ismael yugueros sánchez
El abono le salvó la vida
La bala que se hundió en su espalda abrió una herida «que sangraba como cuando pinchas al gocho». Ismael fue peregrino por los hospitales de España, emigrante en Alemania y gran hacedor de calcetines de lana por falta de madre

BRUNO MORENO
Caminaba el mozo de Valporquero de Rueda por las calles desmochadas de la ciudad de Teruel cuando sintió un mordisco en la espalda que lo tiró al suelo y la última visión antes de que todo se oscureciera fue la del fusil «marchando a tomar vientos». Por suerte tenía cerca a dos camilleros que lo recogieron, lo vendaron con fuerza y se lo llevaron entre el silbido de las balas para comenzar un peregrinaje por hospitales de media España.
No fue la única vez que salvó la vida Ismael Yugueros en aquellos temibles frentes de Aragón. El frío era tan intenso que un día empezó a dejar de sentir las extremidades inferiores y a unos compañeros se les ocurrió la feliz idea de enterrarlo en un montón de cucho fresco que había en una paridera cercana («lo que en León llamamos cortes son en Aragón parideras»). Al poco tiempo, con la fermentación del abono, «el calor no se podía aguantar», e Ismael se salvó de las amputaciones, y llegó a centenario, y en agosto hará los 101.
Había nacido en 1913 en una prole de ocho hermanos y una madre que tenía intención de « echaime a estudiar», pero falleció antes de poder hacerlo, y el padre lo encauzó a muy tierna edad en el pastoreo de ovejas, «durmiendo a la estrella», todo el día en el monte. De adolescente intentó dejar aquel oficio pero «nos cayó encima la guerra», y allí «me sascudieron pero bien». «Salía la sangre a gorgollón, como cuando pinchan al gocho», hace notar, y vuelve a dar gracias a aquellos dos camilleros; «si no fuera por ellos, quedo allí espetellao ». El médico le forgaba en la herida y acabó por preguntarle: «Usted, ¿de dónde es?». «De León». «Bien se ve que no es gallego...», le dijo al notar que no gutaba queja. Y tan recio lo vio que lo declaró «útil para servicios auxiliares» pero apenas podía con el fusil, y aún hoy no es a levantar el brazo. «Si me llega a coger el hueso, lo lambe todo», declara.
Al regreso de los combates y de los diez meses que pasó en hospitales de todo el Norte, casó y empezó a formar familia, y como muchos otros vio en la emigración a Alemania una forma de reunir capital. Siete años pasaron en un tranquilo pueblo cerca de Stuttgart, encargado él de mantenimiento y arreglo de parques y jardines para la municipalidad —feliz allí, tan curioso él siempre con sus huertos—. Incluso se afanó en aprender el idioma por su cuenta, dejándose los ojos bajo la lámpara, pero la cosa era bien complicada y ese autodidactismo no bastaba para cogerle el ritmo a la lengua de la calle. Y al final era más bien su hija Kety la que le servía de intérprete.
La añoranza y también las fincas que les esperaban en Valporquero, cuya llamada sentía Ismael muy particularmente, trajeron de vuelta a la familia al trigo y al centeno, y a las vacas en sus praos. Así permanecieron hasta su jubilación, cuando se establecieron en la capital leonesa y se dedicó Ismael a sus aficiones, a leer («usted mueve bien el lapicero; yo, en cambio, lo usé poco»), al huerto, y a tejer calcetines de lana, labor que practicó siempre por falta de madre («hasta el año pasado los hizo, tiene la casa llena de calcetines», avisa la hija).
Y aunque algo le flaquea la memoria, se acuerda de muchas coplas (aquellas de ciego que daba en hilvanar hasta completar «un misal» de ellas) y de la representación de la Pasión sabía no sólo su papel sino el de todos. He aquí, a modo de ejemplo, parte de unas jocosas coplas mansillesas que narra con voz ronca y poderosa, voz de paisano con arranque y mucho humor, y que empiezan: «Mansilla está situada/ a tres leguas de León/ está rodeada de murallas/ y es una hermosa población», pero que sin saber muy bien cómo, culmina: «Somos 72 hembras/ y de todos los matices/ maduras, en flor, y verdes/ según cualas necesites/ las maduras, a sargentos, las en flor, para los cabos/ las verdes más resistentes, serán para los soldados».
Le preocupa el paro y la situación del país, y el abandono total del campo. «Los praos están llenos de juncos... mala señal».