Diario de León

Por los caminos del valle de Laciana

Los caminos y senderos del valle de Laciana debieron ser, en otro tiempo, muy transitados por diversos personajes y tribus. Aquellos hombres fueron protagonistas de continuas luchas, siempre en busca de mejoras para su tierra y sus condiciones.

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VÍCTOR DEL REGUERO | texto y fotos
León

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Los astures, según el poeta latino Avieno, fueron «un pueblo de gran fuerza, de ánimo levantado, de eficaz habilidad», que se alimentaban de bellotas y carne, dormían sobre camas de paja, vestían generalmente túnicas negras y comían sentados sobre poyos de piedra guardando sitio en ellos con riguroso orden respecto a la honra y a la condición social de cada uno de los individuos. Una de las tribus de los astures trasmontanos fue la de los paesici, pastores nómadas conocidos también como pésicos, que habitaron las tierras de Laciana, Babia y las cabeceras asturianas de Somiedo, Degaña y Cangas del Narcea. En el Valle de Laciana se conservan algunos de los poblados prerromanos de este clan, como el de La Zamora. Emplazado muy próximo a Rioscuro, al parecer esconde bajo la vegetación que se ha desarrollado en la zona los restos de dos taludes de defensa y una muralla en forma de corona que tenía su principal entrada por el oeste. Cuentan viejas leyendas que un pasadizo subterráneo comunicaba el castro de La Zamora con el de Las Muelas, donde existiría un castrillón de entrada, varias cabañas circulares y un primitivo amurallamiento perimetral. En este último la empresa Minero Siderúrgica de Ponferrada lleva vertiendo estériles -de manera incontrolada- desde hace un año aproximadamente, sin que la institución municipal haya tomado cartas en el asunto en todo este tiempo. Escasos han sido los trabajos efectuados en los dos yacimientos, destacando los llevados a cabo por el agustino omañés P. Morán a mediados del pasado siglo y los más recientes que, dirigidos por el Profesor Jordá de la Universidad de Salamanca, en el año 1976, sacaron a la luz restos de la muralla y algunas cabañas. En ellos aparecieron monedas con la figura de algunos emperadores romanos, numerosos utensilios de hierro para usos agrícolas o domésticos, restos de vasijas de barro romanas y muelas circulares de piedra con bellotas calcinadas. Recientemente se presentó un proyecto que pretendía recuperar estos castros, con excavaciones arqueológicas y adecuación de los mismos con fines turísticos, aunque de momento no se ha vuelto a hablar sobre el mismo. Cosiovi Ascanno Sacrum Don Fernando Blanco Flórez-Valdés fue un famoso abogado y anticuario de Cangas del Narcea, descendiente de la linajuda estirpe lacianiega de los Buelta. En el histórico lugar de Las Rozas de Villablino apareció, en fechas desconocidas, un ara votiva que este hombre dejó en herencia a dos de sus sobrinas. Actualmente se encuentra en poder de Don Joaquín Manzanares Rodríguez Mir, formando parte desde finales de 1956 de la famosa colección propiedad de Manzanares Tabularivm Artis Astvriensis. El ara, bastante erosionada, es una piedra arenisca gruesa con casi medio metro de altura y veintitrés centímetros de ancho, donde se puede leer Cosiovi Ascanno Sacrum. Apenas se conoce el hallazgo entre los vecinos ni tampoco por parte de la institución municipal. El Libro de la Sal En el ecuador del siglo XVII, allá por 1649, el Concejo de Laciana consiguió libertad para surtirse de sal en el lugar que viera conveniente. Aunque las tierras limítrofes no consiguieron este privilegio entonces, ciento cincuenta años después el Concejo de Los Cilleros, el de Ribas del Sil, el de Torrestío y los de Babia de Suso y Babia de Yuso, entre otros, exigieron solucionar los problemas que tenían poniendo a Laciana como notoria referencia. Todo el proceso está recogido en el conocido popularmente como Libro de la Sal, donde el procurador de los concejos vecinos a Laciana afirma, suplicando la concesión del privilegio al igual que a la tierra lacianiega, que los concejos «se hallan situados en las montañas del Reino de León, confinantes y vertientes al Principado de Asturias, a la distancia de sus salinas, en el que más de doce o catorce leguas de camino fácil, cómodo y seguro y, por el contrario, el [concejo] más inmediato a las [salinas] de Poza en León está más de cuarenta, en un terreno sumamente áspero, lleno de puertos peligrosos, cubiertos de nieve los ocho meses del año, con muchos arroyos sin puente, insuperables en las avenidas tan copiosas y frecuentemente perjudiciales por haber forzosamente que detenerse con carros y caballerías por pérdida, muchas veces, de todo ello». Parece ser que el libro, que hasta hace escasas fechas se encontraba en las dependencias de la casa consistorial de Villablino, ha desaparecido sin que actualmente se tenga constancia de su paradero. La capilla cerrada a cal y canto Hasta hace escasamente ochenta años, Villablino era uno de los pueblos con menor población de toda la comarca. San Miguel de Laciana le superaba con creces. Sin embargo, con el paso del tiempo y la llegada de la minería, se vería superado e incluso absorbido por Villablino. Existía aun entonces el poblado de San Mamés de Las Rozas. El monarca castellano-leonés Alfonso X El Sabio otorgó en 1270 la célebre Carta Puebla a «los omes buenos de la tierra de Laziana», en la que les permitía asentarse y poblar en aquel lugar. Con el paso del tiempo, parece ser que allí se asentó una de las más linajudas familias que nunca tuviera el Valle. Las crónicas locales relatan que, allá por el año 720, tuvo lugar una cruenta batalla, entre musulmanes y cristianos, en un puente de Toreno. Estando los cristianos prácticamente derrotados, un hombre levantó su espada y, brazo en alto, gritó: ¡Vuelta!, ¡Vuelta! Y gracias al movimiento del valiente caballero, la hueste cristiana consiguió vencer. En agradecimiento, se le concedió permiso para inscribir en su escudo heráldico las palabras que había dicho sobre un puente, y adoptarla como su propio apellido. Años después se vio obligado a expatriarse y, subiendo a la vera del río Sil, dejó atrás el tajo de El Padruño y se encontró con un lugar impenetrable. Por ello tuvo que rozar una parte del terreno si quería fijar allí su residencia y centro de vida. El paraje que eligió fue el hoy conocido como Las Rozas. La señorial casona, erigida en el siglo XIII, fue vendida en 1943 por el último descendiente de la casa a la Minero Siderúrgica de Ponferrada (MSP). Años después, en los años sesenta, la empresa minera la demolería para ubicar en su lugar algunas de sus dependencias. Solamente quedó allí la capilla del Santo Cristo de la Misericordia, de la que ya hablaba, el 25 de febrero de 1581, María Ana de Lorenzana, esposa de Fernando Buelta, diciendo en su testamento «que yo lego a la Hermita de Señor de San Mames cuattro ducados del tiempo que fue Mayordomo de el la mando se paguen por mis vienes». Actualmente, la capilla se encuentra cerrada a cal y canto y se ha perdido la antigua tradición de su romería en la zona. También cerrada, desde hace mucho tiempo, se encuentra la antigua iglesia de Caboalles de Abajo, muy próxima al nuevo templo parroquial edificado en los años setenta. Pinturas a la deriva Hay quien dice, y parece ser verdad, que la iglesia de Rioscuro de Laciana está asentada sobre un cementerio prerromano y que sobre él se levantó en principio, allá por el siglo XII, un altar de mampostería y el ábside. Aun se conserva en el muro de este, por detrás del retablo principal, una curiosa composición pictórica románica que parece representar la aparición de la Virgen en el cielo y en la tierra. El ábside está dividido en dos partes por medio de una cornisa de piedra, que en la representación pictórica simula la división del cielo y la tierra. En el centro de la composición, por encima de la cornisa, simulando el centro del cielo, puede observarse a la Virgen rodeada de unos cuantos ángeles flautistas, guitarristas, cantores y arpistas. A la derecha aparecen escenas del nacimiento del niño Jesús y a la izquierda dibujos alusivos a la consagración del obispo que erigió la iglesia. Debajo de la cornisa, en la parte que simula la tierra, una procesión de personas, encabezada por los hacheros portando sus cirios, simula la invitación a gentes de todas las razas (es curioso ver como existe una persona con turbante) a acudir a la ascensión al cielo. En la iglesia románica de Robles de Laciana, consagrada en el año 1090 por el obispo ovetense Arias, aparecieron hace unos años unas pinturas -hasta entonces escondidas bajo una capa de cal- en la cúpula del altar mayor. Actualmente, la Junta Vecinal, presidida por José Méndez, permanece a la espera de que la Junta de Castilla y León envíe a algunos de sus técnicos para restaurarlas. El Palacio de Orallo y la casa del maestro de Lumajo Aunque no tiene rey ni conde, el Palacio de Orallo fue siempre palacio y no casona. Desde hace unas décadas nadie habita en él y, desde entonces, ha comenzado un deterioro constante. Una inmensa estancia, que en sus tiempos fue utilizada como cine en el pueblo, es la única que tiene un estado de conservación aceptable. Las vigas del tejado han vencido en muchas de sus estancias y una gran parte del corredor de madera, que hasta hace un tiempo sostenían unos grandes pilares de piedra, se ha derrumbado. El actual estado de algunas partes del suelo de madera impide conocer la mayor parte de las estancias de la planta superior. El patio de su interior se encuentra actualmente lleno de escombro y algunas de las dependencias de la planta baja son utilizadas como cuadra para el ganado. La casa del maestro de Lumajo fue construida a comienzos del pasado siglo por los vecinos en facendera, un sistema muy utilizado en aquellos tiempos para las obras comunales. Habitada hasta hace años, ha sufrido algunos desperfectos debidos, principalmente, a la humedad existente en el edificio y a la antigüedad de la madera del suelo de la planta superior y de las vigas del tejado. La planta baja dispone de una gran estancia, destinada antiguamente como cuadra, y de un pequeño vestíbulo, donde se encuentran las escaleras que comunican con la planta superior, con tres habitaciones, una pequeña cocina y el servicio. La construcción conserva prácticamente todos sus elementos originales, como la escalera o las ventanas, salvo en la cocina y el servicio, donde se hicieron algunas reformas con posterioridad. En la planta baja el piso se encuentra empedrado en algunos sitios y en otros existen tsábanas, mientras en la planta superior la madera del suelo es la originaria, aunque está tapada con forro especial para suelos. La Junta Vecinal de Lumajo, presidida por Montserrat Riesco, tiene intención de restaurar este edificio y darle un destino turístico como un pequeño museo, «porque en Lumajo también tenemos muchas cosas buenas», apuntan desde la Junta Vecinal. Podría ser interesante la idea de dedicarlo a los vaqueiros de alzada y la trashumancia, dos cosas muy arraigadas en Lumajo, o un lugar perfecto para exponer la gran colección de fósiles de animales marinos que aun pueden encontrarse en los montes del lugar. Algunas otras edificaciones y vestigios históricos sufren el mismo estado que todos los anteriores. La capilla de la Cofradía de las Ánimas, en San Miguel de Laciana, fue convertida hace años en carbonera y ahora permanece como un pequeño vertedero a la orilla de un camino. Las Escuelas Graduadas de Villablino, edificadas en 1935 en plena II República, fueron cerradas hace unos años y desde entonces muchas de sus aulas y patios se han convertido en un auténtico y penoso vertedero. Los cristales de las ventanas están en su mayoría rotos, el mobiliario de las aulas ha sido destrozado y la imagen que el lugar ofrece deja mucho que desear. La estación ferroviaria de Villablino fue cerrada en 1980, cuando el tren correo dejó de realizar sus diarios viajes desde Villablino a Ponferrada y desde Ponferrada a Villablino. Las históricas máquinas de vapor que durante décadas surcaron las vías a la vera del Sil se encuentran en un descampado de Ponferrada, en peor estado de conservación cada día. La Escuela de Sierra y Pambley de Villablino aún guarda en sus aulas pupitres y diverso material escolar, aunque parece ser que pronto se va a llevar a cabo en ella una profunda y costosa restauración para convertirla en residencia veraniega de estudiantes. Y la lechería de Villager de Laciana, fundada a comienzos del pasado siglo por Marcelino Rubio, aun conserva en su interior la mayor parte de su mobiliario, una maquinaria histórica digna de ser expuesta en un museo. Así permanece la mayor parte de nuestro patrimonio, esa fuente inagotable que es, en definitiva, nuestra historia y que nos ofrece muchísimas posibilidades para explotarlo. Seguramente, aun está esperando que alguien se dé cuenta de que queda tiempo, aunque quizá la semana que viene será tarde para recuperarlo.

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