Diario de León

jesús nava, ‘avan j’

El Vangelis de Cabreros

Firma al revés como su abuelo Blas, que era poeta, cantante e inventor, y dedica las tardes a crear una música poderosa que ensancha el alma. Una insólita ‘new age’ con nacimiento a orillas del padre Esla

jesús f. salvadores

jesús f. salvadores

Publicado por
EMILIO GANCEDO
León

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Jesús Nava firma al revés, como si se contemplara reflejado en el espejo de Alicia, y es hombre que, cuando camina por la calle, jamás pisará una hormiga («¿por qué voy a acabar con una vida, aunque sea pequeña, si puedo evitarlo?», reflexiona muy serio). En esos paseos se va fijando en las casas, los rostros y las cosas, y en una mujer de mirada líquida que sale de la pescadería adivina una sirena, y aquel camión renqueante le hace pensar en un galeón sin rumbo, perdido en la noche...

Tras el telón de esos ojos color sotobosque se deben de esconder muchos universos, piensa uno cuando conoce a Jesús Nava, Avan J, y sabe de su música, esos sonidos telúricos, poderosos, oníricos, oberturas fascinantes, oratorios siderales... Y el orfebre que engarza todas esas vibraciones repletas de emoción —algún tema suyo es como asomarse a una liturgia oficiada por un titán— no nació en Stuttgart ni en Nepal sino en Cabreros del Río, fincas y huertas del bajo Esla, en familia labradora y de padre y abuelo decididos inventores. Imaginaban aperos nuevos y con sus esquemas iban al herrero a que se los fabricara, como un ingenio regante para echar el agua por la madriz y no tener que quitar a mano cada uno de los vallones. «Eran muy inteligentes, yo no me parezco nada a ellos», ríe Avan, melena indómita, barbita de alquimista.

De todas maneras, algo de ese afán audaz y pionero heredaría nuestro paisano —también fueron, por ejemplo, entusiastastas cooperativistas—, aparte del alias artístico, claro está, porque ese Avan palíndromo y futurista ya lo inventó el abuelo Blas, que cantaba muy bien en misa y que así firmaba (Avan Santos) unas curiosas poesías que escribía dándole con un solo dedo a la Olivetti. El pistón que llegaría a accionar la máquina de ritmos en que se acabaría por convertir Jesús llegó «una tarde de otoño» bajo la forma de fraile marista, de esos que caminaban el agro a la busca de chavales espabilados. Con ocho años lo reclutaron para el Champagnat de León, donde una sala poblada de instrumentos —piano, guitarras, flautas— lo hechizó desde el primer momento. «No salía ni al recreo, me quedaba allí familiarizándome con ellos hasta que me descubrían... y alguna bofetada me gané, sí». Un fraile con instinto descubrió esa vocación y la encauzó, y ya empezó Jesús a formar grupitos y a amenizar las fiestas del colegio. «Desde entonces no paré. La música se convirtió en el motor de mi vida. Es así», confiesa, franco y cristalino como es. Tanto, que después de los cuatro años en León venía Tuy y, aunque ya tenía claro que la carrera eclesiástica no era la suya, fue a la villa atlántica «porque había oído que tenían un órgano de tubos maravilloso en la capilla». Y lo tocó, sí, pero a los doce meses regresó para seguir estudiando en el Padre Isla y formar grupos como Gracoma, con el que recorrió muchas ferias y fiestas. «Era música de baile, pero al final tocábamos una de rock y la gente se volvía loca», rememora, y sobrevuelan anécdotas, como cuando se les cayó el batería del remolque-escenario y un plato casi le siega la cabeza a un paisano. Ahora bien, eran tantas las armonías que le ametrallaban la cabeza que decidió abrirse camino por su cuenta —se sacó la carrera de piano en el Conservatorio— y ahorrar para comprar un órgano Farcisa y luego un Hammond de dos teclados.

La grieta de la mili, que le tocó en Valencia, no fue muy traumática, pues sirviendo a la patria se sacó una oposición de administrativo del Estado que aún le ocupa las mañanas, dejándole libre las tardes para componer y crear. Sonidos en la noche, El llanto de la sirena, Jardín encantado e Interlunio son los nombres de sus cuatro discos, discos que suenan a banda sonora épica, a mapa sensorial y sensitivo. Y sorprende que Avan J, admirador de Kitaro —a quien conoció—, de Mike Oldfield y de Vangelis, de Pink Floyd y de Mark Knopfler, de Mecano y de Mozart, no haya traspasado la frontera del Cea, pese a que una vez, en un bar, escuchó una melodía suya en un programa de La 2 que se fue como había venido.

Ha tocado junto a bandas de gaitas y orquestas completas, con castillos y puentes de fondo... «pero Oliver Stone aún no me ha llamado, no». ¿Y si lo hiciera? «No lo dudaría. Cojo a mi mujer y a mi gato, y me voy donde haga falta».

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