de la robla a bilbao
Una bicicleta aventurera

Cada rincón del recorrido es un lugar que se abre para ser descubiero.
Fue en el verano del año 2012, desde el balcón berciano de la ermita de la Virgen de la Peña, cuando Abel Aparicio vió pasar uno de los últimos trenes que harían el recorrido Villablino-Cubillos del Sil. El conocido popularmente como ‘Ponfeblino’ fue inaugurado en julio de 1919 y unía Villablino (Laciana) con Ponferrada (el Bierzo). Este tren minero dejó de transportar viajeros en mayo de 1980 y de transportar carbón en octubre de 2012. En ese momento, este aventurero pensó: «A éste ya llegamos tarde, pero sería estupendo hacer el recorrido del tren de La Robla en bicicleta, y volver en sus vagones».
Y así, el pasado miércoles comenzó en la estación de Matallana de la capital leonesa el viaje de Abel y Álvaro, un recorrido de 324 kilómetros, con un desnivel positivo de 2.940 metros y 3.750 de descenso dividido en tres etapas, y fonda en las localidades intermedias de Guardo (Palencia) y Arroyo (Cantabria). Como en todo viaje, cuenta Abel, hubo una canción, Cuatreros de ganado, del grupo Deicidas; un libro, Tras el rastro del Hullero. De la Robla a Bilbao en bicicleta, de Vicente Ignacio González, y un documental, El Hullero cabalga de nuevo, producido por RTVE.
Este tren de vía estrecha fue inaugurado en agosto de 1894 uniendo La Robla y Balmaseda. Posteriormente, en 1923, se culminó el ramal auxiliar León-Matallana, siendo el recorrido de vía estrecha más extenso de la Europa occidental. Varios años de decadencia hicieron que en diciembre de 1991 cesara su utilización para el tráfico de pasajeros —restringido solo mercancías— pero gracias a la presión popular en marzo de 2003 se reanudó el servicio entre León y Bilbao.

León y también Palencia o Burgos son parte de este itinerario. A. A.
Los protagonistas narran que la primera parte del recorrido transcurrió en suave ascensión paralela al río Torío hasta Robles de la Valcueva, teniendo como faro el pico Correcillas. En este punto pasaron a rodar por la carretera que transcurre paralela a la cordillera cantábrica y que lleva a los ciclistas a La Vecilla, donde proceder a un breve descanso y recordar a uno de sus escritores de cabecera, Julio Llamazares, «que tan buenas letras le regaló al río Curueño», subraya Abel. Una vez estiradas las piernas continuaron hasta Boñar, previo cruce del río Porma, donde junto a uno de sus vecinos observaron el vacío que dejó en su plaza El Negrillón. Por una carretera provincial y varios caminos en los que empezaron a ver carteles indicadores del Camino Viejo o Vieyu Camín —como ya se le conoce por Omaña y el Bierzo Alto a esta variante del camino de Santiago que unía Bilbao con Villafranca del Bierzo— llegaron a Cistierna, villa en la que comer —y dormir su correspondiente siesta— a la vera del Esla. «Con un calor incesante y continuas subidas y bajadas, cruzamos el río Cea, llegamos a Puente Almuhey y un poco más adelante abandonamos la más septentrional de las provincias leonesas para penetrar en Castilla», continúa. A media tarde llegaron al albergue de Guardo, lugar donde ducharse y descansar antes de bajar a cenar y dar un paseo por sus calles. «Esta localidad recuerda a Villablino, con todo lo que fue y lo poco que ahora le queda. El carbón es fuente enérgica contaminante y nada rentable, esa es la excusa... pero al puerto de Gijón siguen llegando toneladas de este mineral», afirma Abel.

El recorrido cruza diferentes provincias que ofrecen sus características paisajísticas. A. A.
Entre Palencia y Burgos
La segunda etapa de estos dos leoneses comenzó sobre las diez de la mañana, «madrugar no es bueno para la salud», bromea. Atrás dejaron Guardo siguiendo la carretera autonómica a un ritmo muy suave mientras observaban a su izquierda la montaña palentina y a su derecha extensos campos de cereal. Así llegaron a Cervera de Pisuerga, localidad abarrotada de veraneantes en la que se celebraba el mercado semanal. «Desde aquí el recorrido va paralelo al río Pisuerga hasta Salinas, donde nos encontramos con el peor enemigo de un ciclista, me refiero, claro, al aire», cuenta Abel. Con un gran esfuerzo llegaron a la pequeña localidad de Cillamayor, donde aprovecharon para comer, descansar y maldecir a Eolo. Repuestas las energías, continuaron llaneando y subiendo para llegar a Cantabria, donde les recibió una fuerte bajada por un precioso terreno arbolado, muy cerca ya de uno de los núcleos más importantes del tren de La Robla, Mataporquera, «donde una gran estación que hoy casi sirve de museo muestra el pasado glorioso del que disfrutó esta localidad», asegura. Abandonada Mataporquera, una subida tremenda, una breve bajada, de nuevo una subida y posterior bajada les llevaron a un mirador donde apreciar el Santuario de Montesclaros y, a lo lejos, el pantano del Ebro. «Desconocíamos la cantidad de construcciones románicas que hay a lo largo de recorrido, algo que quizás tenga que ver con el conocido como Viejo Camino de Santiago», sigue Abel. Desde ese punto, bajando y subiendo una carretera estrecha que acompaña al río Ebro, recalaron en Arroyo.
Con el viernes llegaría el día más duro de la ruta, explica, ya que la etapa constó de 125 kilómetros, de los cuales 20 fueron paralelos al pantano del Ebro, donde les dio la bienvenida la provincia de Burgos. «Para hacerse una idea, el pantano de Riaño tiene una superficie de 2.230 hectáreas y el del Ebro 6.253, aunque el de Riaño tenga más capacidad, 664 hm³ frente a los 541 del Ebro», puntualiza Abel. Con un pedaleo suave llegaron a una zona de fuertes subidas y bajadas que les transportaron después de un ligero llaneo a Espinosa de los Monteros, pueblo regado por el río Trueba y declarado defensor de las merindades y contrario al fracking. Con esta carta de presentación, no les quedó más remedio a los ciclistas que quedarse a comer. Y, después, continuar el viaje sin dejar de mirar ni un solo instante a la derecha, como venían haciendo desde Soncillo, ya que el agua y las rocas hacen unos regalos que solo son dignos de la naturaleza.

Naturaleza y patrimonio se combinan en este trazado histórico. A. A.
Con un sol abrasador llegaron a Balmaseda, ya en Vizcaya. Su majestuoso puente y el monumento dedicado a las putxeras u ollas ferroviarias sirvieron de anfitriones. Desde aquí, paralelos al río Cadagua y a la línea de La Robla, con continuas subidas y bajadas, «vamos, un rompepiernas en toda regla», bromea, llegaron a la ría de Bilbao, donde el estadio San Mamés, el palacio de Euskalduna y el museo Guggenheim miran a los ciclistas como diciendo Ongi etorri (bienvenidos). Unos minutos después, los viajeros ya estaban en su Ítaca, La Concordia, también conocida como estación de Santander.
Reflexiones bilbaínas
«Kavafis tenía razón, el camino fue largo, lleno de aventuras y experiencias», reflexiona Abel, que cuenta que de aquí pasaron al albergue, situado en el barrio de San Francisco, donde descansaron antes de salir a cenar y tomar algo en el Casco Viejo. «Cuando salimos de cenar, tres rapaces nos acosaron para que les compráramos algún tipo de droga, hubo varios forcejeos, pero no estábamos en condiciones de liarla, unas siete personas en cada acera nos vigilaban. No hay que culparles a ellos, si vieron la serie The Wire de la HBO entenderán que no son más que el último eslabón de una cadena que se inicia muy arriba» narra el viajero, que sigue explicando que después del incidente «nos fuimos dando un agradable paseo al Casco viejo, lugar que siempre que piso me trae a la cabeza la canción No hierve tu sangre, de Platero y tú».
Al día siguiente el objetivo de estos dos leoneses eran los vagones del ‘tren de La Robla’, que sale de Bilbao a las 14.30 y llega a León a las 22.00, observando uno de los más bellos paisajes que recorre un tren. «Durante el viaje hay tiempo —de sobra— para pensar en lo importante que es este tren para los pueblos por los que transita ya que, si desaparece, muchas personas quedarán aún más alejadas de los centros donde se prestan servicios públicos o de lugares donde hacer las compras», incide Abel, que reconoce que «el mundo rural aún tiene mucho que decir pero, lamentablemente, nos toca reivindicarlo constantemente, ya que demasiados ciudadanos solo valoran las cosas por su interés económico, olvidándose intencionadamente de que hay una España viviendo en pequeños pueblos tan necesarios como los grandes núcleos de población».

El agua, muy presente, es siempre símbolo de vida. A. A.
En fin, un viaje siguiendo el recorrido de un tren mítico entre dos territorios, León y Euskadi, el primero que ofrecía materias primas y emigrantes, y el segundo que los acogía. Un tren, un viaje y ganas de conocer. «Ya nos los dijo Mario Benedetti: No te quedes inmóvil al borde del camino. ¡Buen viaxe, paisanu! Bidaia ona, laguna!», termina.