La montaña de León que tiene el secreto más profundo de la Tierra
Es un lugar único en el planeta, en el que está escrita la historia geológica de la Tierra. Un paisaje histórico que contemplaron ya las tribus prerromanas, antes de que las legiones de Roma se lanzaran a la conquista. La International Union of Geological Sciences, (IUGS) le ha dado el mayor reconocimiento que un lugar geológico pueda tener en el mundo. Es el Manto del Esla. En León

El doctor Elías Fernández contempla el Manto del Esla sobre una terraza natural en Valdoré.
A simple vista es una montaña de una belleza espectacular. Alcanzable con la vista y con los otros sentidos. A tramos pelada y en otros cubierta por un bosque complejo de robles, espino albar, melojo, hayas, quejigos y alguna encina infiltrada, o por escobas, urces y monte bajo y algún matojo de tomillo. Pero ahí, en esa montaña, el planeta desvela su secreto más oculto, la historia más profunda de la Tierra. El Manto de Esla, lo nombran. Entre Crémenes y Valdoré.
Sobre ese monte posaron su mirada los antepasados. No pasa desapercibido. Es el paisaje de las tribus rebeldes a Roma, de los astures y los vadinienses, que veían la vida desde sus castros, construidos en lugares estratégicos, defensivos, aprovechando el relieve en colinas despejadas o en la parte plana de los promontorios para dominar lo que sucedía bajo ellos y asegurar la protección de sus poblados. Desde la Edad del Bronce contemplaron en Valdoré, en Crémenes, ese secreto que la Tierra oculta a la vista.
El mismo paisaje que se encontraron las legiones romanas empeñadas en la conquista, que penetraron por el Cea y el Esla hasta la derrota final en Mons Vindius, sea donde sea que estuviera ese campo de batalla donde se decidió el futuro de Hispania, que dio a Roma el control estratégico del Mediterráneo occidental, acceso a inmensos recursos minerales —y no sólo al oro— para fabricar armas, la gestión de una gran despensa agrícola, mano de obra esclava porque cuentan los historiadores que los rebeldes eran aguerridos guerreros que no negociaban y preferían quitarse la vida antes que ser capturados, y soldados al Imperio.
A ellos, a los romanos, esas montañas les quedaban en las márgenes del Esla, que bautizaron como Astura, y donde otras legiones, estas formadas por ingenieros, obreros, canteros y esclavos, se encargaron de la construcción de pasos y puentes, de allanar el camino para facilitar el rápido tránsito de su ejército, que se convirtió en el más eficaz y temible de su tiempo. Allí, al otro lado de lo que hoy es la carretera nacional, en la margen izquierda del Esla, que ha modelado el territorio dejando ver rocas, por erosión, que ahora cuentan la historia del planeta, trazaron la vía romana, observados desde las alturas por los habitantes seculares de esas tierras, que contemplarían quizá con asombro el lugar escogido, pues bien sabían ellos que con el deshielo el río se desboca en esa orilla, la inunda y la anega y la hace intransitable. Y pese a todo, fueron derrotados y la calzada romana de Crémenes se mantiene hoy en día paseable.
Millones de años antes, otra historia se había escrito allí. La historia geológica. En piedras de cuando en el planeta había dos únicos continentes que terminaron chocando para formar uno solo, Pangea, tierra cubierta por un suave océano que se levantó empujada por la tectónica de placas y se alzó en montañas en un movimiento de pliegues, cabalgamientos y desplazamientos. Una de esas cicatrices históricas de la Tierra está en León.
No consta por escrito si el Manto de Esla fascinó a los romanos pero sí está documentado que lo ha hecho con decenas de geólogos e investigadores. De manera incesante, desde hace dos siglos.
«Tiene una altísima relevancia científica», dice Esperanza Fernández, doctora en Ciencias Geológicas por la Universidad de Oviedo y profesora de la Universidad de León. «Es un lugar único a nivel mundial», añade Manuel de Paz Álvarez, geólogo y doctor por la Universidad de Oviedo.
En el siglo XIX, Charles Eugène Barrois, geólogo y paleontólogo francés, llegó hasta la Cordillera Cantábrica para hacer un extenso estudio de los pisos y niveles del Carbonífero, los estratos que contenían el oro negro que modificarían luego para siempre la vida, la economía y el paisaje de esos valles, y a sus hombres y mujeres. Consta en su biografía que «su labor era rigurosa y basada en la observación detallada y su fama se extendió a nivel internacional, incluso antes de ser reconocido en su propio país, y fue honrado por varias academias europeas y americanas». Él fue el primero, quizá. Luego le ha seguido otra legión de científicos, intrigados por lo que el Manto del Esla muestra.
Entre ellos, el investigador Pierre Comte, cuya obra es fundamental para comprender el Paleozoico cantábrico, que preparó un mapa del flanco sur de la cordillera durante los años 30 que la contienda de la Guerra Civil interrumpió.
Al Manto del Esla llegó también el geólogo mexicano-alemán Gustavo Schulze. A su vertiente científica se unía el hecho de que hablaba español, pues su familia de origen germano se instaló en Verazcuz, donde él nació, y que era un gran alpinista. Fue el primer hombre en subir en solitario el pico Urriellu, el mítico Naranjo de Bulnes. Lo hizo el 1 de octubre de 1906, apenas dos años después de que don Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós, marqués de Villaviciosa, y el pastor de Caín -y no menos don que el marqués- Gregorio Pérez ‘El Cainejo’ lo hicieran el 5 de agosto de 1904 pertrechados con una cuerda de cáñamo, unas alpargatas especiales el marqués y nada en los pies El Cainejo, que subió descalzo para lograr una hazaña que sentó las bases del alpinismo español de dificultad. En 1906, el intrépido geólogo alemán Schulze hizo también cumbre en los míticos Torre del Llambrión, el 20 de septiembre, y el Torrecerredo, el 8 de octubre, nada más bajar del Naranjo.
Schulze desarrolló una campaña geológica durante tres años y dejó plasmados sus descubrimientos en cuadernos de campo llenos de textos y dibujos, en los que recogió los días de trabajo en cada zona que las guerras europeas le impidieron publicar y que hubieran quedado escondidos para siempre si no es por una investigación de Elisa Villa Otero, paleontóloga de la Universidad de Oviedo, que rastreó al geólogo alemán, dio con su familia y escribió sobre él el libro 'Gustav Schulze en los Picos de Europa'.
El valor de esta joya leonesa lo ha distinguido la International Union of Geological Sciences, que le ha dado el mayor reconocimiento que un lugar geológico pueda tener en el mundo. El año pasado, la Comisión de Patrimonio Geológico de la IUGS, que selecciona los sitios fundamentales para entender la formación de la Tierra, lo incluyó en su mítica lista de «Los Segundos Cien», en donde entran los lugares que merecen estar en ese catálogo y las razones científicas que avalan esa decisión. La preside un español, el profesor Asier Hilario, doctor en Geología, coordinador científico del Geoparque Mundial de la Unesco de Costa Vasca y presidente de la Comisión Internacional de Patrimonio Geológico de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas. La selección se realizó después de que la Unidad del Esla fuera propuesta como candidata por geólogos y geólogas de las universidades de Oviedo, Autónoma de Barcelona, Cardiff y Mánchester.
Al comité de sabios que selecciona esos lugares, 107 personas de todo el planeta, pertenece una leonesa, Esperanza Fernández. Su misión: evaluar objetivamente la importancia científica de los lugares que se proponen desde todas partes del planeta. Por pasión se dedica además a la labor de la comunicación de las ciencias de la Tierra, a la conservación del patrimonio geológico y a la divulgación de la geología y sus lugares, un valioso patrimonio olvidado que, sin embargo, da a León un geoturismo de alto valor. Que está aún por explotar.
Esperanza Fernández se define con humor como una «cotilla de la Tierra», una «cazadora de información sobre el planeta». Esa curiosidad científica la llevó hasta el Manto del Esla. La formación leonesa la dejó perpleja. «Allí no hay el orden lógico de capas que se esperaría encontrar un geólogo», dice. «Hay capas antiguas por encima de las más moderna», explica. «No hay una sucesión lineal, la secuencia de los fósiles se rompe», añade. Un puzzle.
Fernández, como Manuel de Paz Álvarez, se toman el planeta como un libro y van leyendo sus páginas. «Pero aquí, en el Manto del Esla, las páginas están descolocadas y no es fácil saber en qué lugar de la historia estás».
La clave para resolver el enigma la dieron unos pequeños fósiles que están enterrados en el cementerio de Valdoré. Una especie de braquiópodos tenían la respuesta. Unas obras de acondicionamiento los dejaron al aire. Y otras obras los han cubierto ahora para siempre. Pero quedaron documentados y fotografiados para desvelar el jeroglífico en esta aparentemente caótica sucesión de capas en la montaña de León. Un lugar que explica cómo funciona el planeta.
«El Manto del Esla es un laboratorio geológico. Un lugar clave para estudiar la historia de la Tierra», dice Esperanza Fernández.
Decenas de geólogos, investigadores y estudiantes se calzan las botas de montaña para pisar rocas que tienen 360 millones de años en busca de una explicación científica de lo que sucedió cuando todo estaba en formación, un proceso que construyó montañas y que se sigue extendiendo en el tiempo, que ha dado algunos de los paisajes míticos del planeta, el Himalaya, los Alpes, los Andes, el Everest… y las montañas de León, que han conformado una forma de vida y labrado el carácter de las gentes de este territorio.
El Manto del Esla inspiró la tesis de Manuel de Paz sobre ‘Deformación y rocas de falla en las zonas de cizalla basales de los mantos cantábricos’ y sus idas y venidas continuas a esta formación geológica. Ha perdido la cuenta de las veces que ha estado. Sobre ella, o en los miradores naturales que permiten apreciar esta joya de la provincia.
«Es uno de los mejores ejemplos que hay en todo el planeta. Y está al descubierto, no lo oculta la vegetación. No hace falta viajar ni dar la vuelta al mundo para estudiar cómo se han formado las cordilleras y las montañas», explica Manuel de Paz.
«Uno de los eventos tectónicos más importantes del Paleozoico lo tenemos aquí, en la provincia», incide este jovencísimo geólogo. «Por méritos propios, merece estar en la lista de los mejores lugares del mundo», añade.
Es el Manto del Esla, al pie de la carretera que conduce a Crémenes. La Historia más profunda de la tierra a la vista de todos. En León.

El lugar que cuenta la historia del planeta

Un paraje de peregrinación científica

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El enigma del Manto del Esla

A la vista de todos
