CANTO RODADO

la calle

gamonal era un pueblo que acabó siendo barrio. ahora es una idea: las prioridades las decide la gente, no la clase dirigente ni los caciques

León

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Hay una niña a hombros de su padre en Botines. «Súbeme, súbeme que hay mucha gente y quiero ver», pide. «A ver, cuéntanos», le encargan. La niña se lo piensa un momento. Mira a su alrededor y sin dudar, contesta: «¡Cuarenta mil!»... La policía dice que cien y poco más. Y será verdad.

No es una guerra de cifras. Es el efecto Gamonal. El barrio burgalés es esa pieza del dominó que hace caer a todas las demás, pero al revés. El vecindario de España se ha venido arriba. Desde Botines a la Gran Vía de Salamanca desde la plaza del Grano de León a Flores del Sil, en Ponferrada se oyen los ecos. ‘Todos somos Gamonal’. Barcelona, San Sebastián, Valencia, Zaragoza... la Puerta del Sol.

¡Para ya!, le dijeron a Lacalle desde Génova. Nada de revisar. El proyecto de bulevar se va al carajo. No fueron los huevos ni las cervezas. Fueron los vecinos que, siguiendo la pista a la pasta, dijeron ¡basta! Y se plantaron frente a la privatización del espacio que respiran. Y dijeron que quieren servicios y no hormigón, guarderías públicas y no aparcamientos de pago.

El grano de Granizo

Ya es mala suerte. El Ayuntamiento de León tenía guardado el proyecto para remover los cantos de la plaza del Grano desde el otoño del 2011. Y ahora, a un año y poco de las elecciones municipales, lo desempolva la concejala de Urbanismo. A Belén Martín Granizo le ha salido un grano en Burgos. Ha tenido dos años y pico para mostrar el proyecto a la ciudad y explicar sus bondades. Piedra a piedra, pudo hacerlo. Pero no movió ficha.

La plaza del Grano es el último reducto del León medieval. Dice el Ayuntamiento de León y copio textualmente: «Conserva todo el tipismo leonés, a pesar de la indiferencia de los que desprecian las cosas antiguas, y se va defendiendo a pesar de las nuevas construcciones». Don Emilio debe revisar la tediosa web municipal que, encima, le lleva la contraria descaradamente. «Una de las plazas más originales y bonitas del antiguo León», recalca.

Tierra, pan y respeto

La plaza, rincón privilegiado para las noches de verano, es un símbolo donde ya se libró otra batalla para impedir que se derribara la casa de soportales tan típica de León, una de las últimas de la ciudad tras el pelotazo urbanístico de los años 80 en Santa Ana. No sé si el proyecto es bueno o malo. Desde luego, remover los cantos es arriesgado.

Y más en esta plaza, donde se hacía el mercado de los granos y del pan. Donde se pregonaban las ordenanzas de las pesas y medidas, de la caza y la pesca, de curtidores y zapateros... Ahí quiero ver yo al concejal Gavilanes pregonando la norma que permitirá a la grúa retirar los coches sin agentes policiales. En la plaza donde la cruz fue picota y en la que, cuenta la leyenda, se apareció la Virgen tal que un 9 de febrero. En la plaza donde dos niños simbolizan la confluencia de Bernesga y Torío.

Una idea

Pero, insisto, ¿por qué no se han aprovechado estos dos años y medio para explicarlo y consensuarlo con la ciudad? ¿Por qué no se consulta a la ciudad (como tampoco se hizo en el CCAN con los artistas) en la Cuna del Parlamentarismo? Los vecinos que han salido a protestar, ecologistas, leonesistas, izquierdistas y gente sin adscripción política, quieren cantos sobre tierra. No hormigón con piedras. Como hicieron en la antigua calle Barranco. Quieren respeto.

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Gamonal era un pueblo que acabó siendo barrio. Ahora es una idea. El poder para los vecinos porque la calle ha ganado a Lacalle. La idea es que las prioridades las debe poner la ciudadanía, no las clases dirigentes ni los caciques. Una utopía en la Europa de los mercaderes y de los lobbies , los lobos. Quizá sólo hay que dar el paso. La idea es que «si la gente normal no hace política al final se la hacen otros», como dice Pablo Iglesias.