Diario de León

Un día en «La terminal»

Un aeropuerto, ya sea el JFK de Nueva York o el compostelano de Lavacolla, es un submundo donde viven atrapadas cientos de personas. Algunas no pueden salir de las terminales por problemas con inmigración. Otras trabajan en sus instalaciones y

Publicado por
NANI ARENAS | texto XURXO LOBATO | fotos
León

Creado:

Actualizado:

La terminal internacional de un aeropuerto neoyorquino se convierte en el «hogar dulce hogar» de Tom Hanks. La historia está basada en la aventura real del expatriado iraní, Merhan Karimi Nasseri, que vive en la terminal parisina Charles de Gaulle. Aunque Karimi ya puede dejar el aeródromo gracias a que Bélgica le concedió el estatuto de refugiado, el hombre no ha querido abandonar su ya residencia habitual. Reponsables de aeropuertos y compañías aéreas confirman que tanto la historia real de Karimi como la ficción que protagoniza Tom Hanks son posibles, pero difíciles. «Si un país prohíbe la entrada a un pasajero, ya sea por falta de papeles o por problemas legales, las mismas autoridades de inmigración obligan a la compañía aérea a devolver al pasajero a su país de origen y a pagar una multa. Por tanto, antes de facilitarle la tarjeta de embarque a un viajero, la encargada de facturación tiene el deber de comprobar que tiene todos los papeles en regla», explica Alfonso Alcalá, delegado de la escala de Iberia en el aeropuerto de Lavacolla, en Santiago de Compostela. Los grandes aeropuertos con afluencia de vuelos internacionales son más propensos a que se generen situaciones como éstas y parece que se dan con más frecuencia de lo que se cree. «En Barajas o en aeropuertos como Heathrow (Londres), Fránkfort, el mismo Charles de Gaulle... se ven a diario muchos casos de gente ilegal a la que se le deniega la entrada al país, pero, en caso de repatriación, se les facilita algún sitio donde dormir y, salvo raras excepciones, su estancia en los aeropuertos dura sólo horas o días», aclaran fuentes de la Policía Nacional. Las personas consultadas también coinciden en que una historia como la de Tom Hanks no podría darse nunca en un aeropuerto gallego. El único que recibe vuelos extracomunitarios con regularidad es Lavacolla, en Santiago de Compostela. Y los trabajadores sí recuerdan haber visto casos de gente atrapada, pero durante períodos muy cortos de tiempo. «Las últimas, unas chicas colombianas que estuvieron un par de días aquí esperando a que les tramitaran los billetes de vuelta a su país», apunta un empleado del aeropuerto mientras cierra las puertas de las dos habitaciones dónde durmieron las jóvenes colombianas. Estas estancias se encuentran en lo alto de un edificio situado en un lateral de la pista y se abren sólo cuando la situación lo requiere. La sombra del 11-S «Lo que si resultaría imposible en este aeropuerto y en cualquier otro es que el refugiado en cuestión se pasease tranquilamente por la zona aire», expresan fuentes de la Guardia Civil. Ayer mismo se cumplieron tres años de los atentados del 11-S, y desde entonces, las medidas de seguridad en los aeródromos de todo el mundo se han reforzado. Para pasar de la zona tierra (la parte del aeropuerto a la que tienen acceso las personas ajenas al aeropuerto) a la zona aire (a la que sólo tienen acceso los empleados aéreos) hay que tener una autorización oficial y pasar continuos controles. «Todo el mundo que accede de una zona a otra de la terminal tiene que pasar bajo un escáner igualito al que se utiliza para los pasajeros con tarjeta de embarque», explican miembros de la Guardia Civil, responsables de la seguridad aeroportuaria. Pero en el cine todo es posible. Y Tom Hanks se pasea durante meses y meses por la terminal internacional de un aeropuerto neoyorquino -también ficticio pues el rodaje no pudo desarrollarse en un aeropuerto real por motivos de seguridad- en el que descubre un submundo que, curiosamente, sí se parece mucho al que se vive en cualquier otro aeródromo del mundo. Y es que una terminal, sea cual sea y esté dónde esté, es un microcosmos comprimido, un mundo muy complejo en el que realmente vive mucha gente atrapada. Cientos de empleados del aeropuerto, personal subcontratado, trabajadores de las compañías aéreas, cientos de pasajeros que día a día van y vienen a bordo de aviones con destinos lejanos y cercanos, tripulaciones de ida y vuelta, familiares, amigos, curiosos que van y curiosos que vienen... Lavacolla es el aeropuerto gallego donde mejor puede comprobarse ese encanto caótico que esconde un sitio como este. A cualquier hora del día hay gente con prisa porque pierde el vuelo, muy enfadada a causa de otro retraso, contenta por que está a punto de emprender un viaje exótico, estresada por que se avecina esa reunión de trabajo tan importante, despistada en medio de toda esta maraña. Un día en una terminal da para mucho. Y hay muchas oportunidades para charlar con gente. Por ejemplo con Alfonso González, el limpiabotas de Lavacolla. Lleva 24 años recibiendo y despidiendo a gente, se codea con grandes personajes del mundo de la política, del cine, de la literatura... gusta de recitar poemas e improvisar fragmentos teatrales y se le ilumina la cara cuando cuenta que el propio Camilo José Cela, cliente y amigo, lo menciona en su libro Madera de Boj. Si Tom Hanks... Si Tom Hanks se quedara atrapado en Lavacolla habría dejado, seguro, que Alfonso le limpiara los zapatos y se habría enterado de que el viejo limpiabotas nunca se ha subido a un avión a pesar de vivir de ellos y para ellos. Si Tom Hanks se quedara atrapado en Lavacolla comería en la cantina con los empleados del aeropuerto. Y se habría chupado los dedos saboreando el caldo que desde hace veintiocho años sirve Carlos Vilas «el padre de todos», según palabras de Juanma González, uno de los ATS de Lavacolla. Carlos se ruboriza con el piropo y nervioso sirve doble ración de caldo a Pablo de Prado. «Soy un solucionador de problemas» se autodefine Pablo. Sólo intenta traducir el enrevesado nombre de su cargo: técnico de programación y operaciones. Si Tom Hanks durmiera en Lavacolla se conocería la jerga. Sabría que la zona donde confluyen las cintas que transportan el equipaje se llama «el hipódromo». Sabría que los autobuses que llevan pasajeros desde el avión a las terminales son «las jardineras». Sabría que a los aviones se les ponen «calzos» para inmovilizar las ruedas. Si Tom Hanks se viera preso en Lavacolla haría buenas migas seguro, con Xosé Mirás, uno de los señaleros (los que guían a los aviones desde la pista de aterrizaje hasta su aparcamiento) y recorrería la pista en su coche. Si Tom Hanks se instalara en este aeropuerto, disfrutaría conversando con el delegado de Iberia, Alfonso Alcalá, un amante del mundo de la aviación conocedor de todos sus entresijos, o con el campechano Manuel Nieto, jefe de escala de Spanair. O con la hija de este último, Eva María Nieto, jefa de escala de Air-Europa. En los aeropuertos también todo a veces se queda en familia. Si Tom Hanks peregrinase durante años por este submundo, entablaría amistad con algún caminante de los muchos que tras haber recibido la bendición del santo, cambia las zapatillas o la bicicleta por la tecnología aérea. O con algún religioso o religiosa de los cientos que día a día rezan antes de subirse a un avión. Si Tom Hanks asentara su residencia en una de estas butacas se sabría todos los cotilleos que pululan por el aire. Habría escuchado ya mil veces eso de que a Lavacolla le hacen falta más plataformas (aparcamientos de aviones), sabría de los romances que se viven entre la tierra y el aire, y de los problemas que han tenido en la aduana los meses pasados con los emigrantes asiáticos ilegales que utilizaban el aeropuerto de Santiago para conquistar territorio británico. Conocería las caras y los nombres de las conselleiras y conselleiros que día a día circulan por estos concurridos pasillos, intuiría el aterrizaje de un ministro o de algún miembro de la familia real por el revuelo que se monta siempre alrededor de la sala de autoridades. Recitaría sin tartamudear ese aviso que la megafonía repite a todas horas «se anuncia la salida del vuelo bla bla bla con destino Madrid», o Barcelona, o Londres, o... soñaría contemplando esas pantallas con nombres de ciudades españolas, europeas.... a las que no podría viajar porque, no lo olvidemos, Tom Hanks está preso en el aeropuerto. No tendría ningún sentido que se comprara una tarta de Santiago porque Tom no tendría a quien regalársela. Si Tom Hanks se quedara en Lavacolla, a lo mejor se enamoraba de una bella azafata parecida a Catherine Zeta-Jones, y puede que la historia acabase con un final feliz y con una boda en la Catedral de Santiago. En el cine y en los aeropuertos, todo es posible.

tracking