Vidas cruzadas: La era del desencanto
Dos figuras separadas por origen, estilo y trayectoria, acaban convergiendo hoy en un mismo paisaje de sombras donde el poder, la influencia y la construcción de una determinada moral pública aparecen sometidos a revisión. El primero encarnó la promesa de una izquierda moderna y ética desde La Moncloa; el segundo, el músculo sindical y territorial del socialismo minero asturiano. Las investigaciones judiciales, las redes clientelares y los episodios de corrupción dibujan un paralelismo incómodo: el de una generación política que convirtió el poder en un sistema de depredación económica

El candidato del PSOE a la Presidencia del Gobierno, José Luis Rodíguez Zapatero (d) conversa con el secretario general del sindicato minero de UGT (SOMA-FIA-UGT), José Angel Fernandez Villa, tras finalizar en un acto de precampaña electoral organizado por el PSOE en Gijón
Como el agua y el aceite. José Luis Rodríguez Zapatero y José Ángel Fernández Villa podrían compartir un Vidas paralelas de Plutarco si no fuera porque ambos comparten un tiempo y un escenario comunes. La densidad de cada uno de ellos marcará la posición que ocuparán en el vaso de la historia, pero lo que ya puede decirse es que si finalmente el auto del juez Calama se sustancia en un juicio oral, la historia de España sufrirá un cataclismo emocional. De hecho, desde que el pasado martes se publicara la noticia de la imputación del expresidente del Gobierno, el semblante de la izquierda ha sufrido una apoplejía, no tanto por lo que deslizan las 85 páginas del documento sino por la información que el sumario provocará a partir de mañana lunes. Por el momento, el auto detalle una investigación sobre una presunta red de corrupción liderada por José Luis Rodríguez Zapatero para ejercer influencias ilícitas en la concesión de ayudas públicas y se refiere a delitos de tranqueo de capitales y tráfico de influencias. La trama habría utilizado un complejo entramado societario, incluyendo empresas como Plus Ultra, para canalizar fondos mediante contratos de asesoría ficticios. Según el magistrado, la organización aprovechó contactos en el Gobierno de España para favorecer económicamente a terceros y obtener beneficios propios. Los textos exponen un seguimiento cronológico de comunicaciones que vinculan a diversos investigados con la obtención irregular de rescates financieros estatales.
«Os prometo que el poder no me cambiará». Era un 14 de marzo de 2004 y acababa de ganar las elecciones generales. Se convertía — con apenas 43 años— en el quinto presidente de la democracia. No era el primer leonés en conseguirlo. Antes de él habían ocupado el cargo otros dos leoneses: Manuel García Prieto y Félix Gordón Ordás. Nieto de un represaliado por parte de padre y de un ginecólogo por vía materna, José Luis Rodríguez Zapatero formaba parte de la elite de la burguesía leonesa. Su padre, letrado del Ayuntamiento, se desenvolvía con comodidad entre las familias del régimen. No era, ni mucho menos, un desconocido para los grandes apellidos de la capital. Sus referencias, educación y ambiente están más próximos a los de José María Aznar y Mariano Rajoy que a los de Felipe González y, sin duda, Pedro Sánchez.
José Ángel Fernández Villa era harina de otro costal. Hijo de unos chigreros de Tuilla, su infancia no tuvo nada que ver con la de su compañero de Rodiezmo, aunque tampoco responde al relato idealizado que él levantó. Ni la pobreza ni la resistencia obrera ni la lucha contra el franquismo fueron reales más allá de su propia fantasía y los primeros pasos de su vida adulta los dio, según cuenta el periodista José Ramón Gómez Fouz en su investigación Clandestinos, junto a Claudio Ramos, jefe de la Brigada Político-Social del franquismo: «Cuando había reunión de la CNT, la UGT u otra organización clandestina, Villa hablaba con Claudio Ramos y preguntaba si debía de ir. La respuesta del policía era siempre la misma: —Claro, vete, así luego nos enteramos de todo».
Cuando el compañero José Ángel llega a la secretaría general del Soma, el poderoso sindicato minero de UGT, en 1979, Zapatero tiene 19 años. Estudia Derecho en la Universidad de León y acaba de afiliarse a las Juventudes Socialistas. Tres años atrás asistía al mítin de Felipe González en el que —azares del destino— pudo haber coincidido con Villa.
El aplomo para adecuarse al poder —uno en la estructura sindical y otro en la política— fue meteórica y les llevó a deslizarse hacia la cúspide con relativa facilidad. Ambos tuvieron que quitarse de encima a sus «mayores» y a ninguno le tembló el pulso. No es el poder la única voluntad que ya compartían, pero sí la vocación necesaria para todo lo que llegaría después.
El psicoanalista Luis Salvador Herrero defiende que hay personas marcadas por la necesidad del exceso, ya sea por poder o por dinero. «La codicia no es una enfermedad sino una pasión humana», asegura y añade que en este caso lo que se dice o piensa tiene poco que ver con el corazón del sujeto. «La psique humana tiene capacidad para el autoengaño. El neurótico se deja engañar por su propio fantasma, pero en la mayoría de los casos hablamos de perversión». El experto se refiere con esta descripción a las personalidades que se creen su propia ensoñación. No obstante, deja claro que no es lo normal. «Hablo del perverso que instrumentaliza a los demás para engañarlos». A la vista de los últimos acontecimientos, queda claro que uno de los puntos en común de Zapatero y de Villa es precisamente la destreza por mostrar un pretendido desprendimiento hacia lo material mientras su vida en B iba por otros derroteros. Herrero precisa que esto es posible en un mundo que sigue la «»lógica macho» y puede que esa sea la razón por la cual este «vicio» ordena en cierto sentido la esfera de la política. No obstante, deja claro que en todas las biografías de los codiciosos siempre subyace una pérdida que traumatiza desde el interior. Pone como ejemplo la película Ciudadano Kane, de Orson Welles. El trasunto de William Randolph Hearst es, según el psicoanalista, la identificación más potente del poderoso: «Un hombre sin escrúpulos cuyo único anhelo al final de su vida es un recuerdo de infancia».
Este gusto por la acaparación material ha sido en ambos casos disfrazada bajo la apariencia de desapego y lucha por los menesterosos. «Esa es la escuela que hemos aprendido en las casas de pueblo. Hemos aprendido entre los compañeros y las compañeras que ser socialista es tener muy poco y dar mucho». La frase, de José Luis Rodríguez Zapatero, demuestra el postureo propio de una sociedad en la que la simulación se ha convertido en el trasunto de la verdad y transpira un matiz de condescendencia con la que alguien instalado en la upper class se conduce para jalear a la masa trabajadora. Hay una pequeña diferencia entre el expresidente y el sindicalista, un cierto desdén de quien no ha mamado el papel que trata de jugar. Treinta años antes, en la campa de Rodiezmo, un joven Villa gritaba a las masas . La crónica de ese día —2 de septiembre de 1985— nos cuenta las arengas lanzadas a la igualdad, solidaridad y la clase trabajadora como motor del cambio.
Sin embargo, por entonces, ya había logrado fortalecer toda una estructura política y sindical en Hunosa gracias a la chequera, un sistema de horas dispensadas de trabajo para realizar actividad sindical. Así controló a los mineros. En la obra Don Vito, una historia de mafia, política y carbón, el que fuera presidente del Principado, Juan Luis Vigil, destaca la influencia del sindicalista en la concesión de subvenciones a empresas o emprendedores. Lo hizo bajo figuras como Sodeco, entidad prmocional dirigida por Luis Gómez, a quien luego colocaría como hombre de confianza de Gabino de Lorenzo, el todopoderoso alcalde de Oviedo, hasta su caída en desgracia por un caso de comisiones ilegales. «Eran los años del Duernu, ingenioso nombre —el duernu es el recipiente en el que comen los animales domésticos como cerdos o vacas— con el que se bautizó el reparto de poder y negocios que hicieron entre sí los aparatos asturianos de PP y PSOE».
El politólogo Pedro José Villanueva destaca que la corrupción no nace únicamente de la codicia económica, sino de la propia naturaleza del poder cuando deja de encontrar límites reales. «La teoría de las élites lleva más de un siglo advirtiendo de que el poder en una democracia nunca se distribuye de forma plenamente intelectual sino que terminan siendo dirigidas por minorías organizadas que concentran información, influencia, capacidad técnica y control institucional». Alude a las teorías de Pareto, Mosca o Michaels para afirmar que cualquier estructura política desarrolla grupos dirigentes interesados en conservar su posición. «El poder deja entonces de entenderse como servicio para pasar a ser una estructura de autopreservación, para lo que genera dinámicas de corrupción política, clientelismo y deterioro institucional que terminan alejando de forma progresiva a gobernantes y gobernados».
El oro de la puta mina
Casus fatalis o no, la mina, Hunosa, la MSP, los cupos, el protocolo eléctrico, los fondos del Carbón, la reserva estratégica... las biografías de ambos se forjan en el reverso de la cordillera cantábrica y desenvuelven su secuencia durante diez años seguidos y cada primer domingo de septiembre en la fiesta minera. Semántica trasnochada, promesas imposibles, golpes de pecho y puños en alto para entonar la Internacional eran el guion de una bufonada con la que trataban de simular que todo seguía igual cuando ya todos sabían, incluidos los que les jaleaban, que los tajos llevaban cerrados ya veinte años, que aquella economía no era más que un trampantojo para que los de siempre se forraran.
La realidad tras las bambalinas era mucho más prosaica y todas las consignas se reducían a lo mismo de siempre.
Cuando en el año 2012 se conoció que Villa había regularizado casi un millón y medio de euros aprovechando la vía Montoro, los representantes del obrerismo interpretaron un colapso emocional que terminó en la expulsión del sindicalista del PSOE y de UGT. Todo era disimulo y sobreactuación. Tras descubrirse el caso, el dinero fue investigado por la Fiscalía Anticorrupción dentro del conocido como Caso Hulla por las sospechas de que la fortuna proviniera de comisiones ilegales. La magistrada investigaba las irregularidades en la subvención, adjudicación y construcción de la residencia geriátrica del Montepío de la Minería. Y es que una modificación legal, por decreto del Gobierno, permitió que el Estado tuviera que pagar la construcción. Las ayudas del Plan Nacional de Reserva Estratégica del Carbón 2006-2012, puestas en marcha por el Ejecutivo de Zapatero, se regulaban gracias al Real Decreto 1112/2007. Dicho decreto decía en su artículo 6.2 qué entidades podrían beneficiarse de dichas ayudas. Textualmente, se decía que «excepcionalmente, con el límite del 1% de los fondos, podrían financiarse infraestructuras cuya titularidad correspondiera a entidades sin ánimo de lucro cuya actividad se desarrollara en los municipios incluidos en el ámbito geográfico definido en el artículo 5».
Pues bien, en julio de 2009 el Ministerio de Industria que dirigía Miguel Sebastián cambió este artículo en el Real Decreto 1219/2009. Y añadió, al final del artículo 6.2, esto: «Este límite podrá ampliarse en caso de proyectos singulares, siempre que estén apoyados por unanimidad de la Mesa Regional de la Minería». Casualidades de la vida, dicha Mesa Regional de la Minería ya había apoyado la creación del geriátrico en julio de 2008. Gracias a esta modificación legal que hizo Industria por Real Decreto, el camino quedó allanado. Y en diciembre de 2009 se firmó un convenio entre el Principado de Asturias y el Instituto del Carbón, organismo dependiente del Ministerio de Industria, por el cual el Estado —a través de dicho Instituto— se comprometió a pagar todas las obras, por valor de 30,9 millones de euros. Al año siguiente, José Luis Rodríguez Zapatero faltó a la reunión en Villamanín.
Tres años antes, y en otro Consejo de Ministros, Victorino Alonso había puesto sobre la mesa de la Comisión de Seguimiento del Carbón la necesidad de detener la iniciativa de la Intervención General del Estado que amenazaba con la devolución de las ayudas aprobadas años atrás. Distintos informes de control financiero entre 2004 y 2005 concluían que entre 1998 y 2001 se había pagado un exceso de 482 millones de euros. Alonso argüía que el reintegro llevaría al cierre. La disputa terminó en el Consejo de Ministros, una vez más, que terminó por resolver el 30 de enero de 2009, la condonación del exceso de ayudas, con la excusa de la razón social. Que el máximo órgano de decisión del Gobierno perdonara a varias empresas mineras casi 500 millones de euros y el asunto no tuviera más trascendencia que una breve nota del acuerdo emitida desde La Moncloa —en la que no se decía nada en concreto— es cuanto menos llamativo.
El paralelismo entre José Ángel Fernández Villa y José Luis Rodríguez Zapatero puede trazarse en varios planos: poder orgánico dentro del PSOE, construcción de redes de influencia, capacidad de control territorial y posterior desgaste reputacional, pero ambos tienen en común la argamasa de la codicia. Los dos lograron atrapar a la sociedad en un falso debate identitario mientras ellos consolidaban redes de influencia, dependencia y supervivencia institucional. «El poder genera una progresiva sensación de excepcionalidad. El dirigente deja de percibirse como servidor público y empieza a verse a sí mismo como pieza imprescindible del sistema», destaca Pedro José Villanueva, que añade que la historia demuestra algo «incómodo»: Ningún poder renuncia de manera voluntaria a ampliar su capacidad de control. Subraya además que el poder rara vez se presenta como abuso sino que se reviste de causas superiores: estabilidad, progreso, justicia social. «Cada bloque político construye su propia legitimidad moral para justificar la acumulación de poder y desacreditar cualquier contrapoder incómodo».
«Os prometo que el poder no me cambiará». Han pasado 22 años de la palabra dada. Decía Albert Camus que la tentación más fuerte del hombres es la inercia, y el hábito por el poder y el dinero demuestra que las elites rara vez se enfrentan a la historia.