CON MOVILIDAD REDUCIDA (13) Un viaje nostálgico por la literatura y la música de Estados Unidos
huéspedes de leyenda

La Biblioteca del Village.
NUEVA YORK
GREENWICH
VILLAGE
Es sábado y amanece un día claro y soleado. Tomamos la 8ª Avenida inicialmente hacia el norte hasta la 35 St. para ver el hotel New Yorker. Está tan andamiado que tenemos dificultad para encontrarlo. Al fin vemos la puerta entre hierros y maderas y entramos casi en tromba. El interior tiene el lujo y la prestancia de sus mejores años. Un hall amplio y en mármol con recepcionistas y mozos negros de etiqueta. Preguntamos por la habitación 3327 y un joven, después de parlamentar con el encargado, nos acompaña hasta la tercera planta. Es la habitación que ocupó Nikola Tesla los últimos años de su vida.
Tesla, como ya dije, descubridor de la corriente alterna, requerido por las autoridades, construyó una silla eléctrica para las prisiones. Esto fue utilizado por Edison y Rockefeller para desprestigiarlo a él y a la corriente alterna, para lo que organizaban mítines en los que electrocutaban palomas. Entre medias, solicitó la patente de la radio que no le concedieron y de lo que se aprovechó Marconi que, incluso hoy, se le sigue considerando en muchos textos, el inventor.
Los últimos años de su vida los pasó en el New Yorker y su única amiga era una paloma a la que daba de comer todos los días. Cuando una mañana no regresó, salió a buscarla desesperado. Poco tiempo después también él murió.
Apenas unos años más tarde el Yorker tuvo un aparcacoches de lujo, Neal Cassady. Cuando aquél loco de los coches, en especial de los ajenos, llega a Nueva York para conocer a Jack Kerouac y a sus amigos de la universidad, coge un trabajo eventual y donde mejor se desenvolvía era en el mundo del automóvil.
Volvemos por la 8ª Av. hacia el sur. En la calle 23 nos espera otro hotel con historia, el Chelsea, La Vieja Dama de la 23. La planta baja está andamiada, pero el resto muestra una fachada poderosa y reconocible. Entramos y está todo en obras y entendemos que, de momento, no se alquilan habitaciones. Es de siempre un hotel de artistas.
Leonard Cohen vivió aquí, en la habitación 226 y contaba que, buscando a Brigitte Bardot, encontró a Janis Joplin en el ascensor, que a su vez buscaba a Chris Christopherson y Cohen dijo «yo soy Christopherson» y Joplin se rió…. Al no encontrarlos pasaron la noche juntos. Cohen escribió la canción Chelsea Hotel, que si bien no da nombres, se puede rastrear la historia.
En una de las buhardillas vivieron pobremente Patti Smith y su novio de entonces, el fotógrafo Robert Mapplethorpe hasta que se dio cuenta que a él lo que le gustaba eran los efebos musculados que fotografiaba como estatuas clásicas. Dicen que en los 70 llegó la pareja al hotel y Patty Smith hizo las presentaciones y dijo «no tenemos dinero, pero pronto seremos famosos» y el director, que muchas veces cobraba con cuadros u otros productos artísticos, les dejó una pequeña habitación. Más tarde se harían de la trouppe de Andy Warhol; bebían un cóctel que mezclaba champán y cerveza south.
También la muerte rondó este hotel; Dylan Thomas, en su último viaje de conferencias a Estados unidos se alojaba en el Chelsea y una noche lo trasladaron allí con delirium tremens y murió. Por otra parte Sid Vicious apuñaló a su novia.
La nómina de artistas que se alojarán aquí es imposible de reseñar, baste citar: John Lennon, Bob Dylan, Keith Richards, Rothko, Warhol. ,,,
Unas calles más al sur está el Greenwich Village que un día definió Faulkner como «un lugar con algunos límites poco importantes, donde jóvenes de cualquier edad van en busca de sus sueños».
Paseamos cerca de la Biblioteca Jefferson, ese edificio tan característico de ladrillo rojo y una torre circular como mascarón de proa.
Si caminamos un poco más nos queda a la derecha el Vanguard Village, el club de Jazz más notable del mundo. Su pequeño sótano era el hogar de Bill Evans, el pianista que desarrolló el jazz modal desde su formación clásica y a partir de los impresionistas Debussy y Ravel. Actuó en Madrid, en el pequeño Club Balboa, hoy desaparecido y algunos de las escasas ocho docenas de personas que asistieron, han comentado que inclinaba tanto el cuello que casi pegaba en las teclas. Al poco tiempo, al igual que su hermano, se suicidó, pero antes nos dejó una joya del jazz, Kind of Blue, grabada con el saxofonista John Coltrain y Miles Davis tocando la trompeta con sordina metálica. Era conocido como el poeta del jazz.
En el centro del Village, plazoletas y jardines con fuentes y músicos tocando. La gente se pasea, lee o juega al ajedrez; las mascotas tienen un cercado para hacer ejercicio y los patinadores ruedan por los pasillos. Hay aseos públicos.
No he dicho nada sobre la accesibilidad y la adaptación de los servicios porque hasta ahora no hemos tenido mayor problema, pero en cuanto a New York, la guía dice que los servicios públicos adaptados son difíciles de localizar y aconseja utilizar los Starbuck Cofee, que hay uno en cada esquina. Ya John Cheever decía que se había hecho de un club para tener un sitio donde evacuar en el centro. Cheever era un escritor muy dado a las frases ingeniosas. Una de las que más me gusta es aquella de «los estímulos sexuales me mejoran la vista. Con la polla tiesa veo la letra pequeña de los misales». Ciertamente yo no tuve que hacerme del club, ni recurrir especialmente a los Starbuck.
Calculo que más del 40% de los bares, restaurantes, cervecerías y demás negocios de restauración tienen servicios adaptados para personas con movilidad reducida. Después de sobrevivir a Madrid, la ciudad más inhóspita para minusválidos, uno puede con todo. Por otra parte considero que hablar de funciones intestinales es una ordinariez, pero al ser algo tan natural (y necesario), como la vida misma, no me queda más remedio que hacer acopio de valor y explicarlo directamente.
Tomamos un refresco de cola en el antiguo San Remo, uno de los lugares de reunión de Kerouac, Ginglery, Corso, etc… Si uno cierra los ojos, aún escucha el murmullo de las conversaciones en las largas tardes de invierno, o versos sueltos de alguna audición de poesía.
No lejos está el café Wha?, en cuyo sótano tocaba Jimmy Hendrix cuando conoció a Bob Dylan. Lo cuenta así: «Dylan andaba por allí pasando hambre. Lo vi una vez, pero los dos estábamos muy borrachos por culpa de la cerveza. La primera vez que lo escuché pensé que el tío era digno de admiración por tener la caradura de cantar desafinando tanto. Pero entonces me paré a escuchar sus letras. Eso me convenció. Yo no podría escribir así nunca».
Hace unos días, en una buhardilla gatera del Village, donde había vivido Dylan, han encontrado un montón de cintas y manuscritos con canciones.
En la cercana calle Cooper, en el nº 5, estaba el famoso Five Spot, donde dicen que una noche apalearon a Miles Davis. El club fue destruido en la remodelación de la 3ª Avenida, aunque quedó inmortalizado por el poema de Frank O´Hara:
…Y al estanquero del teatro Ziegfield
pido sin prisas una caja de gouloise
y una de picayunes y un New York Post con el rostro de Billy Holliday
Y ahora estoy sudando mucho y pensando
en haber estado recostado sobre la puerta del water del Five Spot
mientras Billy Holliday murmuraba una canción a lo largo del piano
y Mal Waldron y todo el mundo y yo, dejamos de respirar.
A veces es mejor que algunas desaparezcan. Hemos estado en el Fat Black Pussycat, antiguo The Commons, donde dicen que compuso Bob Dylan el tema Blowin´ in the Wind y donde lo cantó por primera vez; lo han convertido en un Karaoke. Bien es cierto que mantienen el pub, un refugio cálido en maderas oscuras y un pequeño escenario, pero hoy pretenden que cantemos.
Comemos en la Minetta´s Tavern, otro de los centros de actividad de la Beat Generation. Fotos en blanco y negro en las paredes los inmortalizan. Una placa en el exterior da cuenta de ello.
Por la noche nos recogemos en el Birdland Jazz Club. El dueño lo denominó así en honor a Charlie «Bird» Parker, que era aquél chaval al que vio un día tocando un saxo alto y «haciéndolo aullar y sacudirse» como si fuera un pájaro al que trataba de retorcer el pescuezo, jadeando y chorreante de sudor. Oír al saxo chillar y berrear». Había nacido el bebop.
Jack Kerouac también le hizo varios poemas:
Altivo y calmado
como si fuera un director de orquesta
en la Gran Noche del mundo
y haciendo gemir su saxo alto
como un claro lamento que taladra
con un perfecto tono
y su armonía luminosa…
Charlie Parker toca y gime
al borde de la eternidad.
Charly «Bird» Parker tocó aquí pocas veces, pues siempre estaba pidiendo más dinero; vendió su saxo para poder comprar droga y alcohol.
Originariamente el Birdland estaba en la 52 St., esquina con Broadway Av. y fue inaugurado en 1949. Dicen que el aire estaba cargado de humo y de vibrante agitación.
Lester Young, que tocó allí los últimos años de su vida, veía el club desde la ventana de la habitación del hotel Alvin, ya desaparecido, donde se alojaba. Había vivido con Billie Holiday, a la que llamaba Lady, pero nunca fueron pareja. Billie siempre terminaba con hombres violentos, campeones de los billares o proxenetas sin corazón. En sus discos, Lester Young, siempre es músico fijo.
Young, al que Lady llamaba Press (Presidente), tocaba el saxo tenor y su sonido es delicado y perezoso. Suena como si siempre estuviera a punto de perder el control, pero sabiendo que no pasaría jamás.
Acostumbrado a tocar en Kansas City (Misouri), en locales minúsculos, iba ladeando el saxo hasta tocarlo casi como una flauta travesera. Y a Kansas City, cuentan que viajó en el 34 Coleman Hawkins, el saxofonista de sonido agresivo y retó a Young en una Jazz Session hasta el amanecer. Y cuenta la leyenda que al final de la noche Young salió vencedor haciendo bueno el apodo de Press. Coleman se vino a Europa y no volvió hasta el 39.
En 1947 Press fue llamado al servicio militar y un capitán que no llevaba muy bien que tuviese una mujer blanca y que fumara marihuana, lo arrestó y golpeó hasta romperle el alma. No volvió a ser el mismo. Murió en el 57, cuatro meses antes que Billie Holiday.
El actual Birdland de la calle 45 es un club un poco más pequeño que el original, con un aforo de 200 plazas y un escenario amplio. En la puerta hay un continuo entrar y salir de gente con mirada extraviada. Cenamos allí con manteles de hilo, creo que por primera vez en todo el viaje.
Un cuarteto de saxo y piano-órgano tocaban con solvencia cantando algunos temas. El ritmo es hipnótico y, de vez en cuando, estallan fulgurantes aproximaciones a la improvisación.