Diario de León

CANTO RODADO

La olla exprés

La cuesta de Embajadoras se encara bulliciosa, resplandeciente de lucecitas de colores, destelleantes desde los pequeños establecimientos, bares y locales militantes de este trozo de Madrid.

Ana Gaitero
León

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Venía de ver Que me quiten lo bailao en la Tabacalera, un espacio sostenido en la decadencia de la fábrica cerrada y vacía y reabierta para dar cobijo a la creación. En este caso a los 25 años de trayectoria de una artista que impactó desde que se presentó en las calles de Sevilla con unos pasquines provocadores: «Soy Albarracín, me he perdido. Si me encuentras llama al teléfono 954... Ayuda».

Que me quiten lo bailao es el título de la retrospectiva que acoge la antigua factoría de cigarros y cigarreras. Pilar Albarracín borda sobre la seda e imprime con su propio cuerpo, cuando no sobre él, la lucha abierta y soterrada de las mujeres, las desigualdades y la identidad ‘nacional’ construida sobre los tópicos y los clichés.

Fotografías, vídeos, instalaciones, performances... devanan el pulso que las mujeres han echado a un sistema patriarcal que, dicho sea de paso aniversarios, no se acabó, ni mucho menos, con el artículo 14 de la Constitución que hace 40 años declaró la igualdad de la ciudadanía española sin distinción de sexo, raza, religión, opinión o cualquier otra circunstancia personal.

Y también la fuerza con que los clichés y tópicos gestaron una identidad aún vigente a ojos de gran parte del mundo exterior, un país de toros y pandereta. La rica cultura popular de un país lleno de contrastes que el franquismo pervirtió al convertirla en su santo y seña.

Feminismo y nacionalismo son hoy dos de los grandes retos que desgarran esta franja sur de Europa. Y curiosamente son los dos grandes temas que alientan a una extrema derecha creciente y crecida bajo las alas de una gaviota para la que no existen más cuestiones de Estado que su propio alimento electoral, ahora mermado por el centro y por el extremo.

En España se miran las feministas europeas que aún hoy adoptan el apellido del marido cuando se casan. Y en España, partida ya de tanto jugar partidas, está a punto de ensayarse el primer pacto de la derecha y el centro derecha con la extrema derecha. Precisamente en Andalucía y a los 40 años de la aprobación de la Constitución. Más insólito no puede ser. Pero es.

El sonido de la olla exprés que reinó en las cocinas suena en la Tabacalera, como un desafío de la artista al ruido que impide escuchar la realidad del mundo femenino, el de los cuidados, el que sostiene la vida, aún recluido en las cocinas. Y excluido de la Constitución. Es el rugido de las mujeres avanzando, valientes, con sus mundos a cuestas.

La olla exprés es una metáfora perfecta del momento, que cuece el caldo social y político del presente con una suerte de chorizos mezclados con los garbanzos. De banderas rojigualdas hirviendo sobre las fachadas históricas de mi ciudad como falsas luminarias, mientras las luces de la Navidad, municipal, parece que no vuelven por Navidad. Un puchero en la que hierven también las esteladas y el odio a las personas migrantes para ensalzar el espejismo de los paraísos nacionales.

Una olla exprés que precisa de alguien que apague el fuego y la destape. O explotará. Porque lo importante, los cuidados de las personas, siguen al margen de las grandes batallas políticas. Gestando grandes territorios despoblados por falta de sanidad y de servicios básicos para la vida.

Hasta que un día alguien se despierte y pregunte: ¿Pero quiénes son los chalecos amarillos? Tal vez seas tú. Cualquiera puede ser un chaleco amarillo. Una emergencia social. Cualquiera puede ser un chaleco amarillo si no se desactiva la olla exprés. Y reconocemos que el bienestar vendrá de nuestra mano, como llegó NCR de la lucha obrera de Vestas, o no vendrá. Será feminista o no será.

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