Diario de León
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La reconversión minera y sus prejubilaciones han dejado las minas sin apenas trabajadores mayores de 40 o 42 años. Hasta hace un decenio nadie pensaba en poder irse a casa con su merecida pensión asegurada antes de los 50 o 55 años. Hasta hace tres décadas sí hubo jubilaciones con 45 años, pero eran mineros podridos por la silicosis, con los pulmones cubiertos de polvo de carbón y declarados inválidos para el trabajo por la Seguridad Social en los reconocimientos rutinarios. Hoy las prejubilaciones dejan en casa a gente sana, con dos décadas de mina a sus espaldas, cuando apenas han superado la cuarentena. Cumplen los 52 años de edad natural o bonificada, gracias a un coeficiente reductor que puede suponer más de seis meses por cada año trabajado, en función de tablas de penosidad de la labor que desarrollan. Al bajar a los pozos sorprende la juventud de los hombres que allí trabajan. «Los que tienen más de 30 aquí son veteranos», comentan. La mayoría no llega, en el tajo que Diario de León visitó en la Vasco, a esa edad: están en la veintena aún. Bromas y jovialidad A ello se podría atribuir el desparpajo y la jovialidad que despliegan. Como en cada persona, va en el talante. Aunque quien conozca un poco de los mineros sabe entre ellos existe una camaradería especial, un vínculo de complicidad que surge de compartir cada día espacios angostos, de saber que se depende del compañero, de que su trabajo es uno de los más peligrosos que existen. Quizá la forma de no pensar en que cada jornada, durante horas, siguen jugándose la vida. A pesar de las estrictas y espectaculares medidas de seguridad y de la mecanización.

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