Chicago, París, Barcelona... y León: La gran exposición universal leonesa

La Exposición Regional Leonesa de 1876 cumple 150 años de historia. Una feria que reunió a 800 expositores y más de 8.600 productos llegados de todo el mundo y que congregó en el parador de San Marcos a más de 18.000 visitantes. De aquello, Fundos guarda los documentos que permiten reconstruir uno de los momentos más importantes de la historia antigua de León y que trajo, años más tarde, a Gaudí para la construcción de Botines

Grabado de un momento de la exposiciónÁngelopez

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Una muestra universal, única y digna de ser comparadas con las ampliamente conocidas de Chicago, París y Barcelona. Eso fue la Exposición Regional Leonesa de 1876. Una fiesta que dio comienzo el 20 de octubre de aquel año tan marcado por la victoria de Alfonso XII sobre los carlistas. Alrededor de 800 expositores y 8.600 productos permitieron reunir en León a realidades comerciales, industriales, agrícolas y artesanales durante 25 días hasta que, el 13 de noviembre, se clausuró. La Fundación Obra Social de Castilla y León (Fundos) guarda entre sus escondrijos la historia de aquella exposición que hizo de León un lugar a visitar y que reunió a más de 18.000 visitantes durante esos días de muestra. Un archivo histórico poco conocido, pero que cuenta uno de los momentos en los que León más importancia tuvo en la antigua historia a nivel mundial.

Un 20 de octubre de 1876 daba comienzo dicha exposición. Detrás de ella no había una iniciativa empresarial aislada, sino un proyecto colectivo impulsado por la Real Sociedad Económica de Amigos del País de León. Una institución nacida al calor de la Ilustración que llevaba décadas trabajando para fomentar la educación, las artes, la industria y el desarrollo económico de la provincia. La idea de organizar el certamen partió de Máximo Alonso de Prado, secretario de la Sociedad, y encontró en Juan Puyol y Marín, secretario general de la entidad, a uno de sus principales impulsores. Junto a ellos estuvieron Vicente Díez Canseco y Miguel Morán, al frente de las responsabilidades institucionales y organizativas. La iniciativa consiguió sumar a la Diputación, el Ayuntamiento, organismos provinciales, representantes de la enseñanza y profesionales de distintos ámbitos. No era, por tanto, solamente una exposición: era el proyecto de una parte de la sociedad leonesa que quería abrir la provincia a las nuevas corrientes económicas, industriales y culturales del siglo XIX.

El principal legado de aquel acontecimiento no se encuentra en los productos que se exhibieron, sino en los documentos que generó

La organización tuvo que poner en marcha una compleja maquinaria. Se constituyó una junta directiva, se redactaron las bases y el reglamento y se difundió la convocatoria a escala nacional mediante comunicaciones por carta. Los participantes enviaban sus propuestas y, una vez aceptados sus productos, comenzaban a organizar el desplazamiento hasta León. La colaboración de las compañías ferroviarias resultó decisiva, hasta el punto de que se establecieron tarifas específicas para facilitar los viajes y el transporte de mercancías. Cabe recordar que, en aquella exposición, se juntaron cientos de expositores, muchos de ellos con objetos de gran tamaño, miles de productos que tuvieron que ser transportados y miles de visitantes que se acercaron hasta el parador de San Marcos, que fue el lugar en el que se realizó. Ello hizo que la organización fuera innovadora y muy buena para la época.

Natividad Pan y Raúl Fernández muestran varios documentos Ángelopez

800 expositores y 8.600 productos

La muestra abrió sus puertas el 20 de octubre de 1876 y cerró el 13 de noviembre, apenas 25 días después. Sin embargo, su dimensión fue extraordinaria para la época: alrededor de 800 expositores y 8.600 productos que permitieron reunir en León realidades comerciales, industriales, agrícolas y artesanales que hasta entonces apenas habían tenido oportunidad de encontrarse. No era solamente una exposición de productos leoneses. Pese a su denominación regional, llegaron propuestas de Galicia, Asturias, Barcelona, Andalucía y prácticamente de toda España, además de algunas participaciones internacionales que, aunque no concurrían oficialmente al certamen, quisieron estar presentes.

«La exposición se utilizó de escaparate para enseñar tanto oficios como profesionales y productos», explica Natividad Pan Gómez, responsable del Archivo Histórico y Centro de Documentación de Fundos, institución que conserva buena parte de la documentación de aquel acontecimiento. La dimensión de la convocatoria permite entender por qué su celebración supuso un hito para la ciudad. «Se estaban plasmando de repente realidades que no habían conectado nunca», recuerda.

Fundos guarda cientos de documentos de esos días en los que León se convirtió en ciudad universalÁNGELOPEZ

Productos de todo tipo

Algunos productos eran voluminosos y otros requerían unas condiciones especiales. Había animales vivos, maquinaria, alimentos y todo tipo de mercancías. Los expedientes conservados dan cuenta de aquella diversidad: llegaron bueyes, caballos e incluso una gallina acompañada de sus huevos, presentada por su propietario porque ponía ejemplares especialmente grandes.

La anécdota es una de las que mejor ilustran el carácter de la muestra. «Este tipo de anécdotas son las que hacen muy especial la exposición, porque rompe un poco con la idea que tenemos hoy en día de las exposiciones universales», apunta Natividad. Entre los productos documentados aparecen también chocolates procedentes de Asturias, dulces elaborados en el convento de las monjas de San Pelayo de Oviedo, vinos, licores, uvas, bordados, calzado, sombreros, pieles, ejemplares fósiles, gusanos de seda, animales disecados e incluso un lavabo fabricado con madera de nogal.

Casi 15 años antes de que Mariano Andrés y Simón Fernández fuesen a buscar a Gaudí a Barcelona ya estaban promoviendo y participando en ferias que difundían todos los avances de la modernidad

Aquella variedad permite imaginar el ambiente que se vivió en San Marcos y, sobre todo, comprender el alcance de la iniciativa. Los visitantes podían conocer productos, pero también técnicas y formas de trabajar que no eran habituales en su entorno. «Tuvo un impacto muy positivo a nivel industrial, a nivel comercial, a nivel de conocimiento de técnicas», sostiene la responsable del archivo. La llegada de una técnica de fabricación de calzado desde Barcelona, por ejemplo, podía poner en contacto a los profesionales leoneses con procedimientos que hasta entonces desconocían.

La organización corrió a cargo de la Sociedad Económica de Amigos del PaísÁngelopez

La exposición también tenía una dimensión competitiva. Los participantes podían recibir distintos reconocimientos y premios. Según la documentación explicada por Natividad Pan Gómez, solamente siete expositores obtuvieron medalla de oro. Entre ellos figuraba el pintor Carlos de Haes, premiado por una marina al óleo que, pese al reconocimiento obtenido, no se ha conseguido localizar. «No conocemos el aspecto de la pintura, pero sabemos que tenía la calidad suficiente como para ser uno de los siete únicos premiados con medalla de oro», explica.

Exposición reconstruida

Paradójicamente, el principal legado de aquel acontecimiento no se encuentra en los productos que se exhibieron, sino en los documentos que generó su organización. La junta directiva había establecido un sistema por el que cada expositor entregaba temporalmente sus productos, recibía un resguardo y podía recuperarlos una vez finalizado el certamen. La intención era que los participantes pudieran volver a presentarlos en otros concursos y exposiciones.

Por eso, Fundos no conserva la mayor parte de aquellos objetos. Lo que ha llegado hasta nuestros días es una documentación excepcional: expedientes, facturas, resguardos, recibís, listados de participantes, diplomas, entradas y diseños del mobiliario expositivo. Una parte muy importante de los expedientes originales se ha conservado y permite seguir la trayectoria de numerosos participantes.

La importancia de estos fondos es todavía mayor si se tiene en cuenta que la fotografía no ofrecía entonces las posibilidades documentales que tiene en la actualidad. Los expedientes se han convertido en una especie de retrato de aquella exposición. «Los expedientes se han convertido en nuestra instantánea», resume Pan Gómez. En ellos aparecen descripciones de los productos, sus características, sus precios y los nombres de quienes los presentaron.

'Gaudí y la ciudad moderna' exhibe algunos de los documentosÁngelopez

También permiten conocer cómo se organizaba físicamente la muestra. Uno de los protagonistas de esa faceta fue Juan Puyol y Marín, autor del grabado que representa la exposición y responsable del diseño de numerosos elementos, entre ellos las medallas y los expositores. Fundos conserva correspondencia y documentación relacionada con su trabajo, así como diseños originales del mobiliario que debía utilizarse en San Marcos.

No eran simples soportes. Cada expositor respondía a unas medidas, una estética y unas condiciones concretas de carpintería y pintura. Había estructuras específicas para bordados, productos de minería y geología o bebidas. Entre los diseños destaca un botellero central concebido para mostrar vinos y licores. La exposición estaba pensada, por tanto, como un espacio ordenado y diseñado para presentar los productos y destacar sus cualidades.

Entre los documentos conservados también aparecen las entradas y los bonos que permitían acceder al recinto durante los días que permaneció abierto. Uno de esos bonos, cuyo precio era de diez reales, constituye otro pequeño testimonio de la vida cotidiana del acontecimiento.

Pero entre todos los expedientes hay uno que permite establecer una conexión especialmente significativa con la historia posterior de León: el de doña Leonarda, que años después se convertiría en esposa de Mariano Andrés.

Conexión con Casa Botines

El hallazgo fue fortuito. Mientras investigaban los expedientes de la Exposición Regional Leonesa, los responsables del archivo encontraron uno a nombre de una mujer perteneciente a la burguesía leonesa que terminaría vinculada a uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad. En 1876, Leonarda todavía no estaba casada con Mariano Andrés. Sin embargo, participó en la exposición presentando dos cuadros —uno de paisaje a lápiz y otro de dibujo—, dos pañuelos bordados y una relojera bordada en oro. Su participación no fue testimonial: la documentación permite seguir todo el procedimiento administrativo, desde la entrega de los productos hasta la concesión del reconocimiento. Recibió un diploma de mérito y Fundos conserva el expediente, el resguardo, la factura y el recibí correspondientes. «Cuando descubrimos que había uno a nombre de Leonarda dijimos: no puede ser casualidad», recuerda Natividad Pan Gómez.

La historia adquiere todavía más interés cuando se observa el recorrido posterior de aquella familia. Mariano Andrés y Simón Fernández, que años después se convertirían en socios para impulsar la construcción de Casa Botines, ya estaban vinculados a la Real Sociedad Económica de Amigos del País y a sus iniciativas de modernización. La participación de Leonarda en la exposición permite unir ambas historias. No se trata únicamente de una coincidencia familiar, sino de una muestra de cómo determinados sectores de la sociedad leonesa estaban implicados en los proyectos que pretendían abrir la ciudad a nuevas ideas y oportunidades.

La propia Leonarda también mantuvo una vinculación con el comercio textil. Cuando el edificio que hoy conocemos como Casa Botines se construyó y ella pasó a vivir allí con Mariano Andrés, la planta baja albergó un negocio de telas que terminó regentando. Su presencia en la exposición de 1876 adquiere así una dimensión adicional: conecta la actividad comercial, la participación femenina en la vida económica y cultural y el entorno empresarial que posteriormente impulsaría uno de los grandes hitos arquitectónicos de León.

El modernismo antes de Gaudí

Es precisamente aquí donde la exposición de 1876 deja de ser solamente un episodio de la historia económica de León para convertirse en una pieza fundamental en la interpretación de su modernidad. Raúl Fernández Sobrino, director de Cultura y Patrimonio de Fundos, considera que uno de los errores al explicar la historia de Casa Botines es presentarla como un elemento que llegó a la ciudad de manera repentina, sin antecedentes ni contexto. «Frente a la teoría habitual que dice que Botines cae en esta ciudad, cae como un ovni, la colaboración entre el Museo y el Archivo nos está contando que no es así», explica.

La exposición regional desempeñó una función semejante a la de los grandes certámenes internacionales de París o Chicago: difundir nuevas ideas, poner en contacto a profesionales y mostrar avances en distintos ámbitos de la actividad económica. Y quienes estaban detrás de aquella iniciativa eran, en buena medida, personas del mismo entorno social que años después participarían en la construcción de Casa Botines.

«Ya casi veinte años antes de la inauguración de Botines existe un movimiento de llegada de las novedades modernas a León mediante las exposiciones regionales», señala Fernández Sobrino. El director de Cultura y Patrimonio insiste en que Mariano Andrés y Simón Fernández no eran empresarios ajenos a esas corrientes. «Casi quince años antes de que Mariano Andrés y Simón Fernández fuesen a buscar a Gaudí a Barcelona ya estaban promoviendo y participando en ferias que difundían todos los avances de la modernidad».

La tesis es clara: la llegada del arquitecto catalán no se entiende sin el contexto que había ido construyéndose previamente. Existía una burguesía interesada en las novedades, en los movimientos comerciales y culturales de otras ciudades y en las posibilidades que ofrecía la innovación. «La exposición regional muestra la existencia de un grupo, de una burguesía muy innovadora en torno a la Real Sociedad», explica Raúl. Y añade una reflexión que resume buena parte del sentido histórico de este acontecimiento: «Realmente que unos comerciantes vayan a Barcelona a buscar un arquitecto muy innovador es consecuencia del caldo de cultivo que se estaba creando en torno a la Real Sociedad, en torno a la exposición regional».

Aquellas familias viajaban, conocían otras ciudades y estaban familiarizadas con las tendencias artísticas y comerciales de su tiempo. «Son familias cultas, que viajan, que traen muebles de Londres, que traen muebles de París, que tienen formación en Bellas Artes», señala Fernández Sobrino.

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La relación entre ambos acontecimientos no debe interpretarse como una causalidad demostrada: la documentación no permite afirmar que la exposición de 1876 fuera el motivo concreto por el que se eligió a Gaudí para construir Casa Botines. El propio responsable de Fundos reconoce que las razones exactas de aquella elección siguen investigándose. Pero sí permite identificar un entorno empresarial y cultural que ya estaba abierto a las corrientes de modernización.

Los expedientes conservados dicen que llegaron bueyes, caballos e incluso una gallina acompañada de sus huevos porque «eran grandes»

León fue, sin duda, la más especial

A finales del siglo XIX y principios del XX, el mundo occidental experimentó una transformación sin precedentes impulsada por la Revolución Industrial. En este contexto de optimismo y fe ciega en el progreso, las Exposiciones Universales se consolidaron como los mayores escenarios globales de la época. Ciudades como Barcelona, París y Chicago utilizaron estos macroeventos no solo para exhibir los últimos avances tecnológicos y culturales de la humanidad, sino también para rediseñarse a sí mismas y proyectar su poder e influencia hacia el futuro.

La capital catalana encontró en las exposiciones la oportunidad perfecta para abrirse al mundo y acelerar su modernización. La Exposición Universal de 1888, asentada en el Parque de la Ciutadella, supuso el primer gran paso de Barcelona hacia la modernidad, dejando como símbolo de bienvenida el monumental Arco de Triunfo. Décadas más tarde, la Exposición Internacional de 1929 transformó por completo la montaña de Montjuïc.

París consolidó su reputación como la capital cultural del mundo a través de sus certámenes. La Exposición Universal de 1889, organizada para conmemorar el centenario de la Revolución Francesa, alteró de forma permanente el horizonte de la ciudad con la construcción de la Torre Eiffel; una estructura de hierro que, aunque inicialmente polémica, se convirtió en el símbolo universal de la ingeniería moderna. Poco después, la Exposición Universal de 1900 dio la bienvenida al nuevo siglo en plena Belle Époque.

Al otro lado del Atlántico, Estados Unidos demostró su emergente potencial industrial en la Exposición Mundial Colombina de Chicago de 1893, que celebraba el cuarto centenario de la llegada de Cristóbal Colón a América. El recinto se convirtió en campo tecnológico.