agapito silván silva
mayor de edad a los 12 años
minero, cantero, albañil, metalúrgico, emigrante en suiza... entró a picar carbón siendo sólo un crío y hoy revive recuerdos y recoge inmensos racimos de uvas

l. de la mata
Se puede ser cabeza de familia a los doce años? En el caso de Agapito, uno de los vecinos veteranos de Santa Marina de Torre, pueblo que trepa y se esconde tras un abrigado valle de ese Bierzo alto, bronco y barrenista, la respuesta, aunque insólita, es que sí.
Hijo de minero al que retiraron, presa de la silicosis, con 32 años «y una paga de 202 pesetas», como recuerda con una sonrisa triste que lo dice todo, quedó la familia sin más posibles que dos vacas, un hato de ovejas, el cocho y pocas campas de centeno y patatas, y por eso decidió aquel niño-hombre acudir a la bocamina más próxima a pedir trabajo; eran sin duda otros tiempos cuando sólo le hizo falta firmar un papel que le avalaba como único ‘cabeza de familia’ de su casa y con derecho incluso a cartilla de racionamiento. «Entré de guaje , de pinche, pero picando como el que más, sin casco, guantes ni mono, todo remiendos, a veces tumbados en un espacio así...» y separa los brazos poco, muy poco. «¡Iban con una funda, los monos eran ellos!», ríe junto a él su mujer, su inseparable Celia. De la mina homónima a su apellido pasó, con 16 años, a La Plata, de Amilivia, y a la de Moy. «Aquel era un sistema de trabajo distinto al actual, era más completo, todos hacíamos de todo, picar, cargar, postear... y a puro brazo; pero tuve buenos maestros, buenos compañeros».
Achaca a la imprudencia de los en principio responsables de otra explotación la muerte de un hermano suyo con sólo 21 años, aplastado por un derrumbe, y recuerda otras desgracias en galería como los asfixiados de La Camocha y algunas más. De la guerra, nebulosos recuerdos lo asaltan, la familia guardada en la buhardilla y el cuerpo inmóvil de un vecino abatido en plena calle. La mina, al menos, lo libró de la mayor parte de la mili —tres meses en Astorga— y al regreso del servicio, vuelta al pozo. «Salíamos de picar y nos íbamos a sacar piedra y a hacer casas», varias del pueblo levantó con otros compañeros, todos buenos canteros, expertos en el juego de la piedra, la argamasa y el ladrillo.
Una vez casado, el matrimonio decidió marcharse a Suiza, al cantón de Ticino, y allí vivieron nada menos que 30 años, allí nació su descendencia (4 hijos, 3 nietos, 6 biznietos)... y allí permanecen aún. Ellos regresaron «porque sigue tirando la tierra» y porque, allá, «siempre parece que estás en casa ajena», declara Agapito.
Quien no paró de trabajar —aún hoy cría portentosos racimos en dosel de parras— habla del «zapatazo que hemos llevado» con la crisis. «Nos hemos engañado a nosotros mismos», diagnostica. Y se refiere a las «pocas ganas de trabajar, verdaderas, que se tienen hoy». «Antes íbamos a sacar arena del río si hacía falta. Ahora todos se han liado a estudiar y como no sale nada de lo suyo... pues hala, a vivir de los viejos, que siguen tirando del carro».
Mientras tiene lugar el palique, la televisión muestra un funeral minero, esta vez en color. Seis chavales. Seis trabajadores, esta vez sí, de los auténticos.
—Pobres. Y todo por comer, por comer cada día.