Cuando el amor hace historia
El escritor y periodista Carlos G. Reigosa analiza el impacto en la sociedad española del enlace matrimonial entre el príncipe Felipe y doña Letizia y realiza un perfil del heredero a la Corona.
Es una boda destinada a pasar directamente a la Historia, es decir, a esa magna narración en la que se guarda la memoria de los pueblos y que según Carlyle es la verdadera poesía. La ceremonia matrimonial que se celebrará el próximo 22 de mayo en la catedral madrileña de Nuestra Señora de la Almudena tiene ya un espacio reservado en los libros de Historia de nuestro porvenir colectivo. Ese día, Felipe de Borbón, el Príncipe heredero, y Letizia Ortiz Rocasolano contraerán nupcias y darán los primeros pasos como futuros Reyes de España. Nada menos. Habrá llegado así ante el altar un amor que empezó a fraguarse en el otoño de 2002, que se consolidó en la primavera-verano de 2003 y que fue hecho público por la Casa Real -con el anuncio del compromiso matrimonial- el 1 de noviembre de 2003. Dos días después, el príncipe Felipe de Borbón y su prometida comparecían ante los medios de comunicación como partícipes de un profundo amor y muy satisfechos de comunicar personalmente su compromiso. Al acto no le faltó solemnidad, pero tampoco espontaneidad y unas buenas dosis de complicidad entre ellos. Setenta y dos horas después, el 6 de noviembre, se celebró la tradicional petición de mano en el Palacio del Pardo. En sólo seis días, el Príncipe de Asturias, al que amablemente se le reprochaba su aparente querencia por la soltería (había cumplido en enero los 35 años), se había convertido, de súbito e inesperadamente, en el heredero de la Corona que anunciaba su boda para «comienzos del verano de 2004». Tanto habían cambiado las cosas. Tan de repente. Y todos empezamos a familiarizarnos con la nueva realidad. Con la realidad de un príncipe del que lo sabíamos casi todo y una joven periodista cuyo rostro nos era extraordinariamente familiar por ser la presentadora del Telediario 2 de TVE, al lado del entonces director de informativos Alfredo Urdaci. Desde el momento en que se conoció la noticia, los medios calificaron de «acierto» la elección del príncipe y subrayaron el perfil profesional de Letizia, su formación intelectual y su cercanía a la actualidad. TVE no se lució especialmente ocultando en las primeras informaciones su matrimonio civil en 1999 con el profesor Alonso Guerrero Pérez, del que se divorció un año después, pero en general las informaciones y los editoriales acogieron muy favorablemente la decisión y subrayaron que contraer matrimonio con una joven de la clase media española, sin vínculos con la aristocracia, era un signo de la evolución europea, en la que muchos herederos reales ya habían tomado como esposas a personas que no eran de sangre azul. El diario monárquico Abc , en un editorial titulado «La elección del heredero», afirmaba que en España ya «no hay sectores ni clases sociales estancos que pudieran considerarse limitativos de las relaciones posibles del Heredero», y zanjaba toda posible reticencia señalando que «desde este momento sobran los juicios retrospectivos sobre una persona que, ante todo, ya representa el futuro. Un futuro compuesto, el suyo y el de España, por lo que le es exigible que lo asuma con toda ilusión personal y también con toda la dignidad del sentido del deber». Otros periódicos resaltaron que la futura reina era una mujer muy representativa de nuestro tiempo: joven, profesional, independiente y con experiencias personales y laborales comunes a las de millones de compatriotas. La Vanguardia saludaba favorablemente el anuncio porque «pone término a una larga especulación sobre el futuro del heredero de la Corona española», y aseguraba que la boda real «será un acontecimiento político que tendrá una excepcional importancia». Entrevista en La Zarzuela Ante ese acontecimiento estamos ahora. Y éste es quizá el momento de hacer una referencia por separado de los contrayentes. Con el príncipe Felipe tuve la oportunidad de compartir una larga entrevista que le concedió a la Agencia EFE en el Palacio de la Zarzuela a finales de enero de 1993, cuando iba a cumplir veinticinco años. No la olvidaré fácilmente porque, durante más de una hora, no perdí detalle de sus palabras ni de sus gestos, que revelaban unas profundas convicciones, expresadas con sencillez. Lo he escrito en alguna otra ocasión: aquel joven que tenía delante se manifestaba consciente de sus obligaciones como heredero de la Corona, expresaba su deseo de reinar en una España sin terrorismo, pedía a los medios de comunicación una responsabilidad compatible con la demanda informativa y confesaba su deseo de hacerlo bien y de poner su experiencia al servicio de los demás. Asimismo, desvelaba un temor: «Me asusta reflejar una imagen de 'príncipe perfecto': eso me lo pone muy difícil, prefiero ir gradualmente». Pero lo cierto es que proyectaba una imagen de gran sentido de la responsabilidad y se mostraba cómodo y seguro en su papel: «Lo importante es acostumbrarse, saber lo que estás haciendo, valorarlo y que te guste, porque, si estás incómodo en tu situación, no vas ni a disfrutar ni a valorarlo, ni, desde luego, a hacerlo bien». Han pasado once años desde entonces, el Príncipe ha cumplido 36, hace ya un lustro que ha terminado su período de formación -un período muy completo, con EGB y BUP en colegios españoles, COU en Toronto, estudios en las Academias Militares, licenciatura en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid y Master en Relaciones Internacionales por la Universidad de Georgetown (Washington)- y ahora comparece ante nosotros como lo que es: el príncipe mejor preparado de nuestra Historia. Y el mejor preparado de Europa. Su tutor canadiense, Richard Hayman, dijo que tenía «una gran clase y una genuina humildad». El rector de la Universidad de Georgetown, Leo O'Donovan, lo definió como «inteligente, responsable, muy natural y un magnífico estudiante». La periodista Nativel Preciado amplió el ramillete de calificativos de sus profesores estadounidenses: «cauteloso, paciente, receptivo, trabajador, discreto, responsable, exquisito en el trato, muy disciplinado y tal vez excesivamente maduro para su edad». Carmen Rigalt, en una semblanza de 1996, apuntó que «la sonrisa es lo mejor del Príncipe, y en ella se apuntala esa imagen que algunos no han dudado en calificar de cautivadora». David Summers, en su día cantante de Hombres G, joven de la generación del Príncipe, quizá hablaba en nombre de ésta cuando dijo que admiraba «su capacidad de trabajo, la amplia formación adquirida en diversos campos, su espíritu deportivo y la estupenda imagen que proporciona a la Corona». Alto y buen deportista, el Príncipe es consciente de la estima popular de que goza, pero, como ha declarado en varias ocasiones, «lo importante es merecerlo, ganarse día a día ese afecto y ese cariño, no por el mero hecho de ser Príncipe de Asturias, sino por el esfuerzo personal, por la dedicación constante al servicio de España». Enero del 68 Treinta y seis años han pasado desde que el entonces príncipe Juan Carlos exclamara en la madrileña clínica de Loreto: «¡Es un niño!». Era el 30 de enero de 1968, el año de la primavera de Praga y del mayo francés. Poco después, el feliz padre comentaba a los periodistas: «Ha pesado 4,3 kilos y mide 45 centímetros. Es rubio y tiene los ojos azules. Desde hoy, España tiene un servidor más». Había nacido Felipe de Borbón y Grecia. En 1977 recibió los atributos acreditativos de Príncipe de Asturias y en 1986 empezó a ejercer como heredero de la Corona. Pero en medio le tocó vivir una noche intensa e inolvidable: la del 23-F (intento de golpe de Estado). Y la pasó al lado de su padre, el Rey, en el despacho de éste en el Palacio de la Zarzuela. Cuando todo concluyó felizmente, al día siguiente, Juan Carlos I se volvió hacia su hijo y le dijo: «Para que veas lo difícil que es ser Rey». El magisterio continuaba, pero aquella lección había terminado... Un historiador dijo que lleva en sus venas la Historia de Europa, y no ha exagerado. Desciende de todos los linajes reales españoles, así como de la casa real de Francia por la línea de Felipe V, primer rey Borbón de España, y entronca, por medio de su bisabuela la reina Victoria, con la dinastía reinante en Gran Bretaña. Por parte materna, está emparentado prácticamente con todas las dinastías soberanas germánicas. El Príncipe es consciente de esto cuando afirma que «la monarquía es una memoria histórica acumulada que tiene la ventaja de poder aprenderse en casa». Una becaria llamada Letizia Hablar ahora de Letizia Ortiz, a la que vi pasar por EFE como becaria inquieta en el área de información internacional y como prometedora presentadora de Bloomberg TV, es sólo aparentemente más sencillo. A menos de un mes de los «sí quiero», es una joven atareada en los preparativos de la boda: visitas al taller de Manuel Pertegaz en Barcelona (donde se confecciona su vestido de boda, con más de 20 metros de seda de color marfil del valenciano de Rafael Catalá), a la catedral de la Almudena (donde el arquitecto Ignacio Vicens y Hualde prepara la decoración del templo), etc. Porque tanto ella como el príncipe quieren que todo salga perfecto. Y Letizia Ortiz es una persona cuidadosa, tenaz, pendiente de los detalles, con capacidad de organización, exigente, hermosa. Una mujer de 31 años (nació el 15 de septiembre de 1972 en Oviedo) que se prepara para reinar. Su historia no es precisamente palaciega. Se inscribe en esa clase media española, felizmente abundante, en la que es posible satisfacer una vocación porque se dan las circunstancias para adquirir la formación necesaria. La vocación de la prometida del príncipe ha sido el periodismo, y lo ha sido con claridad y con probada abnegación y acierto. Probablemente no estamos ante la luminaria profesional que han querido pintar Alfredo Urdaci y otros colegas que se deslizaron por el tobogán de una campaña innecesaria, pero sí ante una joven promesa del periodismo que en 2001 obtuvo el Premio Larra, que otorga la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) al periodista menor de treinta años que más se haya distinguido durante el año, y que desde el año 2000 trabajaba en TVE. Con treinta años presentaba el Telediario 2. En este tiempo fue enviada a diferentes puntos del mundo para informar de acontecimientos de máxima actualidad: desde las elecciones estadounidenses de noviembre del 2000 hasta la guerra de Irak (2003). Y siempre cumplió con rigor y eficacia. Sobre su carácter se ha dicho casi todo: trabajadora, deseosa de aprender, divertida, solidaria, también ambiciosa, etc. Es imposible anotar todos los calificativos o las descripciones que atiborran los miles de páginas que le han dedicado y le siguen dedicando en periódicos, revistas, libros, internet y en todos los demás medios de comunicación. En este sentido, Letizia se ha convertido también en una extraordinaria protagonista de esa realidad mediáticamente exacerbada en que vivimos. Y no podía ser de otra manera. La información es hoy el núcleo de una nueva forma de estar y de concebirse en el mundo. Y esa imagen resultante es casi incontrovertible. Por eso Letizia ya es como los españoles la vemos: como Alteza Real, que éste será su tratamiento después de la boda, ya convertida en princesa de Asturias. Detrás quedan sus años de estudios en el colegio público La Gesta y en el Instituto Alfonso II, de Oviedo, y en el Instituto Ramiro de Maeztu, de Madrid. Detrás queda también su licenciatura en Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, su Master de Periodismo Audiovisual y la ampliación de sus estudios de Doctorado en México, donde trabajó en el diario Siglo 21 . Detrás queda asimismo su trayectoria profesional acreditada en medios de comunicación como La Nueva España , Abc , EFE, Bloomberg, CNN Plus y TVE. Es su pasado. ¿Un pasado cualquiera? Ya no. Es justamente el pasado de la futura reina de España. «No empujen» Con el anuncio del compromiso matrimonial el 1 de noviembre de 2003 se cerró también uno de los capítulos que más líneas había consumido sobre Felipe de Borbón: el que aludía a su prolongada soltería y que revelaba una irrefrenable «pasión española», cada vez más acuciante, por conseguir que se casase. El heredero había reiterado que era «muy consciente de que en una monarquía el matrimonio -y la procreación- es consustancial con la propia institución», pero añadía que «sería un error» considerar esto «como un mero paso formal o constitucional». En una ocasión bromeó con unos periodistas que lo atosigaban: «No empujen». No había llegado todavía la hora, y cuando llegue, dijo entonces, «me atendré a lo que establece específicamente la Constitución». La hora ha llegado, ahora sí. La del Príncipe y la de Letizia. La del amor. La de los futuros Reyes de España. ¡Suerte, para ellos y para España! En el libro de nuestra Historia se escribirán unos renglones más, esta vez de amor. Feliz ocasión. Bienvenida jornada.