Okupas de León que se salvaron en La Ratonera
«Una cosa es ser ocupa con ‘C’ y otra es ser okupa con ‘K’. Nosotros hacíamos una labor social, ofrecíamos techo y comida a quien estaba desprotegido por el Gobierno, por la iglesia o por los centros sociales»

Iñaki, su mujer, Anarka, Joana, el Vasco o Cesarón son algunos de los nombres que hicieron historia en la que bautizaron como ‘La Ratonera’. Un grupo de jóvenes caracterizados por su compromiso social y al margen del sistema que dieron un vuelco a una casa abandonada para convertirla en un hogar para las personas desprotegidas socialmente.
EL CONTEXTO DEL MOVIMIENTO OKUPA
Tras la caída de dos centros emblemáticos de Madrid y el desalojo del cine Princesa de Barcelona y el Kasal de Valencia, durante los años noventa el movimiento okupa comenzó a ponerse en boca de todos los medios de comunicación españoles. Nació durante los 80 en Madrid, Cataluña y País Vasco, e imitaba a los ‘squatters’ alemanes. Se trataba de grupos de jóvenes que vivía en inmuebles que no les pertenecían. Rafael Prieto Lacaci, sociólogo experto en asociacionismo juvenil, decía por aquel entonces que eran «grupos heterogéneos en lo ideológico pero vinculados con el anarquismo antisistema más clásico».
El 17 de marzo de 1997, el Diario de León ya informaba de un conocido enfrentamiento entre el movimiento okupa y la Policía en la plaza Tirso de Molina.
‘LA RATONERA’
Había empezado a coquetear en ciudades como León y, alrededor del año 2004, uno de los protagonistas, Iñaki, se encontraba en el parque de La Granja junto a su mujer y después de sufrir que le arrebataran a sus hijos, buscaba una opción donde cobijarse. Fue entonces cuando conocieron a Joana y a Anarka, que les condujeron a la ya mítica ‘Ratonera’. Eran ya la década de los dos mil y, por entonces, un hombre mayor vivía en la casa, rodeado de cartones de vino y al borde de la muerte. El grupo de jóvenes reconstruyó la casa y ayudó al hombre hasta que, casi desfallecido, lo acompañaron hasta el parque y llamaron a una ambulancia para que le prestara los servicios sanitarios necesarios, evitando la presencia policial.
«Siempre he dicho que no es lo mismo ser ocupa con c que ser okupa con k. Nosotros hacíamos labores sociales», explica Iñaki. Una declaración que respalda Valdés, quien también se asentó en una casa abandonada tras el fin de ‘La Ratonera’. Y es que, desde el primer momento, los jóvenes aceptaron a todo aquel que necesitaba un techo y le proporcionaban comida. De ahí nació un comedor social donde cualquiera era bienvenido y se ofrecía carne y comida vegana hasta fin de existencias. Un ejemplo fue el de una pareja, Rubén y Sonia, que dormían en un cajero y estaban luchando por desengancharse de la cocaína. «Nosotros los acogimos, al final tuvieron un hijo, se desintoxicaron y consiguieron un trabajo», continúa Iñaki.
Fue el 1 de mayo cuando inauguraron oficialmente el Centro Social Okupado de La Ratonera. La comuna vivía del reciclaje y de las donaciones de los supermercados. Recogían leña, palés y colchones que estaban abandonados por las calles de León, usaban el agua de las fuentes cercanas y tenían ‘pinchada’ la electricidad. En cuanto a la legalidad de esa okupación, dan respuestas. «La casa pertenecía a una familia argentina que se había desentendido, aunque tuvimos algún problema con la policía, les dijimos que el heredero nos había dado la autorización para entrar en la casa», dice Iñaki.
Todas las decisiones se tomaban en una cena alrededor de la hoguera. Era lo que llamaban «asamblea». «Nuestra filosofía era simple: no aceptábamos la violencia y defedíamos el respeto y el sentido común», recalca Iñaki. Una premisa que funcionaba casi siempre, pero que alguna vez terminó en trifulcas. «Hicimos mucho bien y hubo mucha respuesta social, recogimos a muchas personas que llegaron a desengancharse, y aunque había droga, no era un problema grave, intentábamos cambiar las cosas».
Iñaki, siendo pionero en el movimiento okupa de León, quiere dejar claro su mensaje: «Los okupas de verdad ocupan viviendas del Estado, de los bancos o de las multinacionales. Lo de ahora es usurpar a un ciudadano. Está claro que no se ocuparía si hubiera suficientes viviendas, pero nosotros éramos respetuosos, no odiábamos».
«Igual algunos punkis volvimos alguna vez a la casa cantando y molestamos un poco, pero la opinión de los vecinos en general era buena», aclara.
EL FIN DE ‘LA RATONERA’
Sin embargo, todas las ambiciones y la lucha social se hicieron cenizas junto a los escombros de ‘La Ratonera’ el 1 de septiembre de 2008 cuando una llamada a la Policía Local de León alertó de las llamas en la vivienda. Sobre su fin, hay teorías. Según los informes policiales, uno de los ocupantes se dejó al parecer un cigarrillo encendido que acabó por prender sobre un colchón y el fuego se extendió rápidamente por toda la casa, cuyas ventanas eran de madera. «De un pedo jodimos la casa», sigue repitiendo Cesarón años después.
Otros, defienden que fue un problema en el cableado eléctrico.
Tras una investigación por parte del cuerpo de la Policía Nacional, los de seguridad terminaron por detener al presunto autor del fuego, que fue puesto a disposición judicial durante unas horas. Lo curioso es que, unas horas después, los bomberos volvían a recibir una llamada de los vecinos, alertando de un nuevo incendio en la misma casa. Fue devastador. Se originó en la cubierta de la vivienda hasta acabar desplomándose y quedar reducida a escombros. El origen de aquellas llamas, casi veinte años después, se desconoce.
NUEVO ATERRIZAJE EN VILLAOBISPO
A pesar del duro palo que supuso la pérdida de años de ‘La Ratonera’, el movimiento evolucionó, y tras un tiempo en búsqueda de otra vivienda donde seguir persiguiendo sus valores sociales, una nueva generación de okupas puso su bandera en una casa abandonada de Villaobispo.
Es aquí cuando comienza la historia de Valdés, que en cuanto cumplió la mayoría de edad emprendió la búsqueda de un techo, al principio con mala suerte, por el barrio Húmedo junto con la que sería su compañera, M.B. Sin embargo, ambos jóvenes aterrizaron en esta nueva casa del municipio leonés. «Estaba en mal estado. Fuimos al Registro para pedir una nota simple que nos indicara a quién pertenecía y resultó ser de una Caja de Ahorros», recalca Valdés.
La casa de Villaobispo, que también tuvo nombre y se bautizó como el Centro Social Autogestionado de El Vago, por ubicarse cerca del Camino de El Vago, fue otra de las casas okupas pioneras de la época, entre 2010 y 2014. Pero la generación había cambiado, y las formas de okupar también.
Tanto Iñaki, de ‘La Ratonera’, como Valdés, de ‘El Vago’, coinciden en lo mismo. «La casa de Villaobispo fue más sana, era más una comunidad autogestionada, donde teníamos nuestro huerto y hasta nuestras propias gallinas».
Según el nuevo grupo, era un lugar perfecto: «No había vecinos y la vivienda estaba situada en el medio de un prado», explicaba Valdés.
Sin embargo, y como todo, la casa okupa de Villaobispo acabó cayendo por su propio peso. Las personas iniciales que construyeron el hogar se fueron marchando y entraron grupos nuevos de personas que no compartían sus ideales y tenían otros propósitos. Por supuesto, la casa de Villaobispo no se salvó del consumo de drogas tampoco. Perdió su sentido y poco a poco se fue quedando vacía.
Según Valdés, en lo que se refiere a la respuesta social de la casa, la sociedad de hace veinte años tenía «más empatía».
«No hacíamos daño a nadie y para la gente era mejor tenernos ahí que tirados en otros sitios». sostiene. Además, defiende que la idea de la okupación se ha vuelto más radical debido a los discursos de los partidos políticos de ultraderecha, que utilizan la situación para sacar su propio beneficio.
UN CAMBIO EN SUS VIDAS
Pero al final, la vida da muchas vueltas y las vidas de estos jóvenes y sus inquietudes dieron un vuelco. Es el caso de Valdés, conoció a la que fue su pareja durante un tiempo y continuó una temporada viviendo en varias casas vacías o incluso cuidando de ellas a cambio de cobijo. Tras su ruptura, el chico decidió que tenía que realizar un «cambio radical» y se trasladó a Galicia, donde consiguió un trabajo y puso el fin definitivo al movimiento okupa. Ahora, Valdés ha vuelto a León, disfruta de los viajes en su furgoneta e intenta entrar en el mundo del tatuaje.
Después de tantas historias, desde sus inicios, recuerdan que iniciaron una lucha y una reivindicación: la que defiende que la falta de trabajo y la imposibilidad de tener un espacio donde poder desarrollar sus propias actividades, dificulta el derecho a la propiedad privada. Según la Unión de Prensa Alternativa de aquel momento, «ellos reclaman su derecho a una vivienda que no pueden conseguir y denuncian las operaciones especulativas de las inmobiliarias».
Tanto ‘La Ratonera’ como ‘El Vago’ fueron sentidos como una comunidad, tanto dentro como fuera, de personas con los mismos compromisos sociales que lucharon, dentro de las dificultades que ello supone, contra las injusticias.

La Ratonera y Villaobispo

La Ratonera y Villaobispo

La Ratonera y Villaobispo

La Ratonera y Villaobispo

La Ratonera y Villaobispo

La Ratonera y Villaobispo

La Ratonera y Villaobispo
