Diario de León
Publicado por
Andrés Aberasturi
León

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Sabiendo cómo está el patio me pregunto si realmente merece la pena montar este número en cada final de Copa; el fútbol no deja de ser lo que es, una caja de pandora cargada de millones, intereses inconfesables en los palcos, casi niños que son «captados» por grandes clubs, contratos nada transparentes y así podríamos seguir hasta llegar a los grupos ultra sobre los que queda aún mucho por investigar y explicar.

Pues bien, con este panorama se ha decidido por la autoridad competente cachear a cada espectador que acuda a la final de la Copa del Rey entre el Sevilla y el Barcelona en busca, entre otras cosas, de banderas «esteladas» que, de encontrarse, serán requisadas. Pues lo lleva claro la autoridad competente. Se van a gastar una pasta en el cacheo, no van a conseguir nada y encima existen muchas posibilidades de que lo que pretenden sea un atentado contra el derecho fundamental a la libertad de expresión del que no se desprenden los aficionados por el hecho de entrar al estadio.

La decisión del cacheo en busca de esteladas se basa en lo recogido por el artículo 6.1 de la Ley 19/2007, de 11 de julio, contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte, que prohíbe «introducir, exhibir o elaborar pancartas, banderas, símbolos u otras señales con mensajes que inciten a la violencia...», definiendo en el artículo 2.1.b) que son conductas que inciten a la violencia, entre otras, aquellas «que, por su contenido o por las circunstancias en las que se exhiban o utilicen de alguna forma inciten, fomenten o ayuden a la realización de comportamientos violentos o terroristas, o constituyan un acto de manifiesto desprecio a las personas participantes en el espectáculo deportivo».

Habrá esteladas lo mismo que habrá división de opiniones cuando suene el himno. ¿Quiero decir entonces que por no armar más líos es mejor dejarse comer el terreno? En absoluto. A mí no me gusta nada la politización del fútbol, ni las pitadas al himno, ni la falta del respeto a nadie y en ese nadie se incluye, naturalmente, al Jefe del Estado. Pero entonces habrá que legislar de verdad y no andar en esta eterna controversia entre lo permitido, lo tolerable, lo ilegal y lo que no se sabe muy bien.<

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