Diario de León

economía mundial

El ocaso del oro negro chino

el mayor productor mundial de carbón pretende cerrar 1.000 minas obsoletas este mismo año, de las cerca de 11.000 que posee. El gOBIERNO anunciA un fondo de 15.300 millones de dólares para subsidios

Varios mineros esperan el inicio de su turno de trabajo en una mina de carbón en la ciudad de Diaobingshan.

Varios mineros esperan el inicio de su turno de trabajo en una mina de carbón en la ciudad de Diaobingshan.

Publicado por
Paloma Almoguera
León

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Todo es gris en Fanghsan. En los frecuentes días de contaminación, el color plomizo del cielo sobre el distrito conocido como el «almacén de carbón» de Pekín, al suroeste de la capital china, se funde con el de los montones apilados de este mineral, con la tonalidad de la calzada y con los uniformes y los rostros tiznados de los mineros que entran y salen de las decenas de explotaciones de la zona. Incluso las montañas Taihang, enmarcadas de fondo, parecen espolvoreadas de ceniza. Una escena habitual, pero en principio no por mucho más tiempo.

Como parte de un plan para reconvertir la industria ante el exceso de capacidades de algunos sectores, sobre todo en el carbón y el acero, y también para abandonar de forma paulatina la dependencia del primero como la principal fuente de energía del país —por encima del 60% del total—, China, el mayor productor mundial de este mineral y responsable de más de la mitad de su consumo global, se ha fijado cerrar 1.000 minas de carbón obsoletas este año, de las cerca de 11.000 con las que cuenta.

MILLÓN Y MEDIO DE DESPIDOS

La mina Chang Go Yu», en Fangshan, es una de ellas. Días antes de su obligado cese de operaciones esta primavera, el trasiego es aún incesante en sus inmediaciones y Yang, transportista de mediana edad que prefiere identificarse sólo con su apellido, carga a conciencia su vehículo de carbón para llevarlo a otras partes de la provincia.

«A veces lo enviamos hasta a Japón», dice a Efe con orgullo, destacando la calidad del carbón que se extrae de la mina, según su criterio, y lamentando que, pese a ello, ésta será una de las que tenga que cerrar sus puertas.

Pero, sobre todo, Yang se preocupa por el inexorable desempleo al que se verán abocados él y sus compañeros, muchos sin más experiencia laboral que haber trabajado para la mina, tras más de medio siglo de continua explotación de los más de 2.000 millones de toneladas de carbón que alberga Fanghsan, una tierra fértil, por otra parte, bañada por numerosos lagos y ríos.

Yang y sus compañeros, como el señor Wei, de 54 años, formarán parte del casi millón y medio de despedidos que resultará de la reestructuración de la industria del carbón, cerca de dos millones si se incluyen los procedentes de la del acero.

Después de años combinando trabajos esporádicos en la agricultura con el transporte del mineral, Wei se queja airado de que no sólo va a perder su trabajo, sino de que no cree que vayan a recibir los subsidios prometidos: «Ni siquiera hemos recibido nunca el (subsidio) de calefacción, debido a la corrupción», cuenta a Efe, y regresa alterado al camión para continuar repartiendo carbón por casas de la zona.

El futuro de los desempleados y la potencial desestabilización social que representan supone un grave problema para las autoridades chinas, después de que ya se hayan registrado protestas de afectados y de que se esperen más, a medida que los cierres y los despidos vayan ocurriendo.

El primer ministro chino, Li Keqiang, anunció un fondo de 100.000 millones de yuanes (unos 15.300 millones de dólares) para subsidios y empleo de los cesados el pasado marzo, al inicio de la sesión anual del Legislativo, una cantidad que aún suena a promesa vacía para Wei, y que tendrá que ir acompañada de otras iniciativas si pretende lograr resultados, según sugieren los expertos.

SOBRE EL CRECIMIENTO

Anders Hove, director asociado del Instituto Paulson en Pekín, tiene dudas sobre cómo el Gobierno pretende absorber en el mercado laboral a todos esos trabajadores. Cree que una de las ideas es trasladar a unidades enteras de empleados «a otras líneas de producción o industrias, en contraste con lo que podría ocurrir en EE.UU., donde se plantearían ofertas más individuales», indica a Efe.

«Desde fuera tenemos gran interés en saber qué piensa hacer el Gobierno chino», añade Hove, y subraya que, sin duda, se necesitarán programas de entrenamiento y formación para aquellos trabajadores que, como Yang y Wei, lleven toda su vida laboral dedicados a lo mismo.

Y es que el ‘boom’ del carbón en China, sobre todo a partir de la década de 1970, cuando el Gobierno decidió invertir a espuertas en la explotación de las abundantes reservas naturales para acelerar la industrialización nacional, supuso el traslado de millones de personas a las zonas mineras del norte, y disparó la producción del mineral, que recibió el sugerente sobrenombre de «oro negro».

La fiebre del carbón continuó hasta llegar al actual exceso de capacidades de una industria que genera casi 2.000 millones de toneladas más al año de lo necesario, según algunas estimaciones, y que en consecuencia ha creado una burbuja de bajos precios y abuso de su consumo que es, en gran medida, responsable de la contaminación que asfixia a parte del país.

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