Diario de León

En España han caído 20 meteoritos en tres siglos Así será el cielo en el 2004 A golpe de meteorito El astrolito de Reliegos, «enigmático mensaje celeste» que llegó en 1947

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Aunque la caída sobre la tierra de materia procedente del espacio es prácticamente constante, España tiene la constatación científica de que una veintena de meteoritos (repartidos en casi setenta fragmentos) han caído sobre su superficie durante los últimos tres siglos, según una información elaborada por la agencia Efe. El Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid cuenta con una de las colecciones de meteoritos más importantes de Europa, y tiene certificados y catalogadas más de 150 piezas, entre las que se encuentran veinte pertenecientes a meteoritos caídos o hallados en España. El más antiguo de los meteoritos catalogados en esa colección pertenece a uno caído en la localidad oscense de Sena en noviembre de 1773 y con un peso de 1,6 kilogramos. Destaca también, por su tamaño, el meteorito que se precipitó en Colomera (Granada) en 1912, ya que el peso de las cuatro partes en que se fragmentó se estableció en 120,3 kilos, por lo que se trata del mayor de estos objetos no terrestres que se ha localizado en España. El catálogo, que se publicó en la revista Meteoritos y Ciencia Planetaria, fue elaborado conjuntamente por científicos del Museo Nacional de Ciencias Naturales, del Centro de Astrobiología y de la Facultad de Ciencias Geológicas de la Universidad Complutense de Madrid. En único ejemplar no incluido en el catálogo y en la colección del Museo Nacional de Ciencias Naturales es un meteorito caído en Valencia en el año 1997 y que permanece en el Museo de la Universidad de Valencia. En el catálogo y en la colección figuran los meteoritos hallados en Sena (Huesca) en 1773 (16,8 kilos); en Barea (La Rioja) en 1842; en Nulles (Tarragona), 1851 (4,3); en Oviedo en 1856; en Molina de Segura (Murcia) en 1858 (112 kilos); o en Canellas (Barcelona) 1861 (454 gramos). Están incluidos también los hallados en Quesa (Valencia) en 1898; en Olivenza (Badajoz) en 1924 (50 kilos); en Cangas de Onís (Asturias) en 1866 (10,5 kilos); en Cabezo de Mayo (Murcia) en 1870; en Guareña (Badajoz) en 1892 (32,9 kilos); en Los Martínez (Murcia), en 1894; en Madrid en 1896; y en Gerona 1899 (52 gramos). Forman parte de la colección los meteoritos encontrados en Garraf (Barcelona) en 1905; en Colomera (Granada) en 1912 (120,3 kilos); en Olivenza (Badajoz) en 1924 (50 kilos); en Ojuelos Altos (Córdoba) en 1926; en Olmedilla de Alarcón (Cuenca) en 1929 (36,3 kilos); en Reliegos (León) en 1947, y en Getafe (Madrid) en 1994 (1,4 kilos). Según la Red de Investigación sobre Bólidos y Meteoritos, sobre la tierra se deposita a diario gran cantidad de materia procedente del espacio, aunque casi todo ese material llega de forma desapercibida en forma de partículas de polvo procedentes de cometas y son demasiado pequeñas para ser vistas a simple vista. Esta organización ha destacado la importancia de investigar los meteoritos ya que pueden contener información muy valiosa y proporcionar detalles de los acontecimientos que tuvieron lugar incluso antes de la aparición del sistema solar en el universo. Además de los eclipses, el seguimiento de las diversas lluvias de estrellas o meteoros son los hechos que más han acaparado la atención del hombre a lo largo de la historia de la humanidad. Su presencia en la bóveda terrenal no es el único vestigio de estos hitos celestiales, de los que existen infinidad a lo largo del año cuando la Tierra, al cruzar por la trilla de las órbitas de otros cuerpos estelares, de los que existen multitud, recoge los residuos de la basura espacial que van dejando en su infinito trasegar. Estos residuos son los que, al entrar en contacto con la atmósfera terrena, se desintegran por la fricción ocasionando estallidos de luz, que por su intensidad generan las conocidas «lluvias de estrellas». La Tierra ha sido bombardeada por los cuerpos del Sistema Solar desde su nacimiento, hace 4.500 millones de años. Al principio eran muchos más los cuerpos existentes, y por tanto la caída de meteoritos mucho más abundante. Algunos de estos impactos fueron realmente catastróficos para la vida en el planeta, como el ocurrido hace unos 65 millones de años, cuando un enorme asteroide chocó con la Tierra, se cree que en la península mexicana de Yucatán, y provocó la desaparición de las tres cuartas partes de las especies vivas que la habitaban, entre ellas los dinosaurios. Pero también es cierto que sin estos impactos, y sin los componentes que trajeron o provocaron en la corteza terrestre, no habría sido posible la existencia de la atmósfera y, por lo tanto, de la vida. Muchos cambios de era (del Cretacio al Terciario, por ejemplo) parece que están relacionados con la caída de grandes cuerpos planetarios a la Tierra y las catástrofes que provocaron. Por ejemplo, un enorme asteroide impactó contra el planeta en sus primeros 2.000 millones de años, un choque que debió ocurrir en la zona canadiense de Ontario, y que provocó un cráter de 1.500 kilómetros de diámetro. También dejó el mayor depósito de níquel que se conoce sobre la Tierra, el «complejo de Sudbury». En la era Protozoica, que comprende el periodo desde hace 2.500 millones de años hasta hace 600 millones, comenzó la formación de los continentes y las primeras señales de oxígeno permitieron crecer algunos organismos pluricelulares. En ese periodo tuvo lugar otro gran impacto, esta vez en África del Sur, en Vredefort. Más recientemente de nuevo Canadá, esta vez en Quebec, sufrió un impacto de un asteroide de unos 100 kilómetros de diámetro, que acabó con la mitad de los reptiles que habitaban la Tierra. Más tarde los dinosaurios y otras especies sufrieron los efectos del choque de un gran meteorito contra la corteza terrestre; y desde entonces se han producido otros grandes impactos, como el que se formó hace 2,3 millones de años en el Pacífico, por un objeto de 600 metros de diámetro; o el que impactó en Arizona hace 22.000 años, en la última glaciación, que dejó un cráter de 1.300 metros de diámetro y 200 metros de profundidad (convertido hoy en atracción turística). En la época actual, el primer meteorito registrado cayó en Francia en 1492, y pesaba 60 kilos. En 1886 de nuevo Arkansas recibió un «mensaje» del espacio, esta vez de 400 kilos. El más grande encontrado hasta ahora, de 66 toneladas, cayó en África en 1920, concretamente en Hoba, Namibia, y se encuentra semienterrado en el ugar en el que cayó. Uno de los más importantes junto con el caído en 1908 en Siberia, que explosionó a ocho kilómetros de la superficie. Hablar de meteoritos en León es imposible sin recordar el caso de Reliegos, donde cayó en 1947 una de las formaciones rocosas que forma parte actualmente de la colección de meteoritos del Museo Nacional de Ciencias Naturales, y ha sido mostrada en numerosas exposiciones. La localidad leonesa recuerda aún, a través de la propia memoria o de los relatos oídos mil veces, lo ocurrido aquel 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, en que la localidad recibió uno de «esos enigmáticos mensajeros celestes». Así los denominaba entonces la Real Sociedad Española de Ciencia Natural, que publicó un estudio sobre el que llamó «astrolito de Reliegos», a cargo de J. Gómez de Llanera y C. Rodríguez Arango. El informe recuerda que los investigadores americanos calculaban entonces que cada año caían a la Tierra 11.000 meteoritos, aunque desde su anotación sistemática (a partir de 1794) sólo se apuntaban cuatro o cinco anuales. «Y esto a pesar de las facilidades cada vez más aplias de propagación de las noticias, y aun teniendo en cuenta que las inmensas extensiones de la superficie terrestre y la mayor todavía de la hidrosfera están alejadas de la posibilidad de observación». El informe sustituye las denominaciones meteorito o aerolito por las de astrolito o uranolito, para que no «recuerden la equivocada idea del origen terrestre de estos objetos». Reliegos, apunta, «es un pequeño poblado de la meseta leonesa... Sus casas se extienden sobre las tierras rojas y blancas del terciario continental...». El estudio publicado dice así: «En la mañana del 28 de diciembre de 1947 una espesa niebla cubría la comarca. A las ocho y media (siete y media hora solar) los habitantes de Reliegos y los pueblos inmediatos se vieron sorprendidos por ruidos extraños que provenían del cielo. Pensaron en la caída de un avión (no lejos se encuentra un aeródromo militar), pero al ver el objeto extraño y suponer que era una bomba avisaron al aeródromo. Rodríguez Arango, entonces ingeniero jefe del distrito minero de León, acompañado de la autoridad militar, examinó el objeto sospechoso y pudo reconocer su verdadera naturaleza como un astrolito litio». La publicación recoge el informe realizado en aquel momento por los facultativos de minas José Aquilino Álvarez y Luis López López, que aseguraban que el astrolito pesaba cerca de 17,5 kilos (el peso actual es de 8,9 kilos). Cayó «en la calle Real, a 5,5 metros de la fachada de Gregorio Agúndez, formando un hoyo de unos 35 centímetros de profundidad en el suelo, éste constituido por tierra fuertemente aprisionada y cantos entremezclados con ella». Gerardo Castro, un vecino, declaró haber oído un ruido «parecido al que produce un automóvil al ponerse en marcha con manivela y sentirse las primeras explosiones del encendido del motor». Ramira Santa Marta, esposa de Agúndez, se encontraba en casa vistiéndose cuando la soprendió el ruido de un avión. «Al abrir la ventana de la cocina sintió dos golpes que la hicieron gritar: ¡Aquí cayó!». Salió a la calle, donde ya llegaban otros vecinos, que vieron «un hoyo y cerca una piedra distinta a las demás, de mayor tamaño, color negro y seca, mientras que las del pavimento estaban mojadas por la niebla». Bonifacio Ferreras llegó a las diez de la mañana y observó «que la piedra estaba algo más caliente que sus manos, que llevaba metidas en los bolsillos». Hacia las once, Froilán Fernández declaró que la piedra estaba fría. El informe recoge cómo se escuchó el fenómeno en los pueblos colindantes, pero en un radio pequeño: Villamarcos, Santas Martas o Villonar, apenas cinco kilómetros alrededor de Reliegos, donde se oyó como un avión que volaba bajo, aunque debido a la niebla no se pudo observar ningún fenómeno luminoso ocurrido en el cielo. El meteorito fue sometido a varios exámenes científicos para determinar su composición, como el dirigido por la doctora Pérez Mateos en la Escuela Española de Espectroquímica; y por la química de Renfe «señorita Gárate». Dedujeron que se trataba de una «materia amarilla metálica, formada exclusivamente por la troilita, sulfuro de hierro que rellena los intersticios entre los granos pétreos...». También apuntan que la piedra «no es fácil de tallar porque la disgregación que sufre la roca al menor esfuerzo de presión», lo que podría explicar la reducción de su peso actual. Cuando se produce una lluvia de estrellas, según fuentes del Planetario de Madrid, «los elementos volátiles de su superficie empiezan a evaporarse, formando una atmósfera a su alrededor que se extiende en forma de cola en la dirección opuesta al Sol». «De esta manera, en sus repetidos pasos por las cercanías del astro rey, los cometas periódicos van desgastándose, dejando tras de sí un reguero de pequeñas partículas que quedan dispuestas a lo largo de su órbita, formando una especie de anillo». Así las cosas, señala la fuente, «la Tierra en su infinito giro alrededor del Sol suele cruzar las órbitas de varios cometas y es entonces cuando muchas partículas del anillo penetran en la atmósfera terrestre, volviéndose incandescentes y revelándose como rápidos destellos luminosos», para producir lo que también se denomina como estrellas fugaces o meteoros, que tanta admiración han causado en el decurso de la historia del hombre. Según Cesar González del Planetario de Madrid, «lluvia de estrellas hay todos los meses, por lo regular sólo perceptibles por la noche, cuya media puede ser de dos o tres a la hora, sin que este dato sea producto de una medición científicamente elaborada». Para este 2004, además de los cambios estacionales, los terrícolas tendremos oportunidad de observar cuatro eclipses, a pares de Sol y de luna. Los parciales del astro rey tendrán lugar el 19 de abril y el 14 de octubre. El primero será perceptible sólo desde África, mientras que el segundo lo será únicamente desde el nordeste de Asia. En cuanto a la luna, su llamativa circunferencia se verá eclipsada totalmente el 4 de mayo entre las 18:42 y 19:52 TU (tiempo universal), fecha en la cual empezará a emerger entre las 21:08 y 22:12 TU. Sin embargo, su fulgurante figura se opacará nuevamente el 28 de octubre, en fenómeno astronómico sólo perceptible en Europa, África y América. La Luna se sumergirá en las sombras entre la 01:14 y 02:23 TU y emergerá a los ojos de quienes observen el fenómeno desde la Tierra entre las 03:45 y 04:54 TU. Por último, los cambios estacionales astronómicos para este nuevo año se darán en las siguientes fechas: Primavera (Hemisferio Norte), Otoño (Hemisferio Sur) 06:48 horas del 20 de marzo. Verano (Hemisferio Norte), Invierno (Hemisferio Sur) 00:56 horas del 21 de junio. Otoño (Hemisferio Norte), Primavera (Hemisferio Sur) 16:29 del 22 de septiembre. Invierno (Hemisferio Norte), Verano (Hemisferio Sur) 12:41 horas del 21 de diciembre.

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