Diario de León

carlos martínez martínez

El kiosquero impasible

Empezó montando máquinas de escribir en Alemania y acabó abriendo restaurante y copiando la educación teutona. Después de 33 años en el kiosco que mira al archivo nos deja huérfanos de prensa y chucherías

bruno moreno

bruno moreno

Publicado por
Emilio Gancedo
León

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Anda el chavalerío de Santo Martino y la contorna afligido y con su pequeña moral por los suelos porque Carlos, el kiosquero de toda la vida, mirada azul de golosinas y titulares, anda en trámites de jubilación con objeto de traspasar a otras manos ese local suyo, pequeño en dimensiones pero grandioso a ojos del guajín que entra y queda inmóvil, maravillado ante el mucho azúcar y los mil colorines danzantes.

—¿Y ahora, qué vamos a hacer?— le pregunta a su padre uno de ellos, desolado, como si Carlos fuera a llevarse consigo, en su escapada, todas las chucherías del mundo.

Paisano de amabilidad exquisita, Carlos sonríe y atiende con la misma diligencia a los niños, a los adolescentes y a los adultos, y tiene memorizadas las preferencias periodísticas de sus clientes: sólo con ver un rostro concreto franqueando la puerta ya coloca el rotativo adecuado sobre el mostrador, y resulta asombroso y automático su mecanismo de precisión.

Carlos nació en Villanueva del Condado en 1948, lugar del que salió a los 10 años para estudiar en colegio vallisoletano hasta los trece; luego entró en ‘el instituto’ leonés por excelencia («no se le conocía por otro nombre»), el que hoy responde al de Juan del Enzina. Fueron años de pensión, de paseo por Ordoño y de 15 pesetas a la semana para ir al Cine Mary o al Azul («y sobraban»). De regreso al pueblo encontró trabajo espalando menta a la cinta sinfín en factoría de infusión que aún pervive, pero lo dejó para embarcarse, tres meses después, en la aventura migratoria con otros mozos de San Vicente: Suiza (Gstaad y Ginebra, dos años, con mandil de camarero) y después Alemania, primero en la cadena de montaje de las máquinas de escribir Triumph, «apretando tornillos» y después en el mundo de la hostelería donde acabó abriendo restaurante español (fusión de nombres manchego y atlántico, ‘Gallego Quijote’, curioso hidalgo marítimo), conociendo a su hoy esposa orensana e integrándose perfectamente y por diez años en la sociedad de Núremberg. «En la fábrica había españoles, italianos, griegos, turcos, yugoslavos... y todos nos llevábamos bien, juntos en las mismas fiestas y los mismos bares». «¡Pero la gente iba a trabajar y a ahorrar, a nada más!», guiña, comparando ambos momentos históricos. Un día se presentó allí su padre y a él casi le da un síncope («en tren, con los trasbordos y todo, él que no había salido nunca de España). «Quería veros», fue la respuesta de aquel paisano de maleta y papel con la dirección apuntada como única arma para sortear idiomas o despistes. La añoranza los trajo a León y a este Olimpo de chupachups que pronto dejará tras 33 años. «Cómo ha bajado todo...», lamenta, pero luego se alegra el oleaje de sus ojos: «Por aquí han pasado varias generaciones». Rendido admirador de la cortesía europea, quedó asombrado cuando, a la vuelta, vio en una oficina a tres funcionarias fumando, los pies en alto, sin hacerle ningún caso («vete acostumbrándote...», le advirtió su hermano).

—No te preocupes, le podrás comprar chuches a otro señor.

—¡Sí, pero mi hermano pequeño no te va a conocer nunca!

Y el crío se echa a llorar.

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