Diario de León
Imagen de algunas de las guardias civiles que trabajan en la Comandancia y el área de León.  jesús  f. salvadores

Imagen de algunas de las guardias civiles que trabajan en la Comandancia y el área de León. jesús f. salvadores

Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

Ocurrió en 1988. Ese año, el Gobierno promulgó el Real Decreto que sancionaba la entrada de la mujer en uno de los cuerpos más masculinos del país: la Guardia Civil. En concreto, el artículo 3 disponía que la mujer tendría acceso a las pruebas de selección como Guardia Civil, un hito histórico que a día de hoy se ha convertido en rutina pero que hace treinta años fue una hazaña. De hecho, en los primeros años las mujeres tuvieron que demostrar más que sus compañeros varones. de hecho, muchas de ellas se quedaron fuera a pesar de que habían logrado calificaciones más altas que sus compañeros. El primer año, y de un total de 2.817 aspirantes, ingresaron 197 mujeres en la Guardia Civil. Era la promoción 94.

Las agentes que hoy forman parte de la Guardia Civil —66, en total de las que una es teniente, tres tienen el rango de sargento, cinco son cabos, 56 guardias civiles rasas, y una en prácticas— aseguran que jamás han sentido discriminación por el hecho de ser mujeres. Más bien al contrario, destacan que la única razón por la cual no siguen su ascenso es su rechazo a asumir lo que la promoción implica. «Cuando nos lo ofrecen, tenemos que estar dispuestas a un cambio de destino», subrayan. Y es que en la Guardia Civil las mujeres se enfrentan a la brecha que conlleva la maternidad. «No estoy dispuesta a dejar a mis hijos por un ascenso», dicen.

La única teniente que hay en la Comandancia sostiene que en la experiencia de las mujeres en la Guardia Civil hay una mezcla de muchas cosas. Nada es blanco o negro. Los matices dominan este cuerpo de policía creado a mediados del siglo XVIII: «Han pasado 30 años, y yo tengo que decir que cuando he querido hacer algo, lo he hecho de la misma manera que cualquier compañero. Lo último, un curso de control de masas», explica. La teniente destaca que el único lugar vetado a las mujeres en la Guardia Civil es la Unidad Especial de Intervención, un equipo de élite integrado por 50 superhombres. «Es un grupo de intervención para toda España que entraña un extremo riesgo y gravedad y exige, por lo tanto, una cualificación física y mental altísima», destaca. Además, en la Unidad Especial de Intervención todas las técnicas operativas son secretas.

Problemas iniciales

Sin embargo, los primeros pasos no fueron fáciles. La idiosincrasia propia del Cuerpo hizo que los propios mandos no supieran cómo tratar a sus nuevas agentes. «No tenían idea siquiera de cómo dirigirse a nosotras, cómo hablar, si pronunciar o no determinadas palabras malsonantes», recuerda una de ellas, que añade que, sí, por supuesto que había condescendencia y conductas machistas. «Pero no era intencionado sino el resultado de aquel momento histórico», subraya otra de ellas, una de aquellas mujeres que se enfrentaron a todo para formar parte de la primera generación de una Guardia Civil ‘integral’.

Y es que nadie ha dicho que ser pionero resulte sencillo. Nada lo es cuando tienes la responsabilidad de abrir nuevos caminos, pero ellas estuvieron a la altura. Las propias instalaciones no estaban pensadas para que tuvieran que ser utilizadas por mujeres. No había baños ni dormitorios separados. «¿Qué voy a hacer contigo? ¿Dónde te meto?». A la mayoría las ofrecían pabellones individuales para que no se vieran obligadas a conviviro con hombres. «Teníamos duchas corridas y si te tocaba una con agua, bien, de lo contrario, tocaba aguantarse». Recuerdan que había dos baños cerrados que las guardias podían usar cuando les llegaba la menstruación.

Pero todo fue encajando, y el tiempo modeló las nuevas hechuras para que el puzzle cuadrara. Para ello, tuvo que cambiar toda la sociedad. Y es que, y aunque resulte paradigmático, quienes más resistencia opusieron al principio fueron las mujeres de los guardias civiles. «Llamaban a los mandos para pedirles que sus maridos no trabajaran con nosotras», asegura una de ellas.

Las conductas de rechazo social se perpetúan a día de hoy. Hay cientos de anécdotas que dan una idea de hasta qué punto la mentalidad sigue mapas arcaicos. Una agente recuerda, por ejemplo, una ocasión en la que un grupo de una despedida de soltero la confundió con una gogó. «Durante una investigación en un club de prostitución en el que había una celebración de empresarios, tuve que soportar que uno de ellos me propusiera ‘subir’ con él», destaca otra de ellas. Cuentan que a día de hoy sigue habiendo personas que se las encaran por el simple hecho de ser mujeres. «¿Cómo puede ser que alguien se atreva a llamar niñata a una guardia civil?», se preguntan. «Se lo dirían a un hombre?». Sin embargo, todas ellas coinciden en asegurar que el denominador común de su experiencia en la Guardia Civil es el respeto, aunque sí, como todas, siempre «tenemos que demostrar más».

El uniforme también fue uno de los caballos de batalla de los mujeres al ingresar en el Cuerpo. Al principio, todas ellas tenían que vestir de manera ‘femenina’, con falda pantalón y zapatos de tacón. Y eso pasaba en cualquier terreno. «Una vez tuve que ir al río subida sobre los tacones», rememora una de ellas con humor, que incide en que iban de esa guisa incluso a los incendios. Poco a poco, todo fue cambiando y las agentes pudieron calzar botas y pantalones en su día a día.

—«Yo creo que somos nosotras las que creemos que debemos estar demostrándolo todo y todo el tiempo. Nos valoran igual», dice una de las guardias civiles más experimentadas de León, que añade que en muchas ocasiones es el propio complejo de las mujeres el que les lleva a pensar que hay algún tipo de discriminación.

—«Mira, moñas hay en todos los sitios, hay mujeres moñas y hombres moñas, y si te comportas como tal, siempre te van a dejar atrás», añade. «Si en lugar de entrar en un registro con todos, te quedas atrás, pues al final te valorarán por ese comportamiento», defiende otra de las agentes.

Y es que todas ellas aseguran que en la Guardia Civil no hay discriminación, ni en sueldos, ni en ascensos, ni en destinos. «Yo me llamo Belén, pero soy guardia civil. Quiero decir con ello que podría llamarme José Carlos, porque todo el mundo me trata como un compañero, sin más. Nunca me han hecho de menos y creo que nuestra responsabilidad como mujeres es huir de los estereotipos de mujer, que nos perjudican», asegura.

Sensibilidad especial

Su manera de verse en ela benemérita va en la misma dirección: «Somos el primer escalón que ve el ciudadano y nosotras tenemos más sensibilidad». Afirman que el miedo no va con ser hombre o mujer. «Es cuestión de personas», manifiesta una de ellas, una sargento que tuvo Durango como primer destino. De hecho, ella y su familia sufrieron el terrible atentado en la casa cuartel. «En realidad, cuando les conoces, te dan pena», dice, una opinión compartida por otra guardia civil, que cinceló su ‘oficio’ durante los años de plomo de ETA en Intxaurrondo. «Me daba lástima la vida de miserables que llevaban»...

Las entradas que la policía judicial realiza en los domicilios son una de las escenas más peligrosas para cualquier guardia civil. Y allí es donde precisamente se hace más valiosa la participación de las mujeres. «A veces, nosotras vamos por delante para que te abran la puerta», manifiestan y desvelan que en otros casos se convierten en el ‘cebo’ para que una determinada operación resulte exitosa. Un ejemplo tuvo lugar durante una operación desarrollada en el Camino de Santiago, donde una agente leonesa se camufló de peregrina para ‘cazar’ a los miembros de una banda de criminales. «La Guardia Civil no puede trabajar sin mujeres; nos necesita por razones operativas», sostienen con orgullo todas ellas.

tracking