CON MOVILIDAD REDUCIDA (6) Un viaje nostálgico por la literatura y la música de Estados Unidos

la carretera de los bluesmEn

Logística de comunicación.

Publicado por
J. A. GONZÁLEZ (JOHNNY)
León

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MISSISSIPPI

Cogemos la Hw 61, la carretera que siguieron tantos negros desde New Orleans a San Louis y Luego a Chicago y New York huyendo de la esclavitud y a veces del linchamiento. No hay que olvidar que entre 1865 y 1950 hubo en Mississippi, en torno a 4300 linchamientos. Incluso en 1955, en Indiana, un estado no declarado racista, se produjo el linchamiento de dos negros. La canción de Billie Holiday «Strange Fruit» nos lo recuerda, llena de desolación:

Los árboles del sur, tienen frutos extraños

sangre en las hojas y sangre en las raíces

cuerpos negros balanceándose en la brisa

extraños frutos colgados de los álamos…

A media tarde llegamos a Indianola, la patria de B.B. King y donde vivió los treinta primeros años de su vida amarrado a la mancera de un arado y siguiendo a una mula en los campos infinitos de algodón. Cuando emigró a Memphis como músico de blues, él calcula que había recorrido unos 90.000 Km., tanto como dar una vuelta a la tierra.

Reservamos hotel y nos desplazamos a Greenwood, un pueblo cercano más al este, en busca de la tumba de Robert L. Johnson, aquél bluesman elusivo que, como dice la leyenda, vendió su alma al diablo en un cruce de caminos. Dice un autor boliviano que un escritor sin leyenda no es nada, y esto es perfectamente aplicable a los hombres del blues.

La leyenda surge porque Son House, un bluesman algo mayor que él comentaba que al principio, Robert L. asistía a los bailes donde ellos tocaban y en los descansos cogía sus guitarras y tocaba algo, pero tenían que quitarle los instrumentos porque el público protestaba. Apenas dos años más tarde Son House estaba tocando en Robinsonville, cuando el joven músico entró en el salon con una guitarra al hombro y sin hacer caso de los comentarios burlones de los otros músicos, se puso a tocar y lo hacía con tal destreza y agilidad que quedaron estupefactos. Sólo podía tratarse de un pacto con el diablo.

R.L. siempre estaba en movimiento. Johnny Shines que viajó con él en el 36 y 37, comentó que siempre estaba marchando «te podías despertar a cualquier hora de la noche y ya estaba listo para partir». Si le decía: R.L., oigo un tren, vamos a cogerlo, él no hacía ninguna pregunta y ya estaba listo para marchar. Una composición suya dice:

Tengo que seguir viajando (bis)

la melancolía cae sobre mi como el pedrisco

y un perro del infierno me sigue el rastro…

El mismo Johnny Shines explicaba « Robert no sabía cuidar de sí mismo cuando bebía y siempre estaba enzarzado con todo tipo de personas. Le encantaba el whisky y estaba loco por las mujeres, que fueron su perdición».

Tocaba en un garito a las afueras de Greenwood y se acostaba con la mujer del dueño del salon hasta que éste se enteró y lo envenenó. Tenía 27 años y había grabado 29 canciones. El mito exige juventud, caída y ciertas dosis de tragedia.

Greenwood es una ciudad pequeña, 17.000 habitantes y en plena reconstrucción, pero lo suficientemente grande como para dificultar la búsqueda de los cementerios y, por más que preguntábamos, nadie sabía nada de Robert Johnson hasta que, ya a punto de tirar la toalla, un chaval joven nos dijo algo así como «cementery fuera del pueblo». Dimos una vuelta por el perímetro exterior y en un pequeño puente sobre el río Yazoo, un cartel escrito a mano sobre el camino, Money Road, indicaba el cementerio.

A tres kilómetros más o menos de la última casa de la ciudad, como una fotocopia de la última morada de Leadbelly, se levantaba una Iglesia Baptista, un cementerio recoleto con flores recientes en algunas tumbas y un grupo de negros maqueados que entraban en el templo y nos saludaban al pasar.

El sepulcro es más sencillo que el de Leadbelly; una simple lápida con el nombre y las fechas. Nosotros, avisados, dejamos un slide sobre la tumba y el reconocimiento de gentes de otro continente.

Volvemos a la Hw. 61, viajando siempre hacia el norte. A ambos lados grandes plantaciones de algodón y fincas de maíz trabajadas con maquinaria especial de grandes ruedas y altos ejes. Una de las grandes granjas es la famosa plantación Dockery, donde trabajó el famoso bluesman Charley Patton.

El primer dueño de Dockery tenía prohibido cantar a sus esclavos, pensando que la música no le hacía bien, pero ya su nieto permitía que cantasen durante el trabajo y en sus propias fiestas y bailes.

Charley Patton era aparcero de Dockery, con una cabaña lejos de la casa principal; además era orgulloso, fanfarrón y pendenciero. Era difícil que pasara una tarde sin discutir con alguien. La cojera de una pierna y la cicatriz de cuchillo en la cara daban muestra de ello. Hay que completar la descripción diciendo que tenía una voz tan poderosa que le llamaban Vieja Bocaza.

Con la ayuda de algún negro que sabía escribir contactó con Speir, un productor de la ciudad de Jackson, presentándose y notificándole que vivía en la plantación de Dockery y que estaba dispuesto a grabar. Speir, cuando llegó vestido de traje, se dirigió a un capataz que lo confundió con un agente laboral o un ayudante de sheriff que venía preguntando por algún fugado de la cercana prisión de Parchman. Encontró a Patton al norte de la plantación, que le soltó de inmediato que él no era inferior a ningún bluesman del Delta y le pidió un poco de whisky para engrasar. Speir no había previsto un imponderable de estas características y la audición hubo de enfrentarse «en seco». El productor prometió no volver a cometer el mismo error.

Las grabaciones fueron enviadas a la Paramount y, bastante impresionados, enviaron un billete para que Patton viajara hasta Indiana a un estudio de grabación que poseía en Richmond.

Charley Patton grabó 14 discos, cuyos temas, incluido el Pony Blues y Marea alta en todas partes, sobre la inundación del Mississippi de 1927, se han convertido en clásicos. Recibió 75 dólares por disco, por lo que volvió a Dockery con un colchón económico importante y una fama de músico con discos grabados que le multiplicaron las actuaciones y también las pendencias.

Cuando al año siguiente, 1930, Speir lo buscó para una nueva grabación tuvo dificultades para encontrarle pues había tenido que dejar la plantación por coquetear con una mujer casada.

Los investigadores han encontrado ocho actas de matrimonio, pero ninguna de divorcio. Murió en 1934, pocos meses después de una grabación en New York. Bob Dylan le dedicó el tema High Water (Charley Patton)

Hoy, los antiguos edificios de la plantación están cerrados, pero se permite el acceso a ellos y nosotros deambulamos entre los almacenes, el galpón de la desmotadora y algunas viviendas de esclavos. De la casa principal no queda nada, pero a la entrada, donde estuvo, hay una placa de bronce pintada de azul que, con letras doradas, informa que esta plantación está en el Trail of Blues y que es importante porque aquí vivió Charley Patton, uno de los grandes.

En la Hw. 61, antes de llegar a Clarksdale, se encuentra la prisión de Parchman, hoy Prisión Estatal de Mississippi. Esta prisión, igual que la de Angola, era una granja de 8000 hectáreas que, a primeros del siglo pasado, era la empresa que más recursos ingresaba al Estado.

La prisión no tenía muros, ni alambradas y los reclusos trabajaban de cinco de la madrugada hasta la puesta de sol. Si alguien se escapaba lo perseguían a caballo y con perros y al fugado se le aplicaba la tortura de Annie la Negra. Los guardianes, además de los agentes, utilizaban a presos de largas condenas a cambio de pequeños favores. Los Lomax, que estuvieron allí siete veces grabando para la Biblioteca del Congreso, contaban que media milla antes de llegar, ya se escuchaba el canto de las reclusas junto a su máquina de coser en la sala de costura. Grabaron una canción amarga con este acompañamiento de Mattie May Thomas, que es todo lo que se sabe de élla.

En Parchman estuvo Son House dos años, del 27 al 29, parece que por matar a Vera Lee. Con la promesa de no aparecer por Clarksdale en mucho tiempo, lo pusieron en libertad tras dos años de condena.

House era un negro contradictorio. No aprendió a tocar la guitarra hasta los 20 años, porque encontró a Dios, siendo adolescente, mientras trabajaba en una finca de alfalfa y debía escoger entre Dios y el Diablo. Escogió a Dios y siguió trabajando de tractorista, ganadero y recogiendo algodón. A partir de su aprendizaje de la guitarra, fue cantante de blues algunas temporadas y predicador otras. En sus discos hay esa tensión entre Dios y el Demonio con una potente voz que parece la de un profeta del Antiguo Testamento aleccionando a sus ovejas descarriadas. Está poseído por el mundo bíblico que lo lleva a lamentarse y a tomar partido.

Sin embargo, hay algunos Pater baptistas a los que se les conocen grabaciones de blues. A mí me gusta especialmente el reverendo Gary Davis cantando «La muerte no se toma vacaciones».

La muerte no se toma vacaciones en esta tierra

Llega hasta tu casa y no se queda mucho tiempo

Miras la cama y ves que alguien se ha ido

La muerte no se toma vacaciones .

En el año 29 con el Crack de la Bolsa y el inicio de la Gran Depresión, la mayoría de las discográficas quebraron y los discos de House apenas se vendieron, de modo que su impacto se debe más bien a la influencia en otros músicos, Robert L. Johnson, Muddy Waters. También acompañó a Lomas por el Mississippi en su investigación sobre el blues y la búsqueda de nuevos talentos.

Charley Patton lo lleva a grabar para la Paramount con Willie Brown y Louise Johnson, pianista y cantante que en aquél momento era la pareja de Patton. Sin embargo, en 1940, cuando aún no había cumplido 40 años, Alan Lomas le propuso sacar unos discos y le contestó: «Me he retirado de la música. Me estoy haciendo viejo y ahora tengo otras cosas en la cabeza»… Y Son House se esfumó.

Pero nadie se puede esconder eternamente. El tiempo está sembrado de pistas, antiguos caminos y conversaciones que alguien escuchó, gentes que aseguraban haberlo visto. Cuando en los 60 Alan Willson, miembro de Cannett Heat, tras una investigación digna de una novela de detectives, dio con él, apenas salía de su cabaña y se mataba a beber día y noche.

Fue recuperado para actuar en el Festival de Newport junto a Skip James y ante un respetuoso público de estudiantes jóvenes interesados en el folklore americano. Murió en 1988.

Nosotros nos acercamos a la prisión y pedimos permiso para entrar de visita, pero ya sabéis, se ha convertido en una cárcel al uso y no se permiten turistas…. Desde fuera no se oye cantar a las reclusas de la sala de costura.

Seguimos hacia Clarksdale por la Hw.61. Antes de llegar, nos detenemos en la Hopson Plantation, hoy reconvertida en una especie de alojamiento de turismo rural construido de chapas y madera. En el centro el gran almacén de la desmotadora y alrededor las cabañas de los capataces y los aparceros transformadas en habitaciones alquilables. Se llama Sack Up Inn. Por los prados del entorno, antigua maquinaria de la granja, hoy oxidada, componen una suerte de museo al aire libre.

Intentamos alojarnos aquí, pero las escasas plazas hoteleras están ocupadas; estos días se celebra un taller de armonicistas en el galpón de la desmotadora. Nos integramos en la fiesta, donde fuimos acogidos entre los mirones con gestos cariñosos. En el escenario un tipo con una guitarra iba haciendo subir por turno a una docena de armonicistas sentados en silla de tijera en la platea. Se ponían de acuerdo en el tema que interpretarían y comenzaba la sesión.

La plantación Hopson había sido famosa por ser la primera que tuvo cosechadora de algodón y todos los fines de semana era un trajín de visitantes que venían a observar el trabajo de la nueva maquinaria. La mecanización del laboreo del algodón era precisa, dada la escasez de mano de obra, que emigraba al norte siguiendo a los agentes laborales que venían ofreciendo contratos de trabajo con mejores condiciones de las que se conseguían en el sur.

Desde el Sack Up Inn nos buscaron hotel en Clarksdale y nos informaron de dónde había música en directo al anochecer y para allá fuimos, a la ciudad del Delta donde mayor densidad de bluesmen había por metro cuadrado a primeros del siglo pasado.

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A la entrada hay un punto señalado con dos guitarras cruzadas que es el lugar donde antiguamente se cruzaba la 61 con la 49 y donde Robert L. Johnson vendió su alma al Diablo.