Diario de León
Fernando Jáuregui

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El secretario general del Partido Socialista, Pedro Sánchez, está, a menos de un año y medio de haber sido elegido como máximo dirigente del PSOE, abocado a la gloria o al abismo. Y hay que reconocer que los últimos días le sitúan más cerca de lo segundo que de lo primero. La irrupción de encuestas que sitúan en segundo lugar en la preferencia de los electores a Ciudadanos, tras el PP, ha acabado, me dicen, de desatar los nervios en el ‘cuartel general’ socialista, en la calle Ferraz, y en las ‘baronías’ autonómicas controladas por el PSOE.

Que Pedro Sánchez cometió un tremendo error al fichar a la ex UPyD Irene Lozano nada menos que como número cuatro en la candidatura socialista de Madrid es algo que ni los portavoces de la andaluza Susana Díaz, ni los del asturiano Javier Fernández, ni los del castellano-manchego Emiliano García-Page, ni los del extremeño Fernández Vara, ni los del valenciano Puig, por citar solamente a los más destacados, se molestan ya en ocultar.

Que Sánchez ocupó un papel secundario al ser recibido esta semana en La Moncloa por un Rajoy triunfante en su papel de conciliador de voluntades antisecesionistas es algo que también ha resultado clamorosamente patente.

Reconozco que tengo una gran simpatía personal por Sánchez, que me parecía, y me parece, un elemento de renovación en el secarral político que era España hasta hace unos meses. Y un interlocutor mucho más idóneo que Rajoy para encauzar el desastre que, entre todos —muy especialmente Mas y su entorno, por supuesto—, hemos fabricado en Cataluña. Pero tiene en su haber las que a mi juicio son demasiadas equivocaciones, comenzando por esa tajante afirmación de que jamás pactaría con el PP; mira que si la situación, Dios lo quisiera, se orienta hacia un Gobierno de gran coalición populares-socialistas.

Lo urgente ya no es saber quién ocupará el sillón de La Moncloa, sino quién, y cómo, solucionará el embrollo en el que un mesiánico, varios fanáticos y unos cuantos antisistema han metido a los catalanes y, de paso, al resto de los españoles. Así que la pregunta ante el 21-D sigue siendo la misma, aunque con la nómina algo incrementada: ¿Rajoy? ¿Sánchez? ¿O Rivera?

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