Diario de León

jesús barrio planillo, ‘chuchi’

El último carlista

En Palencia lo confundieron con el etarra urrusolo sistiaga y en Vitoria le encañonaron la sien. Voracísimo lector, prolífico y anónimo hacedor de versos, todos los años, «por higiene cultural» relee a Joyce, Lowry y Cortázar

secundino pérez

secundino pérez

Publicado por
Emilio Gancedo
León

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La presencia cotidiana, sonriente y saludadora de Jesús Barrio Planillo, Chuchi , resulta fundamental para la economía roblana dado que por sí solo logra mantener dos importantes sectores profesionales de la villa: el de los bares y el de las librerías-papelerías. En los primeros se juega a los chinos el café de la mañana entablando diario y entrañable duelo de parroquianos aliñado con Málaga Virgen, y en las segundas ha venido adquiriendo los miles de libros que tapizan las paredes de su casa y las incontables resmas de papel en donde estampa versos a razón de tres poemas cada dos días. Porque este hombre enjuto, ahí donde lo ven con sus ojos soñadores y su inconfundible chapela, es un lector impenitente y reflexivo que transita por la literatura más complicada y vanguardista con más soltura que un catedrático de Universidad.

Chuchi nació en la Maternidad de León en 1962 y quitando la mili que hizo en Valencia y algunas escapadas surrealistas ha vivido siempre en La Robla. Habla del cambio experimentado en la villa montañesa cuando empezó a construirse el Grupo 1 de la térmica y llegaron trabajadores de muchos otros lugares, «sobre todo zamoranos tras la catástrofe de Ribadelago» y cuando quitaron las escuelas de las pedanías y las clases se llenaron de rapaces comarcanos. Cursó la EGB y el Bachillerato en el instituto, y eran días «de hacer el ciruelo en el río», de ver pelis del oeste en el cine Robles y de adentrarse en la ciencia de las bebidas espirituosas («mi cuadrilla nunca necesitó aditamentos farinosos , eso no»). Soñaba con ser militar y acudió entusiasta a un par de campamentos de la OJE —tenía de vecino de tienda a Zapico Deicidas —, pero su gran pasión era la lectura y atesoramiento de cómics ( El guerrero del antifaz , Hazañas bélicas , Spirit , El Jabato , Mortadelo , Dick Tracy ...), que desembocó en una nunca saciada voracidad literaria.

Un año después del 23-F cumplió servicio militar en una Valencia «que era todavía nido de golpistas», y donde estaba destinado «un teniente a quien no hablaba nadie porque leía El País ». Estando allí se enteró de que había ganado el I Certamen Literario de La Robla, premio dotado con la nada despreciable cantidad de 15.000 pesetas. Como no podía ir a recogerlo, les dijo a sus amigos que se lo gastaran en la Bolera, «en cajas de sidra y huevos cocidos», pero en vez de eso les entregaron el libro La provincia de León , de Everest, porque la Concejalía se había quedado sin dinero.

Chuchi es un incansable versificador —«pon ahí que ahora mismo le estoy escribiendo a la Dama Triste», dice, críptico— y un gran lector de todos los Novísimos, de José María Álvarez a Leopoldo Panero pasando por Gimferrer, Ezra Pound, Eliot, Auden, Wallace Stevens... eso en poesía; en prosa, «todos los años, y por higiene cultural, releo el Ulises de Joyce, Bajo el volcán de Malcolm Lowry y elijo entre Rayuela o 62 Modelo para armar de Cortázar».

Gasta boina tamaño parasol desde los 17 años y una vez que quedó en Vitoria con antiguos compañeros de mili lo sacaron del tren en la estación de Palencia «dos vestidos de civil, y otros dos de café con leche: me habían confundido con Urrusolo Sistiaga, jefe de los comandos itinerantes de ETA, y me llevaron en un 131 con dos lecheras de escolta». Le tintaron los diez dedos y una vez resuelta la confusión pudo continuar viaje. Pero al llegar a la capital alavesa no encontró a sus amigos y después de una noche de intenso cabareteo en solitario se metió en el tren, que estaba de espera, para dormir algo hasta que saliera para León. Y le despertó el frío cañón de una pistola acariciando su sien. «Pero, ¿otra vez?», rezongó. Le habían vuelto a confundir con Urrusolo.

«Ahora mismo estoy más cerca del Partido Carlista, con su pretendiente Carlos Javier de Borbón-Parma, hijo de Carlos Hugo, que de la Comunión Tradicionalista Carlista —el de ellos es Sixto Enrique de Borbón—, porque a mi modo de ver se ha ido escorando hacia la ultraderecha». En el Museo del Carlismo de Estella, Navarra, el año pasado, tuvo que corregir a la guía porque dijo que Carlos Hugo acababa de visitar el museo. «¡Si murió en agosto del 2010!», saltó. Chuchi, el último carlista leonés, tendencia que le viene de su amor a los dibujos de Sáenz de Tejada, sabe bien que esa gente de campanudos nombres «no llegará nunca a reinar; es un movimiento puramente romántico». Y ejemplifica: «En unas elecciones, la Comunión Tradicionalista llevaba al Senado dos candidatos y sacó en la provincia dos votos, si uno fue el mío, ¡alguno de ellos ni siquiera votó al partido!».

Comenzó a estudiar Derecho con el resultado de conseguir, al mes de su estancia en la facultad, la medalla de plata al mayor consumidor de la cafetería, y una extraordinaria maña como componedor de acrósticos que regalaba a las esquivas estudiantes o cambiaba por vasines de vino. Así que con esas calificaciones abandonó la carrera y entró a trabajar en CIDSA, filial de La Vasco, donde se prejubiló el año pasado para darle a la lectura, a la caña y al charle de anécdotas extravagantes: una vez, en Lisboa, a donde había ido a comprar libros, le atacaron dos con katanas en el Chiado y le desvalijaron... menos 35.000 pesetas que llevaba en el calcetín, eso sí, luchó como un león por conservar su flamante abrigo Loden. A la vuelta, el conductor dio descanso de media hora en Allariz y, o era mentira o él se despistó, lo cierto es que marchó el autobús llevándose sus volúmenes, revistas literarias y cajitas de plata que no volvería a ver.

—¿Y sabes dónde tuve que dormir esa noche? En la sede del Bloque Nacionalista Galego. ¡Yo!

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