Diario de León

josé r. valcarce, ‘pepe el de ariego’

¡taxi a la virgen!

Pepe, hidalgo de forca y albarda, digno sucesor de los nobles Valcarce, acaudilla en mitad de Omaña su enorme casa solariega, viaja en taxi a La Virgen, graba las misas y se las estudia de vuelta

jesús f. salvadores

jesús f. salvadores

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emilio gancedo
León

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El grito es el popular leonés con el que la paisanada ciudadana y del alfoz comarcal se animaba entre sí para subir al santuario de La Virgen del Camino por los sanfroilanes, con el chorizo y la empanada, a merendar en la campa: «¡Carro a La Virgen!», decían. En el caso de José Rodríguez Valcarce, la voz debería ser otra: «¡Taxi a La Virgen!». Porque muchos domingos llama a un taxi desde su bastión omañés y marcha hasta la basílica armado con un gran radiocassette tipo bazoka, y allí escucha misa y pone a grabar el artefacto, y luego en el camino de vuelta y en casa escucha tranquilamente la homilía y la analiza de parte a parte hasta sacarle todo el jugo.

José Rodríguez Valcarce, ‘el último hidalgo de Omaña’ como lo llamó el gran Ful, parece pertenecer más al celuloide de la berlanguiana Escopeta nacional que al mundo real. Es el único vecino que resiste todo el año en Ariego de Abajo, y por tanto preside con mano firme su junta vecinal, ese exiguo y montaraz equipo de gobierno, desde tiempos prehistóricos («vamos, desde siempre», resume el solitario jerarca). Nació en el año 1923 en esta aldea del municipio de Riello, en la misma casona en la que ahora reina con la única compañía de una animosa sobrina, pero en aquel entonces este espléndido ejemplo de arquitectura solariega omañesa bullía de gentes y de bestias.

El padre era maestro que ejerció en la misma comarca, en Robledo y Riello, y también en La Vega de Boñar y Remolina, pero en la casa había además mucha labor a cuenta de vacas, ovejas y caballerías, centeno y patatas, y unos gochos bien criados, y en ella residía la familia y un tío que fue telegrafista en Murias. El niño José jugaba a cazador pegando tiros con escopeta de palo, y hoy recuerda los trasiegos de siega, maja y el amasar del pan, ir por leña y hacer fuyacos , que son fejes de rama y hoja de roble, y diversiones como aquellos carnavales en los que una vez uno se vistió de oso con la piel de una burra vieja y otro de domador, pero éste cogió miedo al compañero y acabó arreándole con la garrota. «¿Pero qué haces, hombre, no ves que es fulano?», le decía la gente. «¡Coño, si es que se viene a uno!», respondió, confuso, el amigo.

También se acuerda de sí mismo, siendo un guaje, divisando y saludando a las tropas nacionales que desfilaban por la carretera, y las historias de aquel grupo de mineros que marcharon desde Laciana decididos a tomar León («siete guardias les hicieron frente, mataron al cabecilla y los otros se acobardaron»). Pepe cursó el servicio militar en Oviedo en el 44, en el Regimiento Milán, que le confirmó en su veneración por el ejército y el orden patrio, y a la vuelta se dedicó a sostener la heráldica casona de sus mayores, y a leer, y a escribir cartas a todo tipo de personalidades, a los reyes de Bélgica, a los reyes de España, a Aznar, a Fraga, a Juan Pablo II, a Benedicto XVI, a Felipe y Letizia... los felicita y aconseja, y de todos esos ha recibido corteses respuestas que guarda con orgullo, como atesora con celo los legajos de sus antepasados, en especial del gran Diego Antonio de Valcarce, que levantó ermita en el pueblo con piedra traída en carros desde Villagatón y escribía actas de pluma de notario, año de 1763, aunque la casona es seguramente de origen medieval y hoy luce como museo después de varios lavados de cara: cocinona de llar y pregancias; dos fornos; galería y patio donde armar buen baile y filandón; comedor con arcas, alacenas y cacía; recreación de la escuela que pusiera allí el abuelo, con sus prestosos pupitres y mapas; oratorio y misales, y las filas de venerables libracos, despacho presidido por las efigies de Franco y Joseantonio… y sobre todas esas cosas se enseñorea Pepe, que sigue grabando de la tele discursos de Rajoy y de protagonistas de la guerra civil («mira Franco, qué tieso estaba ahí, ¿eh?»), y va almacenando cintas y más cintas. Y cuando se le pregunta por tan inquebrantable adhesión al Movimiento afila los labios bajo el bigotillo socarrón y razona: «Hombre, es que si no es por él, entran aquí los rusos… ¡y menudos telares hubieran preparado!».

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