Diario de León

Marcelo Martínez Alaiz: el centurión del periodismo leonés

Vivió los episodios más vibrantes de la historia de la provincia. Desde su atalaya como redactor de Diario de León tuvo el privilegio de conocer a sus protagonistas y la virtud de analizar los acontecimientos con espíritu crítico y una brillante capacidad de reflexión. Marcelo Martínez Alaiz, periodista, dejó su vocación por la actualidad literaria en miles de informaciones que hoy ya son historia de periodismo. Ahora, unas memorias descubren los capítulos decisivos de la historia de la República, la guerra y la dictadura en León

Imagen de juventud de Marcelo Martínez Alaiz

Imagen de juventud de Marcelo Martínez AlaizMARGARITA MARTÍNEZ TRAPIELLO

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Por las calles de León aún parece escucharse el rumor de un tiempo que ya no existe. En algún rincón del Diario de León, entre cuartillas amarillentas y ecos de linotipia, sigue resonando la voz de Marcelo Martínez Alaiz —cronista, periodista y hombre de memoria larga—, aquel que escribió su vida como quien rescata del silencio una ciudad entera. Nació en 1906 en Villacil, un pueblo de la Sobarriba, «hijo y nieto de agricultores que compaginaban las artes de la tierra con los oficios de herrajes y hoces», y desde ese origen humilde levantó, cuartilla a cuartilla, un testimonio que abarca el siglo convulso de España. «Todo ser viviente deja tras de sí una larga estela», escribió. La suya empieza entre los campos helados de la infancia, donde «la vida era apacible, tranquila y en cierto modo feliz». Aquel niño que jugaba entre madreñas sobre el hielo se convirtió pronto en un joven que miraba el mundo con hambre de saber. «Tuve inquietudes poco comunes en aquel ambiente. Me apuntaba a todo: a monaguillo del cura, a las misiones, a los actos que despertaban el alma». La muerte temprana de su madre, cuando él apenas tenía siete años, marcó esa infancia de luz y pérdida que vuelve una y otra vez en su relato: la orfandad temprana, la fe como refugio, la disciplina del seminario de San Froilán al que ingresó en un carro agrícola, con su catre y su colchón, camino de una vocación incierta. A los doce años, mientras estudiaba latín y literatura bajo la mirada severa de los canónigos, León era todavía una ciudad de quince mil habitantes, provinciana y piadosa. «La religión era el medio más expresivo en la familia, en la escuela y en la sociedad», recuerda. De aquel tiempo guardó la devoción por la palabra y el respeto por el oficio de contar, herencia de un maestro que también dirigiría el Diario de León y que, sin saberlo, le señaló el camino de toda una vida: «Debo a aquel sabio sacerdote la idea, más tarde cumplida, de dedicar mi vida a emborronar cuartillas en ese medio de comunicación».

Imagen del reconocimiento a la mejor crónica del Congreso

Imagen del reconocimiento a la mejor crónica del CongresoDL

Su juventud coincidió con el despertar republicano, cuando España parecía querer reinventarse. El periodismo fue su salvavidas. «Lo mío va a ser un puro relato de cuanto vi, oí y aprendí, como periodista local en León y corresponsal de otros periódicos nacionales», escribe al comenzar sus memorias. Empezó en los años veinte, cuando el Diario de León era «una escuela de escritores y sedimento de literatura», un lugar donde, con apenas dos redactores y un director, a veces «el periódico salía a la calle con su sola exclusiva dedicación». Eran tiempos de precariedad y fe. «El periodismo estaba muy mal pagado, tanto que muchos vivían de otros oficios.» Pero la recompensa era otra: el reconocimiento social, la emoción de estar en el centro de los acontecimientos. «Lo que más hacía posible el cariño a la profesión era esa consideración de que disfrutaban los que tenían en su mano ir relatando día a día lo que acontecía en la vida ciudadana.» León bullía en sus pequeñas transformaciones. Azaña hablaba de «burgos podridos», pero Marcelo veía otra cosa: «El verdadero burgués era el que vivía en los burgos, el que cultivaba la tierra y daba de comer a los demás». En sus páginas desfilan los nombres que formaron la política leonesa de aquellos años: los Azcárate, los Arriola, los Eguiagaray, los Gil Robles. Hombres que discutían en cafés mientras, en los pueblos, los maestros enseñaban con frío y las familias sobrevivían del trigo y la fe. El periodista observa, sin juicios tajantes, el cambio de época: «Hasta el advenimiento del nuevo régimen republicano, la política era patrimonio de las clases acomodadas… la República cambió, creo que para empeorarlo, todo el panorama español, aunque dio ocasión a la juventud para tomar partido». Así comienza su relato de la década más convulsa del siglo. El 14 de abril de 1931, la bandera tricolor ondeó sobre el viejo Ayuntamiento. Martínez Alaiz, testigo cercano, la recuerda «con grandes manifestaciones de adhesión a la nueva causa». Pero advierte enseguida que León no era terreno para revoluciones: «No era una provincia revolucionaria. La dispersión de la tierra y el sentido de vida patriarcal hacían que el descontento estuviera oculto en el fondo del alma.» En las minas del Bierzo y en los talleres de los ferroviarios, el rumor socialista crecía. «El socialismo tenía escaso arraigo porque predicaba la lucha de clases, que tan malos resultados dio después de la huelga de 1917», escribe con la serenidad de quien vio los hechos sin dejarse arrastrar por los entusiasmos. Los años republicanos fueron de esperanza y desencanto. La educación se extendía, los periódicos se multiplicaban, los cafés eran foros de debate y la prensa, «el cuarto poder que muchos políticos necesitaban para existir», se convirtió en un termómetro de las pasiones de la época. Pero León seguía siendo una ciudad pequeña, fiel a su ritmo campesino, donde los grandes discursos se volvían murmullos al cruzar el río Bernesga. Octubre de 1934 marcó un punto de no retorno. «La revolución en la provincia de León tuvo cierta importancia y duró varios días», recuerda. En el Bierzo, los mineros se alzaron contra la Guardia Civil: «Lanzaron una carga de dinamita contra una camioneta en Bembibre, y hubo varios muertos.» La represión fue inmediata. «Los dirigentes eran casi siempre los mismos, bien fichados por la Policía… muchos no luchaban por reivindicaciones laborales sino por rebeldía».

Imagen de uno de los primeros números de Diario de León

Imagen de uno de los primeros números de Diario de LeónDL

Marcelo Martínez Alaiz recibe la Medalla de Oro de Diario de León

Marcelo Martínez Alaiz recibe la Medalla de Oro de Diario de LeónDL

 El joven periodista, que entonces informaba para varias agencias, vivió la tensión de una ciudad dividida. En 1936, cuando estalló la guerra civil, el Diario de León —afecto al bando sublevado— se convirtió en un refugio de tinta y miedo. «Desarrollar esa función fue el entusiasmo y el deseo de salir de la postración… no era fácil trabajar en una época tan adversa para los ideales del periódico.» La guerra dejó huellas que no se borran. León, como tantas ciudades de retaguardia, fue escenario de silencios, de ausencias súbitas, de noticias censuradas. Martínez Alaiz sobrevivió escribiendo: crónicas, informes, relatos de una normalidad que no existía. Más tarde recordaría aquellos días con una mezcla de pudor y fatalismo: «No hay que olvidar que el periodismo, cuando nació y muchos años más tarde, tenía en sus manos unos resortes casi inconcebibles.» Y él, desde su pequeña mesa en la redacción, intentó que esos resortes no se rompieran del todo. El franquismo lo encontró en el mismo lugar: detrás de un escritorio, frente a una máquina de escribir, en una ciudad donde todo parecía quieto. Durante los años cuarenta y cincuenta siguió en el Diario de León, y también trabajó para agencias nacionales e internacionales: «Serví a las más importantes de la época: Logos, Efe, Associated Press, Mencheta, y durante la guerra, la Faro, que luego se integró en Cifra.» Fue testigo, dice, de todos los regímenes sin vender su pluma. «He ejercido con la República, el franquismo, el postfranquismo y la democracia, sin tener la tentación de vender mi pluma a esos compradores.» Lo dice sin orgullo, más bien con melancolía, como quien sabe que la independencia tiene un precio: la soledad. El León que describe de la posguerra es una ciudad que intenta sobrevivir al hambre y al miedo. Los cafés callan, los periódicos obedecen. «El periodismo fue dignificado cuando el Gobierno de Burgos profesionalizó la prensa, con una tabla de salarios que no era inferior a las 400 pesetas», recuerda. Pero la dignidad, más que económica, era moral: la de resistir en el oficio sin caer en el adoctrinamiento. Pese a la rigidez del régimen, Martínez Alaiz encuentra consuelo en su entorno: la familia, los amigos, los libros, la liturgia de la escritura. La ciudad crece, se moderniza, pierde sus prados, gana fábricas. «De cuando en cuando gusta acudir a la lectura de aquellos viejos textos para deleitarse con los sucesos más o menos festivos de la época; y para recordar a personas desaparecidas, a las que me unió una amistad íntima». Su mirada es la de un hombre que ha vivido demasiado y que ya no confía en las grandes palabras. Cuando escribe sobre el final del siglo, su tono se vuelve amargo: «Han conseguido montar un tinglado burocrático que será muy difícil desmontar, mientras el pueblo, y sobre todo la clase trabajadora, paga con sus insignificantes pensiones la deuda del socialismo.» Es la voz de un periodista viejo, desencantado de los discursos, fiel solo a la memoria. A lo largo de sus páginas, Marcelo Martínez Alaiz dibuja una galería de personajes leoneses —obispos, periodistas, alcaldes, maestros, poetas— con la ternura de quien los conoció a todos. Recuerda al obispo José Álvarez Miranda, «hombre muy apostólico», y al canónigo Julio Pérez Llamazares, «el que más escudriñó los archivos de San Isidoro y divulgó su pensamiento». Habla de los periodistas de su generación: Carmelo Hernández Moros «Lamparilla», Ángel Suárez Ema «Bujía», los poetas que llenaban de versos las páginas del diario. León era entonces una familia pequeña, y cada noticia, una conversación entre conocidos. «La vida era tranquila, con alegría y esperanza de que llegase un rato de asueto, que llamábamos recreo», dice al evocar la niñez. Esa misma esperanza parece sostener su escritura, incluso cuando recuerda los años más duros. En sus crónicas, los trenes llegan despacio, los políticos se cruzan por las mismas calles, los lectores se reconocen en las necrológicas y en las notas de sociedad. Todo lo grande pasa de lejos: lo que importa es el pulso pequeño de la provincia. Al final de su vida, cuando ya jubilado en los años setenta decide escribir sus memorias, lo hace con serenidad de testigo y lucidez de periodista. «Mi vida ha sido un puro relato de cuanto vi, oí y aprendí», confiesa. No escribe para justificar, sino para recordar. En sus páginas no hay épica, sino humanidad. La historia grande —la de los bandos, las ideologías y las guerras— se vuelve paisaje de fondo. Lo esencial, parece decirnos, es la gente de León: los campesinos, los seminaristas, los periodistas que llenaban de noticias los huecos del olvido. Su escritura tiene algo de oración laica. No hay resentimiento, solo memoria. «No es fácil comprender —escribe— que después de tantos años de sacrificios y esperanzas, aún tengamos que aprender lo que significa la libertad verdadera». Marcelo Martínez Alaiz murió a finales del siglo XX, cuando León ya era otra ciudad, con avenidas donde antes hubo huertas, con periódicos nuevos y otros que se apagaron como las linotipias de su juventud. Pero su voz, esa mezcla de humildad campesina y rigor de cronista, sigue resonando en las páginas que dejó. Tal vez por eso, al leerlo, uno siente que el verdadero periodismo —el de la palabra justa, el del testigo que no se calla pero tampoco grita— no ha muerto del todo. Sigue vivo en la memoria de quienes, como él, supieron mirar su tiempo sin dejar de amar su tierra.

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