil pesetas la semana. «Entonces, en el oficio de músico, todo era trabajar y cobrar, lo que no ves ahora. Ahora te tardan tres meses ¡y si cobras!», pequeña indignación en el, por lo regular, natural tranquilo de un Tinín bondadoso y amigable. A los 23 años se fue a Suiza con sus hermanos, a trabajar en la fábrica de chocolates Maestrani de San Galo, pero de aquello recuerda sobre todo las fiestas que preparaban, privadas y en restaurantes, los naturales apreciaban mucho el ritmo ibérico. Hasta tocó la batería de los Albans madrileños, tan diferente de la suya toda parcheada.
A la vuelta se dedicó a la construcción con sus hermanos, que también regresaron, y esporádicamente en charangas donde aún sigue palilleando, siempre alegre. Le han mandado fotos desde «los países de esa parte toda de Rusia, China y Japón» que se hizo con chavalas en el Tizón, y en el Entrepeñas, donde echa una mano, locales predilectos junto al Miche y La Taberna. Les cantaba a los extranjeros y una vez un alemán le metió 70 euros en el bolsillo («coño, ¿y estos billetes? ¿de aonde vinon?», se preguntaba).
Tinín tiene credos propios (reza que sin vino «no hay alegría») y también sus héroes («aquel Genarín... debía de ser una buena persona») y hasta teorías físicas («de Nava a León hay doce kilómetros... pero tardo más en volver porque a la ida voy vacío y a la vuelta, cargado»). Cuando tiene sueño duerme, y ya lo despertará alguien. Una noche, hace poco, se dio cuenta de que viajaba en taxi camino de la fiesta de Geras. «Me pasé de las dos de la mañana a las cuatro de la tarde bebiendo cubatas», y otra vez apareció en el Molinón viendo al Real Madrid y al Sporting, aunque, más que cómo había llegado hasta allí, le sorprendió que hubiera en el campo «¡44 jugadores y dos balones!».
«¿Tú sabes lo que es levantarse a la hora que uno quiera y marchar para la cama cuando te dé la gana? Pude tener otra vida, pero yo preferí... la libertad».
Pocos pueden decir lo mismo.