Diario de León

PAISANOS

«Yo descubrí a Isabel Pantoja...»

«...y luego se fugó con el dinero». Este leonés es una leyenda viva en la música de mallorca, donde abrió estudio de grabación y se atrevió a rechazar a julio iglesias y sara montiel. ahora publica sus memorias

Miguel Aller Martín

Miguel Aller Martín

Publicado por
EMILIO GANCEDO / LEÓN
León

Creado:

Actualizado:

Ésta es la diferencia: en Mallorca, Miguel Aller es el senyor Miguel, el hombre que revolucionó la música balear al inaugurar el primer estudio de grabación que hubo en la isla, por el que pasaron más de doscientos grupos y cantantes y a quien hace dos años se dedicó un enorme homenaje al que acudieron célebres rostros del panorama sonoro mediterráneo. Pero en León, en Puente Castro, donde nació en 1926, se le sigue llamando Miguelín .

Las fotos juveniles muestran a Miguel Aller con bigotillo a lo Clark Gable y todo el aspecto de un galán de cine en blanco y negro tocando piano, acordeón, saxo, clarinete y guitarra, todoterreno musical dueño de un guiñar arrebatador. En Puente Castro regentaba el padre un salón de baile y Miguelín se esguilaba hasta la batería y allí aporreaba lo suyo. Repartió la infancia entre las ranas y cangrejos del Torío y los fusilamientos del campo de tiro, y espiaba los tiros de gracia sobre los cuerpos convulsos. «Oye, que hoy no ha venido el de la batería», le decían al padre. «Pues que no vuelva», respondía el padre, y ponía a tocar a su muy talentoso chaval. Miguelín entró en Aviación, en la banda de música militar, y para los días libres montó una orquestilla, Los Intrusos, con la que se dedicaba a atropar cuartos por los pueblos y a subir chavalas a los pajares.

Vinieron después los destinos: bases como Segovia, Madrid —donde cursó estudios de música y composición en el Real Conservatorio, y frecuentó salas y cabaretes— o Gerona, siempre entre himnos y marchas marciales. Y en esta última provincia estaba una noche de guardia cuando un grupo de compañeros le insistió para escapar de safari, por unas horas, al burdel más cercano. Miguel se resistió pero le acabaron convenciendo. Y de regreso, bien enjarrillados, a otro se le ocurrió la gran idea de bañarse en el río, en pelota picada. Y allá que se lanzaron todos, felices con sus merluzas. El regreso al cuartel y el parte subsiguiente fueron para Miguel un momento algo menos jubiloso.

—Mi coronel, sin novedad. Pero se nos ha ahogado uno.

El alto mando quería fusilarlo pero al final se libró.

Miguel arribó a Palma de Mallorca en 1954 y la isla se le abrió como una naranja madura. Amanecía la época dorada del turismo y Miguel exprimió parte de su colosal potencialidad poniendo en la música el punto de mira. ¿Y cómo se le ocurrió la idea de instalar un estudio de grabación? «El hambre», responde.

El de Puente Castro pasó del rancho de lentejas a la langosta. Una vez montado, en 1965, el sello Fonal, al que seguiría pocos años después Maller, de resonancias germánicas o clásicas, compuso infinidad de canciones —algunas para hoteles y salas de fiestas—, casi todas en torno al sol, el amor, las olas, los bikinis y las parrandas. Grabó discos de 260 solistas y bandas, grandes bigotes, pantalones de campana y nombres socarrados o imposibles, algunos recordados, la mayoría arrollados por el tiempo: Los Sayonara, Los Javaloyas, Los Millonarios, Los Grecos, Los Panderos, Vulkaniks, Zarza, Agua Dulce... una música con sabor a sangría barata, a hotel recién encalado y a especies marinas extintas por la voracidad constructora.

Un día acudió a uno de esos tablaos flamencos donde los turistas bebían tintorro y aprendían a gritar ‘olé’, y contempló el cuadro comandado por Juan Pantoja, ‘El Chiquetete’ y su hija de catorce o quince años, Maribel Pantoja, «que bailaba muy bien», y sorprendido por la energía de la niña les propuso grabar un disco. Auténtico incunable en el que una jovencísima Isabel Pantoja canta catorce temas —incluido uno escrito por el propio Aller, Qué bonito es el amor — y su padre, que luego le cedería el apodo al sobrino, toca la guitarra. El contrato, del que atesora Miguel una copia que enseña a quien lo desea, les vinculaba por cinco años, con obligación de publicar disco cada doce meses, pero al año siguiente, «en cuanto tuvieron algo de dinero en las manos, escaparon. Me dejó tirado con mil álbumes».

Otra gran estrella que pasó por sus manos —en este caso, por sus oídos— fue Julio Iglesias. Recibió una muestra de las canciones cuando era un joven portero del Real Madrid y las rechazó. «Mira, no lo quiero, canta mal, muy mal», respondió. Tampoco quiso arreglar el estropicio discográfico que le habían hecho en Madrid a Sara Montiel, por sus malas formas entrando por la puerta. «No tenía estudios, ¡y el dinero no la refinó!», precisa. En cambio, María del Mar Bonet, Tomeu Penya y la práctica totalidad de los grupos mallorquines pasaron por Maller. Y el prometedor Santi Bono, para el que escribió premiadas sintonías («un día me telefoneó para contarme que se había comprado una moto. Y al rato ya se había matado»).

Autor de dos centenares de temas propios —con títulos como Asturias mambo , Come to Magalluf , Seguidillas chungas o Panchito ten cuidao —, escribió en 1964 un himno al Real Mallorca, compuso la banda sonora de la primera película pop española, Megatón Ye-Ye (protagonizada por Mochi y Micky y los Tonys), se atrevió a participar en aquel neblinoso concurso para poner letra al himno de España y acaba también de publicar un libro-repertorio de memorias y registros fonográficos pleno de historia e historias. En él consta una de sus máximas («¡apúntala!»). «Existen cuatro cosas en la vida que no se recuperan nunca: una piedra después de haber sido lanzada. Una palabra después de haber sido dicha. Una oportunidad, después de haberla perdido. Y el tiempo, después de haber pasado».

tracking