elpidia alonso tagarro
La ‘jefa’ de Santa María
Fue de las primeras alcaldesas de España pero también modernizó el Páramo a base de llenar sus hogares con las primeras lavadoras y televisores

jesús f. salvadores
Confiesa Elpidia que de pequeña soñaba con ser policía secreta y uno se la imagina perfectamente detrás de un despacho ahumado, con fotografías de malhechores en la pared e indicios de crímenes metidos en bolsitas de plástico. No llegó a serlo, pero le habría ido como un guante el oficio porque a esta mujer menuda y enérgica le deberían haber colocado Pionera de segundo nombre. Nació en la única confitería que durante mucho tiempo hubo en Santa María (La Paramesa, aunque todo el mundo decía ‘la de Tanis’, por el padre), entre roscas y bollos de cestina , «salían bandejas como esta mesa de grandes», y ya dice que su infancia fue «un poco extraordinaria» porque no careció de nada y le traían de León cuanto quería, «fruta inclusive». También le fascinaban los coches, y cuando guaja se subía a cualquiera que viese y apretaba el acelerador con la consiguiente marimorena. Despachó en la confitería hasta que se casó y después decidió trabajar a su aire («no por necesidad, ¡es que yo no puedo estar sentada!», avisa), así que entró en el Colegio de Agentes Comerciales y llevó representaciones de compañías de seguros por toda la comarca. Le mandaban a cobrar recibos hasta La Bañeza y más allá, para arriba de la Cerrajera. «Cada vez me daban más zonas», dice, y primero iba en bicicleta por carreteras de pura grava y caminos embarrados, luego en moto, ya después en su primer coche (un elegante Fiat Balilla) para pasmo de labradores y mujeres envueltas en negros toquillones. Y tras la sorpresa inicial de ver una mujer motorizada y cobradora en los años cincuenta, acababa simpatizando con casi todos. Llenó el Páramo de lavadoras, televisores y frigoríficos al hacerse con la representación de los Bazares Americanos, y ella misma los instalaba con mucho remango y algunos chispazos.
Tanta fue su fama que al final fundó negocio de muebles y electrodomésticos junto a su marido carpintero, «y menuda batalla que nos llevamos», sólo tres horas durmiendo los primeros años, la cabeza llena de cuentas. Pero a ella le hormigueaba el gusanillo de lo público: se presentó a concejal por el Tercio Familiar «y saqué doble de votos que los otros oponentes míos, juntos». Cosas del anterior régimen, de aquella era el gobernador civil quien llamaba a la persona para designarle alcalde tras ciertas reuniones y contactos, y fue Laína quien la telefoneó, del 75 al 78 empuñó bastón de mando, de las primerísimas en la provincia y aun en el país. Y lleva a gala haber implantado, durante su mandato, el teléfono automático y de trazar el primer plan de alumbrado, sin olvidar otros logros como el Centro Comarcal de Educación y el Instituto. «Hice más que se hace ahora, y sin tanta subvención, ¡que no es todo a fuerza de dinero!», anuncia, y lo prueba asegurando que a su marcha dejó tres millones de pesetas en la caja. Y jugó al tenis, y estuvo más de veinte años en la directiva de la Hermandad de Donantes de Sangre y 32 como presidenta de las amas de casa... Y aún hoy le dicen por la calle:
—Elpidia, ¿y por qué no te presentas otra vez? ¡Los ibas a poner en orden!