La maleta viajera de León que se convirtió en biblioteca
La maleta, cargada de libros, iba y venía de León a Boñar en el coche de línea. El maestro y columnista Enrique Alonso Pérez fundó una biblioteca gracias a ella

La maleta viajera, que la familia de Alonso Pérez conservó y que ha donado a la biblioteca de Boñar que ahora lleva su nombre.
Llegó a Boñar con una bicicleta y una maleta cargada de libros y poco más. Todo lo que tenía le cabía allí. Era 1963. En la puerta de la escuela le esperaban 45 niños. Todo varones. Las niñas iban a otra clase. Aquellos tiempos eran así.
Había nacido en plena Guerra Civil. Cuando cumplió 14 años, se negó a seguir estudiando. Lo metieron de dependiente en una tienda de calzado en León. Cuatro años con el calzador en la mano hasta que se hartó, tal como le había pronosticado su padre. Entonces, quiso volver a los estudios. «Practicante, es lo que te pago», le dijo. Poniendo inyecciones y siendo instrumentista de quirófano en la clínica-sanatorio del doctor Calvo se pagó otra carrera, la que de verdad quería tener: magisterio. Hizo las oposiciones y aprobó.
Así fue como llegó a Boñar con su bicicleta y una maleta. En la puerta de la escuela, esperaban al maestro Enrique Alonso Pérez 45 niños suspirando por la hora de salir al patio pero él tenía, para ellos y para el pueblo, otros planes.
Alonso Pérez era un lector empedernido. Y quería que los demás también lo fueran. Enseguida se enteró del programa del Centro Coordinador de Bibliotecas que la Diputación Provincial de León había creado en los años 50, ‘La Maleta viajera’, una pieza clave para llevar la cultura y el fomento de la lectura a las zonas rurales, enviando lotes de libros y material a centros educativos, asociaciones y familias, incluso adaptándose a las necesidades de las localidades pequeñas y colaborando con los servicios locales para dinamizar la lectura en la provincia con lo que suplir la falta de bibliotecas, hasta que en 1974 arrancó el primer bibliobús.
Cada quince días, Enrique Alonso Pérez, don Enrique para el pueblo, llevaba la maleta al coche de línea con los libros que ya se habían leído. Al día siguiente, el coche de línea traía a Boñar un nuevo cargamento literario. Una excentricidad del señor maestro parecía, pero pronto los chavales de la escuela se apropiaron de otra tarea además de los deberes: ir al autobús a buscar la maleta y llevarla rápido para ver qué traía dentro en este viaje.
Venía cargada siempre de novelas, algún ensayo, revistas de ciencia, de política… Desde las intrigas de la mítica Agatha Christie o el belga George Simenón y su serie sobre el inspector Maigret a la revista ‘Tierras de León’, la histórica cabecera creada por la Diputación en 1961, y la ‘Revista de Occidente’ fundada en 1923 por José Ortega y Gasset, o ‘Jours de France’, una revista francesa especializada en la actualidad de los famosos y de las familias reales europeas. Cada dos semanas, lectura nueva en Boñar. Era ya bien entrados los años 60.
Para entonces, ya había convencido al Ayuntamiento de que le cediera un cuarto en el edificio consistorial. En el centro, la puerta de entrada para alcalde, concejales y trabajadores municipales, a la derecha la escuela, arriba la casa del maestro y su familia y a la izquierda, el germen de lo que iba a ser la primera biblioteca de la localidad.
El 1 de enero de 1966 se abre al público aquel cuarto con puertas a la calle y calefacción, en donde Alonso Pérez había colocado meticulosamente los libros. De 7 a 10 de la noche, la habitación se convierte en un lugar cálido donde leer y, también, charlar. Filandones improvisados sobre los libros que se habían leído. Invierno y verano.
Había tal afición, que la esposa de Alonso Pérez metía a los niños en la cama para poder ir a las tertulias. No importaban las quejas infantiles de «pero mamá, si aún es de día...» porque ya conocían la respuesta. Paquina bajaba la persiana de golpe y decía: «Ahora ya no».
Cuando crecieron un poco, su padre los involucró en tareas de bibliotecario. Como un divertimento, en el que entraba en juego la buena caligrafía. Hacían las fichas, las lengüetas, clasificaban los libros… La biblioteca estaba en plena efervescencia. Había libros para niños, adolescentes y adultos. Allí se leyeron todas las aventuras de ‘Los Cinco’ de la escritora inglesa Enid Blyton, de Emilio Salgari, Julio Verne, Tintín, Astérix y Obelis, de Martín Vigil, amén de la literatura universal clásica y más vanguardista, o revistas como ‘La Codorniz’, ‘Sábado Gráfico’ o ‘Triunfo’. La biblioteca que fundó Alonso Pérez en Boñar se convirtió además en un centro de consulta porque, cuando internet no era siquiera un sueño, el Ayuntamiento accedió a comprar el Espasa completo, con su armario incluido. Hasta don Fortunato, el cura, iba a las tertulias. Y aquel vecino que se llevó a casa ‘El Quijote’ y regresó con el libro leído. Tanto le gustó que le hizo a Alonso Pérez una petición que se recuerda aún en casa: «Don Enrique, si este autor ha escrito últimamente algo, dígamelo que me gustaría leerlo».
La biblioteca fue vida para este maestro que fue además cronista oficial de Boñar y columnista en el Diario de León con la sección el ’Retablo Leonés’, en la que repasó una a una las tradiciones culturales y sociales más conocidas y arraigadas en la provincia y que se publicaba cada domingo. Fue vida y casa. Tanto, que siempre decía que él tenía cinco hijos, María Esther, Enrique, Mako, Bruno y la biblioteca.
Imparable en iniciativas —fundador de las jornadas micológicas de Boñar y presidente del Centro de Iniciativas Turísticas San Isidro, concejal, miembro y presidente de la cofradía de San Roque, corresponsal y colaborador muy activo del periódico, director de la Agrupación Escolar que incluía Boñar, Puebla de Lillo, La Ercina y Sotillo con 500 niños a cargo y 500 comidas diarias, luego profesor en la escuela de Navatejera y miembro de una tertulia política en la que estaban Emeterio Morán, Gamoneda, Faustino Bernardo, José María Conejo, Miguel Cordero del Campillo y Estrella García Robles— convirtió la sala de lectura en cine también. Le ayudó su suegra, Agustina Guisuraga, a comprar la primera máquina en la que proyectaba películas de ‘El Gordo y el Flaco’, de Cantinflas o de Charlot.
Jamás tiró un libro o un papel. Los guardó como un tesoro. Empapeló con ellos de suelo a techo habitaciones vacías, altillos, armarios y el garaje de su casa. Parte de esa colección la han donado sus hijos y ha formado parte de una exposición que Boñar organizó en noviembre en su memoria. Y para que su labor no pase a la historia y siga viviendo en ella, la nueva biblioteca lleva su nombre.
En 1966, la maleta viajera, en desuso, acabó en un altillo de la casa de Alonso Pérez. Y después fue almacén del traje de novia de Esther, la hija mayor, que convenció a su padre de que fuera una especie de regalo de bodas. Hasta que el 22 de noviembre de 2025, la maleta viajera que hacía décadas que había dejado de viajar volvió a su lugar de origen, a la biblioteca de Boñar, la casa de los libros, el lugar soñado por un viajero de la cultura.

La historia de la maleta viajera de León

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