LA OBRA
Tan útil como la caña y el sedal A propósito del libro de Tomás Gil Un río de saberes

DL
|||| La Enciclopedia de las moscas para la pesca constituye una inestimable ayuda para el pescador porque no hay en él una sola letra de más: todo el contenido del libro está encaminado hacia la utilidad, hacia la puesta en práctica de saberes, trucos y consejos cien veces comprobados por su autor, un hombre que ha dedicado su vida a escudriñar los secretos del universo de la pesca, un universo bastante más amplio de lo que el común de la población se cree. Tomás Gil conoce y domina todos los estratos y todos los capítulos del gran libro de la pesca: cría y protege los gallos que proporcionan las mejores plumas del mundo para la elaboración de moscas artificiales; crea los señuelos apropiados para cada tipo de cauce, captura, clima y condición atmosférica; es pescador de raza, avezado en los ríos de media Europa; y, por fin, es un divulgador que domina el lenguaje de la amenidad, el rigor y la concreción. Todo ello esta en el libro; en apenas 240 páginas se hallan comprimidos los saberes de una vida: especialmente los más útiles de cara a enfrentarse cada mañana con el río una vez levantada la veda: tenemos un completo catálogo de moscas secas y moscas ahogadas, una guía para montar los dos tipos de señuelo paso a paso, una «semblanza» del animal simbólico de León, el Gallo, una serie de consejos prácticos para pescar, unos breves pero divertidos recuerdos de infancia e iniciación, y una «aproximación al río» para acercarse con respeto, curiosidad y cariño a este surtidor de vida en múltiples formas y aspectos. Desde que Juan de Bergara imprimiera en Astorga en 1624 su «libro para adereçar y adobar plumas para pescar truchas», quizá ningún otro volumen leonés vaya a solucionar tantas dudas y a aclarar tantas incertidumbres como éste; sus virtudes pasan por ser apreciablemente concreto y respetablemente exhaustivo. Es decir, que a la espera de que el autor acabe dos libros más, como son Tomás Gil te invita a pescar e Historias de un viejo pescador, Esta Enciclopedia lleva camino de convertirse en un elemento imprescindible (tanto como la caña, los anzuelos y el bocadillo) para disfrutar de un día de pesca de los buenos. |||| Hace algunos años en uno de los Encuentros de La Rioja, donde acude medio mundillo piscatorio a los piscolabis que allí se obsequian, se me acercó un individuo flaco semijorobado, de perfil y andar inolvidables. Se sentó enfrente de mí en la mesa y, frunciendo el ceño varias veces antes de hablar, me dijo: -¿Te acuerdas de lo que declaraste últimamente en la TV? -¿A qué te refieres? -Pues en Canal Campero, cuando te preguntaron lo que opinabas de los pardos de León dijiste que las plumas no te importaban un carajo, que sólo mirabas por el volumen, el color y la presentación de las moscas. -No exageres, no lo habré dicho tan crudo, pero ¿por qué me lo vienes a comentar ahora con tan mala leche? -Porque soy criador de gallos en La Cándana y con tu declaración me echaste el negocio abajo. Esta contundente crítica del que seguía frunciendo el ceño, ya sin hablar, me dejó totalmente flipado . Por primera vez en mi vida, ya que hace poco que salgo a las venenosas pantallas, comprendí que dirigirse a un público no es lo mismo que hablar en pequeño comité. Ayudados por los chupitos de orujo (que bajaban que daba gusto) hubo un gran momento de emoción y casi me saltaron las lágrimas al darme cuenta de que a este pobre hombre podía haberle perjudicado sin querer; empero, como el de enfrente tenía, y tiene, un buen corazón, finalmente los que podían terminar enemigos acabaron amigos. Siempre me ha sorprendido este tipo de fenómeno, el que se puedan voltear inesperadamente ciertas situaciones extremas de la vida como un río cuando se atempera después de una violenta chorrera. Mi nuevo amigo se llamaba Tomás Gil y como prueba de su benevolencia me regaló su libro sobre las moscas ahogadas. Los médicos cuentan que manosear plumas de pájaro y otras aves suele contagiar enfermedades y hace falta tomar serias medidas asépticas. Por lo que yo sé no le achaco a Tomás ninguna dolencia de este tipo aunque, desgraciadamente, no pudo controlar otra enfermedad de la misma calaña, la que consiste en coger la pluma de escribir tan pronto como se deja la de los gallináceos. El resultado actual es este libro que nos reúne aquí y se parece, en efecto, a una Enciclopedia de las moscas para la pesca . Digo que se parece a este tipo de obra porque para mí, humilde servidor de San Pedro, no es una enciclopedia sino una auténtica eclosión masiva de moscas. Los mosqueros nos quejamos siempre de que se ven cada día menos mosquitos sobre los ríos pero si, en contadas ocasiones, acontece una eclosión masiva, en el Esla por ejemplo, no sabemos qué artificial poner. Entre las soluciones existe la posibilidad de sacar del chaleco acordeonista el librillo de algún maestrillo y, si tenemos suerte, dar con la imitación que, precisamente, no tenemos en nuestras cajas de las mil y una moscas, o bien, segunda solución, atrapar un insecto de cualquier manera, muchas veces a nado por los ríos leoneses que patinan a placer. Mientras lo observamos e intentamos saber si es hembra o macho ya que, según dicen, los peces prefieren las hembras y en ello coincidimos, se termina la eclosión, y otra vez, bolo . La gran ventaja del libro de Tomás es que es una eclosión permanente y estable, seriamente referenciada, de iconografía cuidada que podremos estudiar a cualquier momento, o utilizar, como una herramienta más, en nuestra mesa de montaje. Luego iremos a los ríos un poco más sabios, tal vez mejor preparados para lanzar, en función de la época o del estado de las aguas, o del color del cielo, lo que las truchas quieren aquel día, sabiendo que nunca queda bien claro, como en el caso de otros animales vertebrados. Entre los insectos que eclosionan en este libro me fascinan algunos por el misterio poético de sus nombres. Las Ninfas de Topo, el Gusarapín Amarillo, el Diábolo Negro, el Tricóptero Liebre Indio, la Extendida Tostada, el Nazareno Pardo y el inesperado Vino Burdeos no son más que unos ejemplos de esta especial colección. Otros nombres son francamente estrafalarios como la llamada Efétrica que presume de ser un mortífero híbrido de efémera y tricóptero. No quiero imaginar el suplicio que habría de ser para la etérea hembra el aguantar el acoplamiento con el pesado macho. Menos mal que es una mosca de fantasía de la que me niego a creer que ha sido sugerida por alguna realidad animal o humana. Sin querer hablar de fallos u omisiones, pero sabiendo que la gran mayoría de los mosqueros no se harta nunca de papar moscas, yo le aconsejaría a nuestro amigo Tomás que para una segunda edición se acordara de alguna hormiga alada conocida en todo el planeta, Planeta Mosca por supuesto. También convendría citar la espeluznante Pie de Río que se monta sin torno con escaso material y muchos dedos. Como novedad le sugeriría la Pico de Loro, que podría ser la llave de algunas peliagudas situaciones de pesca. Se montaría con las plumas verdes y amarillas del loro que Tomás y familia tienen en el salón de su casa, un loro atípico que siempre te observa entre dormido y agresivo, enjaulado y prepotente. Cuentan que habla un español correcto, sin embargo, a pesar de mis insistencias, sonrisas y melindres, no conseguí entablar la conversación. Lo único que oí de él cuando, vencido, le di la espalda fue: «A tomar por culo». Creo que los que van a visitar los gallineros de La Cándana no se pueden perder una entrevista con el lorito, esperando, tranquilamente sentados en el sofá del salón, que aquel impresentable bicharraco pronuncie lo que alguien le habrá enseñado y desplumando, mientras tanto, las doscientas cuarenta páginas de la, ya ínclita, Enciclopedia de Tomás. |||| En el principio fueron los ríos; y en estas postrimerías, los ingenieros, que los llaman «unidad hidráulica». En el principio fue el torrente y la trucha; hoy menguan el caudal y los peces de este milagro que un día nos pareció eterno. En el principio fue el varal, el bramante, la tanza y un anzuelo que era primor tosco de herrería de pueblo. En el principio fue la moruca y el saltipajo, pero vino después un siglo de ingenio y plumas, anzuelos vestidos de seda, hijos y fiesta del brillo del gallo, siglo que quedó consignado para el asombro de venideros en el célebre Manuscrito de Astorga, el primer vademécum de la mosquitería volante y pescante, el primer compendio del arte del señuelo que alumbró esta tierra de los cien ríos y la experta paciencia del pescador sagas que hizo ciencia de sus observaciones. En el principio fue el Manuscrito de Astorga; y en estos presentes, la Enciclopedia de las Moscas de Tomás Gil, compendio recrecido de los viejos y nuevos saberes. Tomás ha logrado con este volumen engarzar otro eslabón en la larga historia de la pesca en León, inventariar lo transmitido por la tradición y recrear lo aprendido, que no es poco, si se observa la difícil triple condición que presenta como pescador, artesano y criador, tres observatorios que le confieren una visión catedrática del asunto, así que puede decirse que nos encontramos ante una obra excepcional, un completo catálogo de la microfauna con alas que aquí se viste de artificio deslumbrante, una obra casi definitiva, pues el autor deja en ella unas puertas abiertas a nuevos convites de saberes e ingenios. En el principio fueron los ríos; y en estos momentos, el miedo de perderlos y la esperanza de volver a soñarlos. Este libro de Tomás Gil es buena escalera para este sueño, pues late en él la pesca de astucia y el pacto por la vida antes que la vieja obsesión de colmar la cesta con carne de escama; late en él y luce otro entendimiento de la pesca y del río en el que los ojos y la mirada curiosa son la principal caña del pescador cabal que al zurrón de su jornada va echando: un recodo, un paisaje, una charca, la vieja presa, una interminable pajarada, ese azulón que engulló el espadañal, esa hoguera en la pedrera, un puente cojo, un viejo lecho con pozas y raseras, una aliseda antigua que grapa los márgenes, un amigo nuevo que nos presentó la orilla, un bocadillo compartido, un soto espeso con bardal de sauce palero, fresno y humero... y un retablo de moscas y mosquitos que preñan el aire como una sopa con alas. El pescador que sabe leer esta sopa aprende a escuchar y leer los latidos de la vida y sus señales. Y si ya no ve en ellas saltonas, sarnosas, palometas o pardones, es que por ese río pasó antes que él un ingeniero poniendo fajas y escolleras a la libertad del agua y al capricho calculado con el que escribe la Naturaleza sus impulsos. Así que los ojos también pescan. Y los de Tomás Gil, de qué forma. He aquí el resultado. Este libro ha pescado por nosotros lo que se lee en el aire y lo que se intuye emergente en el agua. Aquí está descrita la multiplicidad del milagro, una vidriera viva de mil formas y colores. Y así, esta enciclopedia se convierte por sí misma en un río de saber.