Filandones y seranos (I)

Filando Tradiciones

El Padre César Morán dijo del filandón leonés que era en las aldeas el centro de estudios filosóficos, jurídicos, económicos, teológicos y medicinales: la cátedra de lo que necesitaban saber los hombres y las mujeres para desenvolverse en el tiempo y la eternidad

Ramiro

Publicado por
nicolás bartolomé pérez
León

Creado:

Actualizado:

El historiador griego Plutarco, que vivió entre los siglos I y II de nuestra era, describió en su obra Moralia una curiosa costumbre nupcial de la antigua Roma que consistía en que a las novias recién casadas se les ponía una rueca en el umbral de la puerta de la casa del marido para que ese utensilio fuera lo primero que vieran al entrar en el que iba a ser su nuevo hogar, simbolizando así su recién estrenado estatus social y la laboriosidad que de ellas se esperaba.

Diversos testimonios indican que en el pasado siglo dicha tradición se mantenía viva de alguna forma en varias comarcas leonesas como en La Maragatería, donde la madrina de boda solicitaba dinero a los invitados a la ceremonia para «la rueca y el huso» de la recién casada, o en La Cabrera donde algunos miembros de la comitiva nupcial que acompañaba a los contrayentes portaban ruecas. El sacerdote Wenceslao Bardón señalaba que en los pueblos del centro de la provincia de León rueca y huso eran antiguamente el regalo del novio a la novia el día de la boda. Ciertamente, hasta hace pocas décadas rueca y huso fueron herramientas inseparables de las mujeres y mozas leonesas del medio rural ya que el hilado era una actividad a la que las mujeres se entregaban desde la infancia y hasta la ancianidad, y a esta labor se dedicaban mientras pastoreaban ganado o cuando se entretenían charlando a la puerta de casa.

El hilado del lino y de la lana fue una importante actividad en la antigua sociedad tradicional leonesa con una compleja cultura material desplegada en torno a este trabajo necesario para al autoabastecimiento de tejidos básicos. Sin embargo, alrededor del hilado también se tejió un enorme patrimonio inmaterial cuyo eje central fueron las veladas dedicadas a la hila que en nuestra tierra recibían el nombre de filandones, palabra que deriva del verbo leonés «filar» (hilar).

Los filandones eran reuniones nocturnas de mujeres que se juntaban para hilar, coser y tejer, y que se celebraban durante los meses más fríos del año al calor del fuego encendido en el llar de las antiguas cocinas leonesas, aunque también podían tener lugar en sitios tales como majadas, cuadras, cabañas o en la casa del horno comunal. En los filandones se hacían muchas más cosas que hilar y con frecuencia también se sumaban los paisanos que se entretenían con pequeñas actividades, y los mozos que en ocasiones iban de filandón en filandón visitando especialmente a las mozas. Pero sobre todo conviene recordar que en los filandones bullía un espíritu festivo pues al calor del fuego las mujeres cantaban, se gastaban bromas, se practicaban juegos, se recitaban romances o se contaban narraciones tradicionales, anécdotas e historias; en muchos pueblos ciertos días además se bailaba. De esta forma, los filandones fueron un importante ámbito de socialización y de comunicación de saberes al confluir en ellos personas de diferentes sexos y edades, y constituyeron escenario primordial para la ejecución y transmisión de la literatura oral tradicional.

La prohibición

Cargando contenidos...

Los primeros testimonios de los filandones leoneses aluden al ambiente festivo de estas veladas pero para censurarlas con dureza como vemos en el Libro de Fábrica de la iglesia parroquial de Estébanez de la Calzada donde se recoge la siguiente prohibición del sacerdote local en el año 1649: «Habiéndose informado que todavía se mantiene el abuso de los filandones, juntándose en ellos hombres y mujeres, sin embargo de las continuas providencias (...) que el dueño de la casa donde se hicieren se le multe con 4 ducados de vellón para la luminaria del Santísimo.» No es el único testimonio que tenemos en este sentido ya que el Obispo astorgano Bermúdez y Mandiá en un auto de visita al pueblo cepedano de Tabladas en 1729 decretaba: «Manda S. Ilustríssima al Cura evite el pernicioso abuso de los filandones en lo que concurren mozos y mozas de este lugar y demás barrios de su Feligresía, pena de Excomunión Mayor.» El obispo ordenaba que al propietario de la casa donde se celebraban los filandones se le impusiera? multa económica, incluso pena de prisión. Contrasta esta represión de los siglos XVII y XVIII con la visión más amable de esta costumbre que se refleja en la literatura etnográfica leonesa a partir del siglo XIX, donde los filandones fueron alabados.