La casa popular: En cá'l ti... (III)
La casa de corredor de la montaña es un elemento arquitectónico que es necesario proteger no sólo por razones culturales, sino también turísticas y económicas

DANIEL
La historia de las viviendas humanas, de cómo hemos venido creando, adaptando y mejorando nuestras habitaciones para pasar del mero refugio al verdadero hogar, es sin duda una historia apasionante. La casa revela una forma concreta de ver el mundo, tanto de su propietario como de la cultura a la que pertenece. Y dentro de este aspecto, la casa tradicional siempre es, aun dentro de una corriente cultural concreta, maravillosamente variada y distinta al resto de sus convecinas. En oposición a las viviendas de la era moderna, hechas, como todo lo industrial, «en serie», el hogar tradicional, a fuerza de verse obligado a erigirse partiendo de materiales tradicionales y fuerzas y tecnologías de escala humana, posee una belleza y un equilibrio con el medio admirables, y no estaría de más que muchas de sus bondades las aplicáramos a nuestra vida cotidiana. Después de sucesivos intentos con cobijos en cuevas y otros refugios naturales, tiendas hechas con pieles de animales y otros «cubiles», el hombre leonés amaneció a la arquitectura con la planta redonda; sencilla y con múltiples referentes en la Naturaleza y el firmamento. Y sobre ella, un sombrero cónico vegetal hecho de piornos y escobas. Restos de estas casas podemos verlos en el castro de Chano (valle de Fornela), en el de San Juan de Paluezas y muchos otros castros repartidos por toda la provincia. Andando el tiempo, llegó la -en todos los órdenes- enorme influencia romana, que en este caso nos trajo el portentoso invento de la esquina y la planta rectangular. Poco a poco, del castro en el otero se pasó al pueblo en el fondo del valle, y de la casa redonda a la ovalada, con esquinas curvas, o cuadrangular, y con techado de paja. Pero el tiempo no se detenía, y los inicios de la Edad Media, tiempos de supervivencia e individualidad, nos sorprendieron con el abandono de la aldea apretada y tribal y la adopción del pueblo y la villa de casas exentas, unitarias y autosuficientes. Cada vez había más riqueza y se cosechaba más; la vivienda pudo crecer en altura: se fortalecieron los muros de carga y nació una segunda planta. La dificultad técnica fue tal que el segundo piso se creó con ayuda de materiales más livianos; adobes, trenzados, zarzos, costanas; que ya a fines del medievo se rompieron abriéndose al aire en un hermoso corredor que servía para distribuir las habitaciones superiores, secar alimentos, tender la ropa o estar «a la solana», tan a gusto. En la zona occidental, un «patín» exterior permitía el acceso a este espacio desde el suelo. Pero también las casas cúbicas y sin apenas aberturas pervivieron por otro camino, y ya con la teja o la pizarra incorporadas (en León muy tarde, en cantidades masivas hubo que esperar hasta los siglos XVIII y XIX), nuestras casas llegaron hasta nuestros días, fruto de esta fascinante evolución. Pues bien, en León hay ejemplos de todos estos tipos de casas; hasta hace nada (y, bastante mal que bien, lo sigue siendo) la provincia era un atlas vivo de historia de la arquitectura popular: castros repartidos por casi toda la provincia; casas de teito o pallozas redondeadas en el borde occidental del Bierzo; casas de techo de paja evolucionadas y de planta rectangular en Riaño (casa de forcón ); chozos de cubierta cónica, casas medievales de corredor abierto a la fachada, aveces con patín, en toda la montaña oriental, central, occidental, berciana y maragata; casas de corredor interior en Páramo y Riberas y casas de volumen cúbico, cerrado, de piedra o adobe, en toda la provincia. Y eso sin contar con toda la amplia gama de construcciones auxiliares: palomares, bodegas, cuadras, tenadas... a las que ya nos hemos referido en estas páginas. ¿Cómo es posible que tan poca gente se haya dado cuenta en León del tremendo potencial de este patrimonio? ¿Cómo no adoptar las soluciones de otras regiones -léase Asturias, Cantabria, Galicia- en las que el cuidado de la arquitectura tradicional constituye un reclamo turístico de primer orden? León tiene tanto o más que ofrecer en este sentido, y, en todo caso, una variedad sorprendente. Pero esta labor no debe dejarse sólo en manos de las instituciones; debemos ser los propios propietarios de casas tradicionales los que velemos por la conservación y puesta en valor de este paisaje humano propio, que está ansioso de ser descubierto por un nuevo y creciente tipo de turismo.