Diario de León

Las entrañas y los secretos de la mina Un futuro incierto «Lo importante es saber qué va a pasar el año que viene»

Una mañana en la planta 190 del Pozo Aurelio de La Vasco desvela el duro día a día de los mineros del carbón, una profesión que lucha por su supervivencia Antonio del Valle | Pertenece a una saga de patronos mineros y acaba de llegar a la presi

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J.A.O. | texto
León

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JOSE ANTONIO OTERO | textos JESÚS F. SALVADORES | fotos Cada vez menos y nada que ver con aquel arquetipo de rudos, e incluso pendencieros, que durante años y aún un poco ahora pesa sobre ellos. Los mineros leoneses siguen bajando cada día a la mina para extraer de las entrañas de la tierra la única materia prima energética que existe en España, más allá de los insuficientes saltos de agua, parques eólicos o paneles solares. Un carbón que nutre las térmicas a razón de cinco millones de toneladas anuales en la provincia de León, cuyas cuencas aunque poco creyentes en lo religioso rezan para que siga siendo fuente de empleo y sostén de una economía de la que depende totalmente: sigue sin haber y, lo que es peor, sin vislumbrarse cualquier tipo de alternativa. Ni el manido turismo rural, ni una ganadería que están abandonando los pocos que viven de ella porque está también en reconversión y en crisis, ni tampoco las escasísimas industrias que llegan de fuera son un atisbo de esperanza para un futuro que no pase por seguir picando carbón cada día a decenas de metros de profundidad. Seis o siete de la mañana. Autobuses y coches particulares empiezan a desfilar por la mejoradas pero aún viradas carreteras de las cuencas, camino de las empresas. 4.500 hombres de todo el norte montañoso de la provincia se desplazan todos los días por ellas para sumergirse en las bocaminas, a decenas de metros de profundidad, en unos pozos que cada vez tienen menos que ver con aquellas imágenes que todos tenemos en la mente de frentes inclinados y angostos, de poco más de medio metro de altura. Las cuencas, sus gentes, los mineros, sus familias, han cambiado. Hoy la mina ya no es el maná de las zonas carboneras. Apenas hay perspectiva de empleo alguno, lo que repercute no ya en la economía de las cuencas, también en la demografía. El carbón sigue siendo la principal industria de León, pero lleva dos décadas yendo lenta, paulatina e inexorablemente a menos. Cada día entran menos hombres a los pozos, cada vez hay menos tajos, y trabajadores y patronos viven en vilo, pendientes de qué decisiones se van a adoptar en Bruselas, en Madrid y en Valladolid, de que se cuente con ellos, con sus explicaciones y sus casi ya lamentos; de qué va a ser de ellos, de sus vidas, de sus familias; de que si no se les tiene en cuenta se van a ver obligados a una diáspora: a abandonar todo lo que tienen, su casa y su vida. A pesar de todo, la luz de las lámparas continúa encendiéndose cada mañana para los más de cuatro millares de mineros que horadan las entrañas de las montañas leonesas en busca de la antracita y la hulla. La somnolencia va desapareciendo al mismo tiempo que se descuelgan la funda, los guantes y las botas puestas a secar el día antes en las perchas que cuelgan de largas cadenas en las duchas. De ahí a la lampistería, a recoger la luz que iluminará la dura jornada que queda por delante. Después, ya entre las primeras bromas, a la jaula que los llevará a decenas de metros de profundidad, a buscar el oro negro que luego será electricidad y después comodidad en los hogares o energía para las industrias. Aún no son las nueve de la mañana. Después de recorrer un buen tramo a pie por galerías angostas -nada que ver con aquellas por las que había que ir casi siempre agachado a la luz del candil, con el espacio justo para el mulo y la vagoneta- llegan al frente, hasta el taller. Cada uno retoma la labor que dejó el día anterior. Unos en la cabeza del pánzer, la cinta transportadora que a ras de suelo recoge el carbón arrancado en los frentes y lo lleva a las cintas que lo sacan a la calle. El resto se van distribuyendo por la galería, para avanzarla, postearla, mantenerla; y por los talleres del frente. Allí están los picadores, los sutiradores, los barrenistas, los entibadores, los ayudantes... Ellos se reparten la labor de extraer el mineral, avanzar el frente y hacer además que el lugar de trabajo sea seguro, que no haya derrabes y hundimientos. Santa Bárbara Lo primero que sorprende al entrar en el pozo Eloy Rojo de la Hullera Vasco-Leonesa es encontrar una urna acristalada e iluminada con la imagen de la patrona de los mineros, Santa Bárbara. El jefe técnico de Seguridad de quizá la compañía minera con más solera la provincia acompaña a dos periodistas, grisuómetro en mano, durante la visita al pozo: los flash de las cámaras de fotos pueden provocar la explosión del temido gas grisú, el metano que a veces se concentra excesivamente entre el carbón. Las normas de seguridad en las minas son extremas: no se fuma, no se bebe, hay teléfonos, luces, sirenas y advertencias cada pocos metros; todo un lenguaje de señales que cada trabajador se sabe al dedillo y entiende, que coordina el trabajo y que impide accidentes. Sin un guía, cualquier profano que entre en una explotación carbonera no sólo se perdería: a los pocos minutos acabaría recibiendo un golpe fatal, desplomado por un pozo o engullido por un pánzer, el un canal metálico de medio metro de ancho, situado sobre el suelo, por el que se arrastra mecánicamente el carbón desde el frente por las galerías secundarias hasta la principal, a las cintas que lo sacan a la calle. Desde la boca del pozo al frente pasan tres cuartos de hora. La Vasco explota la capa Pastora, una veta de carbón de entre 30 y 130 metros de potencia -anchura-, con un grado de inclinación sobre la horizontal de la superficie de unos 30 grados de media. Para «cortar» la capa se han calado varios pozos verticales, los que parten de debajo de los conocidos castilletes desde los que bajan las «jaulas», los ascensores por los que entra el material y los productores, en los que se hacen la foto los personajes públicos que retratan los medios de comunicación vestidos con una funda impoluta, un casco blanquísimo y guantes y botas nuevas cuando bajan a conocer la mina; casi el mismo estado que presentan cuando salen y que contrasta con esos rostros negros y extenuados, esa ropa sucia y mojada que sacan los mineros del tajo cada día. De ellos van partiendo galerías, amplias aún e iluminadas por fluorescentes, por las que se escuchan ruidos huecos. Se atraviesan puertas, que sorprenden al extraño a más de un centenar de metros bajo tierra. La explicación: controlan y dirigen la ventilación primaria, «la mejor» según los técnicos y los mineros, la corriente de aire que ventila los tajos y que en no pocos sitios es asistida mecánicamente. Caminamos por la «galería de techo». En la mina, al contrario que en la calle, el techo es la zona inferior de la capa. Por ella se llega al «pozo de muro», tras atravesar la veta sin verla (el abundante posteo metálico y la tabla que refuerza todo el túnel lo impide). El muro tampoco es el lateral -que aquí se llama hastial- sino la parte superior de la veta de carbón. El lugar ya es más angosto, menos iluminado, y por primera vez se aprecia el mineral, por encima y a los lados, mientras se baja al nivel de 190 metros de profundidad, en el Pozo Aurelio del Valle. Se alcanza allí la «estaya», «estaja» o «realce» (un mismo lugar al que se denomina de distinta forma según la cuenca de que se trate, Bierzo, Laciana o Norte): por fin se ha alcanzado el taller, el tajo. En La Vasco se explota por sutiraje. La gran potencia de la capa Pastora, su espesor extraordinario, impide que el método sea el más conocido por todos, el que se usa en el resto de las minas leonesas, donde la potencia va de los 50 centímetros a doce o quince metros. En el Bierzo o Laciana se pincha la capa y se explota toda su potencia de una vez, utilizando su inclinación para ayudar a que el carbón caiga o se desplace por el pánzer hasta la galería con menos dificultad. En estas cuencas los tajos son inclinados, en función de los grados de la capa, y picadores y barrenistas llevan generalmente un frente completo de muro a techo de la veta, mientras los estempleros -este es su oficio- recuperan las puntalas hidráulicas y los posteos y vigas metálicas tras el avance del frente de extracción. En el de sutiraje, nos explican, los mineros abren una galería de unos dos metros de altura tanto por el muro como por el techo de la capa; la postean y aseguran y abren una «estaya» que comunica a ambas. La que visitamos tiene 35 metros. Este sistema permite lograr la ventilación primaria, que entra por la galería de muro y sale por la de techo: en cuanto se llega a esta última el aire es más irrespirable y polvoriento, como denso. En el tajo Estamos en el frente. El lugar es angosto, de dos metros de altura y cuatro de ancho. Los picadores avanzan el frente con martillos neumáticos, pesados, que vibran indomables cuando se aprieta el gatillo para romper el macizo de carbón. Han de sujetarlos con una sola mano, mientras la otra vigila que el mangón que trae el aire de los compresores desde la calle no se suelte. Tras ellos, una calle estrecha sobre la que descansa el pánzer -que avanza con ellos- y una llave de puntalas que sujetan pesadas vigas de hierro que sustentan la capa; bien retacados con madera, tablas que cubren los huecos para reforzar el posteo y cubrir los huecos. Sobre ellos hay más de una decena de metros de carbón, hasta la planta superior. Y varias más hasta el lugar en que aflora la capa a la superficie. Se pueden desplomar y todo afianzamiento es poco: hay que evitar el temido derrabe, o el deslizamiento de los mortales costeros, los grandes bloques de carbón o roca que forman la capa. Tras los picadores avanzan los barrenistas, verdaderos especialistas en realizar detonaciones y voladuras controladas en un lugar angosto y peligroso como la mina, capaces de calcular y roer a la veta lo justo para que el carbón caiga por sí solo, que se ablande y no haya que picarlo, que la extracción sea más fácil y rápida. De ello dependen los sutiradores, los especialistas en hundimientos controlados. Su labor consiste en que la decena de metros de carbón que hay sobre ellos, casi hasta el nivel del piso superior, ya explotado, vayan «bajando» hasta el suelo, para palearlo al pánzer; todo al ritmo justo para salvaguardar la seguridad y que las cintas no paren de llevar el carbón a la calle. Un carbón que es menos cada año; como menos son los mineros y las minas de las que durante un siglo ha vivido media provincia de León. La incertidumbre es una constante desde hace ya dos décadas en el sector del carbón. Pero se ha acentuado en el último año y medio. La nueva normativa europea sobre ayudas públicas obliga a nuevos recortes. Desde 1998 hay menos de la mitad de trabajadores y las industrias se han concentrado en poco más de tres grupos empresariales. Unas han cerrado y otras se han vendido ante la imposibilidad de reducir por sí solas costes, que son menores en compañías mayores por poder aprovechan mejor lavaderos, servicios administrativos o aprovisionamiento de suministros. No obstante, se ha declarado estratégico para el abastecimiento energético nacional un cupo de producción que habrá de fijar el Estado en otoño. Siguen siendo imprescindibles las subvenciones para sostener la minería, dada la imposibilidad de igualar el precio del mineral que se trae casi siempre de países del tercer mundo para generar electricidad. Y hasta Bruselas ha de reconocer la dependencia de este monocultivo económico en territorios donde un cierre total sin reindustrialización sería la ruina. ¿Qué tocará a León? Con 49 años, Antonio del Valle Alonso acaba de llegar a la presidencia de la Hullera Vasco Leonesa. Sustituye en el cargo a su padre, que lo ocupó los últimos tres decenios. Forman parte de una saga de empresarios mineros en León que tiene una solera de más de medio siglo y que mantiene la minería en la cuenca Norte, la Montaña Central. A pesar de la satisfacción del reto al que se enfrenta, las nuevas incertidumbres que acechan al carbón le impiden ocultar su preocupación sobre el futuro. -Hace mucho hincapié en sus últimas intervenciones públicas en la indefinición política de la Administración para con el sector. -Lo que estamos pidiendo es que se diga cuanto antes cuál va a ser la política carbonera en España. Necesitamos que se defina el plan de acceso a las reservas estratégicas o qué criterios se van a seguir para fijarla. Mientras tanto las empresas tienen que tomar decisiones importantes sobre inversiones o empleo. El tiempo acucia. Si no se definiera, ninguna empresa va a invertir y las minas morirían poco a poco. -¿Cuanto puede aguantar La Vasco esta incertidumbre? - Si no se invirtiera, tres o cuatro años. Y hay que hacerlo constantemente, en infraestructuras y equipos. Las inversiones mineras son caras y de larga ejecución. Por planta que se prepara hablamos de entre 18 y 20 millones de euros; y se necesitan cuatro o cinco años de preparación, que darían para otros ocho años. Pero el proceso tiene que ser continuo. - Otra preocupación que habéis manifestado es el nivel de ayudas. - Hay que definir dos cosas. Primero cuánto carbón se quiere producir, que ha de estar en concordancia con cuánto necesitan las centrales térmicas. Ahí está el Protocolo de Kioto y el sistema de comercialización de las emisiones contaminantes. Y luego qué ayudas. Estamos llegando al suelo que podemos soportar. Las ayudas públicas que recibe la Vasco son de las menores de toda España, con mucha diferencia. No se puede exigir lo mismo a todos. Tendrán que reducir producción y ayudas, o cerrar, los menos eficientes. Esa es la política que tiene que definir el Gobierno para la reserva, si serán criterios sociales, regionales, económicos, una mezcla de ellos... Eso es lo que pide el sector. -¿Qué coste por tonelada tiene ahora la Vasco y qué parte es ayuda? - Sobre 72 euros. La ayuda pública puede representar casi el 45% de nuestros ingresos. Hemos logrado una eficiencia mucho mayor con el Plan del carbón. Pero desde 1998 hemos dejado de ingresar en subvenciones más de 36 millones de euros. Y el precio que pagan las térmicas también es inferior. Estamos al mismo nivele de ingresos que en 1997. El IPC creció el 17% y el resto de productos por encima del 10%; nuestro diferencial con el IPC es de más de 18 puntos. - Las minas han perdido su mejor capital humano vía prejubilaciones. Mantiene que las plantillas no se pueden apurar mucho más, y que no hay mano de obra cualificada. - Siempre hemos estado en contra de las prejubilaciones, porque queremos mantener el nivel de producción. Y estamos perdiendo la gente con mayor experiencia: cuando podrías sacarle el mayor rendimiento se te marcha. Esto está trayendo problemas en la mina, de gente con poca experiencia, muy joven, de seguridad y de productividad. Y con la reserva, si quieres sacar cierto carbón necesitas una plantilla mínima. Desde 1998 la Vasco ha concentrado la explotación en dos pozos; antes teníamos tres más. Eso permite un ahorro de personal muy importante, al concentrarlos en los pozos más rentables. Ahora la reducción de plantilla posible es ya muy pequeña. Por eso lo importante es saber qué va a pasar el año que viene, cuánto voy a producir, que precios y ayudas tendré. Un minero no se hace en un día ni en un año, y la preparación tampoco. 1397058884 Nunca hubo tanta sintonía, al menos en apariencia, entre patronal y trabajadores : unos para conservar el negocio, otros el empleo. -Se trata de la supervivencia, y es lógico que exista cierta sintonía. Hoy el mayor problema es el futuro. No es el convenio, temas de producción o destajos. Es mi empleo: ¿el año que viene va a existir o no? ¿Mis hijos van a tener empleo aquí o no? ¿La vida de la comarca se va a ver afectada por que desaparecen las minas? Ese es el gran problema al que todos tenemos que dedicar el esfuerzo. - Dicen que los sueldos se han reducido en los últimos años... - En nuestro caso no es así, el convenio va por encima del IPC. Todo lo contrario. Hemos reducido los empleos más baratos y concentrado toda la gente en producción. Hay menos empleo pero mucho más cualificado. Si el IPC ha subido desde 1997 un 19%, las pesetas brutas por empleo, un 29%. Hoy la gente está en los puestos mejor remunerados. Los menos cualificados han desaparecido. -La Vasco tendría un problema importante si tuviese que cerrar. Está amortizando la Nueva Mina. - La inversión fue muy importante y para 20 años. Queda la mayoría, un 70%: 200 millones de euros. - ¿Con qué parametros debe fijarse la reserva nacional de carbón? - Hunosa debe tratarse por separado. Es un problema social importante y no debe mezclarse con el resto de la minería española. Su problemática y sus costes son específicos. Al resto deberían aplicarnos criterios económicos, el de quién produce el carbón más barato. - En la hipótesis de que a la Vasco no le redujeran producción sino que se la aumentaran, ¿podría asumirlo? - No, no tengo gente. Una mina no es una fábrica, no se puede programar. - ¿Y a la inversa? - Habría serios problemas de viabilidad, de aguantar los costes. - ¿Cuál sería el mejor sistema del concesión de ayudas en el futuro, para el Estado y para las empresas? - La ayuda ha de estar en concordancia con lo que se produce. Y depende de la calidad de lo que vendas. Eso también hay que tenerlo en cuenta.

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