Diario de León

el dragón leonés

Cuélebres, culebrones

El héroe o el santo, a veces tan sólo un humilde pastor, vencen al culebrón empleando la astucia en vez de la fuerza: por ejemplo, dándole de comer una gran torta con veneno de tejo o metiendo dentro hierros al rojo vivo

Alberto Álvarez Peña

Alberto Álvarez Peña

Publicado por
Nicolás Bartolomé Pérez / Emilio Gancedo
León

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Todas las culturas tienen sus dragones, esas lagartijas descomunales, escamosas, con alas y cuernos, escupidoras de fuego y azufre, esa imaginativa encarnación de muchos males que se suele dedicar a custodiar grandes tesoros en el vientre de los montes y también a secuestrar doncellas o a devorarlas, así como a mancebos y animales, y a cualquier criatura que tenga la mala suerte de cruzarse en su camino.

La presencia de la serpiente como antítesis sinuosa y astuta de las deidades benéficas —es un ser que lía, embauca, engatusa y roba a un hombre siempre fascinado con el ‘otro-lado’, lo que no conoce le atrae sobremanera, incluso aun siendo peligroso o letal— resulta constante a través del tiempo y los mitos, y la sierpe del Génesis no es sino otro episodio más de esa larga metamorfosis. Porque ahí está Hércules mostrando su enorme poder al estrangular, de niño, a las dos serpientes venenosas enviadas por Hera; el temible dragón volador que vigilaba las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides o la bestia que custodiaba el vellocino de oro y que lograran matar Jasón y sus argonautas. Porque eso sí, no importa lo grandes y fieros que sean los dragones, siempre hay un héroe valeroso y noble que los vence, habitualmente empleando más la inteligencia que la fuerza.

Leyendas de cuélebres

En las tierras leonesas, este gran reptil omnipresente en el imaginario universal recibe nombres como culebrón , cuélebre , culebro , culuebru o sierpe . Hay historias muy conocidas de culebrones, como la de la ‘sierpe del Castro Rupiano’, en el valle de Valdueza, dragón devorador de hombres y ganados que, según la tradición popular, fue vencido por el mismísimo San Fructuoso, quien tuvo la idea de amasar una enorme hogaza aliñada con el venenoso jugo del tejo. Eso lo adormeció, momento en que el santo eremita aprovechó para clavarle en un ojo una estaca candente. O como el de Peña Gotera en La Vid, habitada en tiempos por un enorme cuélebre que tenía aterrorizados los vecinos y a quien éstos aplacaban entregándole un animal al día. Pero llegó un momento en que ya no había nada que darle, y entonces el monstruo, enfurecido, dejó reposar su enorme barriga en el cauce del Bernesga, apoyando cabeza y cola en ambas laderas —y dejando dos grandes furacones que aún pueden verse hoy— y embalsando el agua del río. Después se apartó de repente y la riada inundó los campos de La Vid. Ante tal catástrofe, los vecinos imploraron una ayuda divina que llegó encarnada en San Lorenzo y en sus dos hermanos pequeños, Pelayo y Vicente. Lorenzo preparó una enorme torta y metió dentro hierros al rojo vivo: al comerla, el culuebro murió, pero lanzando unos bramidos tan terribles que los dos hermanos murieron también de miedo —de sus lágrimas brotó la fuente llamada de las Virtudes—. En honor de Lorenzo, llamado allí con forma leonesa, Llaurente , Vicente y Pelayo se levantó la actual ermita (y por cierto que a otro, éste de Getino, un pastor lo controlaba llevándole un cuenco de leche, el día que no hubo cuenco, lo devoró).

Pero hay otros: por ejemplo, en tierras zamoranas, en el yacimiento aurífero alistano de Pino del Oro, existe una asombrosa ‘inscultura’ de gran tamaño, una roca modelada con forma de dragón en la que se aprecia la cabeza y hasta las escamas. Un pétreo guardián de minas de oro que bien encaja con su sempiterno papel de avaricioso adorador del preciado metal. Otras leyendas de la provincia hermana son las de Codesal, en la Carballeda, donde vivía, en una cueva, un culebro que guardaba un tesoro: un duviellu u ovillo de oro que en realidad era una mora encantada por una bruja. En Zamora capital, la ermita del Carmen exhibe una gran serpiente disecada: dicen que un pastor que volvió de la guerra decidió hacer frente a este animal devorador de personas, e ideó un plan: acudió ante ella con un espejo y un cuenco de leche y al verse reflejado en el espejo, el ofidio creyó que ese congénere le arrebataría sus alimentos por lo que estableció una lucha tremenda contra la imagen hasta que cayó agotada, momento que aprovechó el astuto pastor para acabar con su vida a base de cuchilladas.

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