aquellos tiempos
casinos mineros
el escritor gordonés repasa en primera persona cómo eran aquellos círculos recreativos y culturales de las cuencas leonesas
En la década media del pasado siglo de forma especial, y en la siguiente, las compañías mineras crearon un amplio tejido de obras sociales, con el fin de mejorar diversos aspectos de la vida de los trabajadores, en un momento en que sus condiciones eran aún bastante, o muy, limitadas. Viviendas, centros de enseñanza, deportivos, de diversión… centraron el interés en un momento en que se advertía el inicio de cierto desarrollismo económico, que se empezó a sustantivar de forma más notable en la década siguiente. Muchas de esas obras —centros educativos, por ejemplo— supusieron un verdadero revulsivo en la época, puesto que la educación condujo a un verdadero cambio en la estructura social del entorno.
En este contexto crean igualmente los casinos, que suelen bautizarse como «Círculo Recreativo y Cultural». Escasamente cultural, solo algunas conferencias y premios convocados en contadas ocasiones —de las paredes del de Santa Lucía colgaron hasta hace bien poco un par de obras de Vela Zanetti—, con una pequeña biblioteca, la primera en la mayor parte de las poblaciones, fueron, sobre todo, recreativos. Con juegos de mesa habitualmente, no fueron ajenos los billares. Pero, sobre todo, las clásicas partidas de cartas o dominó, en un ambiente de bar más selecto, si se entiende la expresión diferenciadora respecto a los existentes, mucho más populares. Los casinos llegaron a tener un valor distintivo, se quiera o no, en las respectivas comarcas. Sobre todo con ocasión de las fiestas y bailes celebrados en fechas muy determinadas —fiestas locales, Navidades, Santa Bárbara…—, de entrada muy rigurosa y exigencia de corbata para los varones, circunstancias que originaron algún que otro problema. Como la fiesta infantil celebrada el Día de Reyes, después del sorteo de juguetes entre los hijos de los socios en presencia de los Reyes Magos, cuya cabalgata, el día anterior, también organizada por la compañía minera, había hecho las delicias de los que éramos niños entonces. Hay que anotar que se repartían ese gran día juguetes entre los hijos de los trabajadores en diversas poblaciones, previamente elegidos entre los existentes en una lista que se daba a conocer con mucha antelación en los centros de trabajo de la empresa.
Los casinos mineros, hasta donde yo conozco, tuvieron en sus momentos álgidos un sesgo clasista, al pensarse básicamente como lugares de ocio y esparcimiento diario para dirigentes y empleados de las empresas, que, es verdad, corrían prácticamente con todos, o buena parte, de los gastos corrientes y mobiliarios. Las Juntas Directivas habían de ser aprobadas por la empresa respectiva, y, aunque se mantuviese de socios de libre acceso —habían de ser avalados por dos que ya lo fueran—, los pueblos mineros del momento ejercieron una autoexclusión tácita pero bastante generalizada. Tácita pero evidente era para mí la lucha interna a la hora, por ejemplo, de las partidas, en que no pocos buscaban como compañeros personal de más alto rango en el organigrama empresarial, lo que permitía las comidillas de no pocas presunciones o ciertas rencillas en el vivir diario. Codearse con los de arriba pareció ser una carrera de fondo que llevaba a situaciones rocambolescas y presunciones ridículas que hacían envidiar —o intentar compartir— ciertos privilegios de que gozaban los dirigentes, igualmente con diversos grados y escalafones. Esto sí que daría para más de una novela, entre graciosa y testimonial de cuanto se cocía en aquella sociedades del momento.
Es cierto, en definitiva, que los casinos mineros supusieron un revulsivo respecto a la vida lineal y anodina de los ámbitos en que se instalaron, fundamentalmente en el orden festivo. Pero no es menos cierto que abrieron otra brecha social más, con sus compartimentos estancos y un afán silencioso de pertenencia de clase, aunque no fuera generalizada. Precisamente el progresivo desmantelamiento de esta conciencia, la evidente despoblación, igualmente progresiva y uniformemente acelerada con sus causas y consecuencias, la decadencia de la minería y las nuevas fórmulas de diversión han sido las causas de la progresiva decadencia de los casinos mineros, hoy simplemente hecho testimonial y, en el caso de los resistentes, con un enfoque radicalmente distinto.