Diario de León

Tomás Álvarez: El embajador leonés de la zarzuela

Durante cuatro décadas su voz fascinó a Europa y América, donde logró éxitos rutilantes con 93 papeles en París, Lisboa Nueva York, Miami, México, Perú o Chile

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MIGUEL A. NEPOMUCENO | texto
León

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Los homenajes a los grandes maestros del pasado son, a la vez que un encuentro con los modelos, un ejercicio de melancolía. Poder escucharlos, compararlos y admirarlos significa regresarlos a sus años de esplendor, cuando reinaban como maestros indiscutibles en los grandes coliseos de la lírica. El barítono leonés Tomás Álvarez Fernández es uno de esos soberanos indiscutibles que ha escrito su nombre con letras de oro al lado de los héroes y heroínas sagrados de la opera y de la zarzuela como Pilar Lorengar, Enedina Lloris, Mercedes Caspir, Victoria de los Ángeles, Angelita Navés, Pepita Embil, Marianela Barandalla, tenores de la talla de Alfredo Kraus y barítonos como Marcos Redondo o Plácido Domingo (padre). Su estilo y su línea de canto lo destacan como el último eslabón de una estirpe de barítonos que arranca con Guelfi, Gobbi y Milnes, continúa con Marcos Redondo, Sagi Barba, Ballester, Enrique Ramos o Ausensi y concluye con él mismo . Voz de fuego, melodiosa y brillante, capaz de sumar sutileza de tono y color a un repertorio cantado a menudo con volu­men implacable y monocromía absoluta, es el eco de un siglo de oro que tal vez ya no vuelva a repetirse. Fue el héroe indiscutible de generaciones de amantes de la lírica que han visto en su esplendoroso físico y en su portentosa voz al Roque más romántico, al Juan de Eguía más apasionado, al Danilo más persuasivo o al Juan Pedro más entregado. Pocas veces se dan en la misma persona dos cualidades tan necesarias pero a la vez tan infrecuentes como inteligencia y sensibilidad. Dos facultades del intelecto, que por desgracia no están muy extendidas entre quienes se dedican al noble arte del canto. En el caso de Tomás Álvarez, la naturaleza quiso dotarlo con una voz excepcional que, unida a una inquebrantable disciplina y entrega sin límites le llevaron a las cotas más altas del arte canoro. Entrega y honradez son las premisas que mejor definen a este leonés universal que paseó el nombre de España por los más grandes coliseos del bel canto haciendo que él y su país se cotizaran al alza en las cimas del arte lírico. Simbiosis perfecta de elegancia y entrega que encarna a la perfección la adecuación del sonido a la palabra, máxima aspiración de todo cantante. Pero tal vez una de las premisas que han hecho de Tomás uno de los barítonos más queridos por sus colegas, a la par que por los públicos de todos los países donde debutó, es su peculiar estilo para hacer de cada uno de sus personajes una suerte de segunda piel hasta convertirle en un ejemplo no sólo de cualidades canoras excepcionales unida a una profunda e inteligente comprensión del momento escénico que le tocó vivir. Una vida para la lírica El pasado 18 de junio, a los 81 años, enmudecía en Madrid esa voz que fascinó a España y América durante más de cuatro décadas con su timbre cálido y profunda expresividad. Oriundo de Vegarienza, aunque nacido por azares del destino en Madrid, Tomás poseía desde muy pequeño una excelente voz que con el tiempo se iría definiendo hacia una tesitura de barítono con extensión suficiente para encaramarse en las zonas de tenor dramático. Su repertorio abarcaba 93 papeles en ópera, zarzuela y opereta, algunos de ellos escritos ex profeso para él, como el Juan José de la misma obra de Sorozábal, la cual no llegó a estrenarse por desavenencias del compositor con los empresarios del Teatro de la Zarzuela, o los estrenos americanos de Mon­tecarmelo y La Caramba, de Moreno To­rroba; Me llaman la presumida, de Alonso (en el Teatro Arbeu de México D.F.); y Tiene razón Don Sebastián, de Jacinto Guerrero, auténticos regalos canoros para una voz privilegiada como la suya. Pero si en la zarzuela reinó como soberano indiscutible en su cuerda, en la opereta obtuvo éxitos apoteósicos en Nueva York, Cuba, Caracas y Miami con el papel de Danilo de La viuda alegre, Leandro en Las Leandras y en toda Hispanoamérica con el Octavio de La Condesa del Bal Tabarín , de Leo Bard, de la que se conserva su única grabación discográfica completa de una opereta, junto a Elsa del Campo, Dolores Pérez y la Orquesta de Cámara de Madrid bajo la dirección de Enrique Es­tela. Acreditado por la crítica de los dos continentes como uno de nuestros mejores barítonos de todos los tiempos, a la par que el último bastión de una larga tradi­ción zarzuelística, su debut tuvo lugar en el Teatro Madrid, el 23 de sep­tiembre de 1944, en el papel de Juan de Eguía, de La tabernera del puerto, con la compañía del maestro Sorozábal, que le abriría las puertas del nuevo continente, y con la del maestro Moreno Torroba, quien lo contrató para efectuar la que sería su primera gira por México y Cuba junto a su mujer, la exquisita tiple dramática Marianela Barandalla, Plácido Domingo y Pepita Embil (padres del tenor del mismo nombre y ella madrina de su hijo mayor Tomás), donde interpretó numerosos papeles de galán. En su triunfal regreso a España, Tomás Álvarez actuó con la mayor parte de las compañías especializadas en el gé­nero, como la de José de Luna, Com­pañía de Ases Líricos y Compañía Lí­rica Española, parti­cipando en el Teatro Albéniz de Madrid en los estrenos mundiales de En nombre del Rey, de Ángel Barrios; Silvia, de González Bastida, con la tiple Matilde Vázquez; y Río Magdalena, del maestro Parada. Tienen que transcurrir 31 años hasta su debut en el Teatro de la Zarzuela en 1975 con el papel de Puck en Las golon­drinas de Sorozábal al lado de Pilar Lorengar e Inés Rivadeneira. En el mismo teatro, tomó parte -con la compañía titular- en otras producciones, como La Ver­bena de la Paloma (1975), La del Soto del Parral, Doña Francisquita (1985) y, más recientemente, Chorizos y polacos y La del manojo de rosas, en la que intervino en un pequeño papel, efectuando giras por París y Roma. En definitiva, ha obtenido gran­des triunfos con obras como Los Gavilanes, Marina, Luisa Fernanda o Katiuska, ayu­dado por sus dotes canoras, de actor y prestancia física. Dentro del mundo cinematográfico Álvarez intervino en dos películas de Juan de Ordu­ña: Música de ayer, en 1959, en la que canta de modo excepcional el zor­tzico de Tabuyo La del pañuelo rojo , y en La Revoltosa, junto a Ángeles Cha­morro, ambos prestando sus voces a los actores Germán Cobos y Teresa Lorca, respectivamente. Dice Joaquín Martín de Sagarmínaga en su excelente diccionario de los cantantes líricos españoles que la voz de Tomás Álvarez «es, con toda probabilidad, la última voz de barítono auténtico especializado en zarzuela y opereta, ca­paz de mantener tesituras altas y de can­tar según ciertas reglas no escritas. Dueño de un color lírico muy bello, algo ate­norado, extensión y fiato notables, una destacable brillantez en el registro agudo, innegable resistencia y capacidad para efectuar crescendos en la línea de los barítonos de antaño». Tomás actuó hasta muy avanzada edad, siendo una de sus últimas caracterizaciones la de Don Matías en Doña Francisquita en el año 1988 para el Liceo de Barcelona, con Alfredo Kraus y Enedina Lloris, lo que supuso el debut del barítono en el coliseo de las Ramblas. En octubre de 1995 repetiría el papel en la pro­ducción estrenada por José Tamayo en el Teatro Nuevo Apo­lo de Madrid. Premio Nacional de las Artes, Tomás Álvarez mantuvo hasta sus últimos días sus cualidades casi intactas hasta el punto de que tenía apalabrado para este año la intervención en La del manojo de rosas , en el papel de padre de la tiple. España en el corazón Las interminables giras de la compañía por Hispanoamérica con breves regresos a casa para ver al pequeño Tomasín no hacen más que incrementar la «morriña» por instalarse definitivamente en España y continuar aquí su triunfal carrera, pero los compromisos americanos les impiden que el sueño se convierta en realidad y mantienen una febril actividad que sólo se interrumpe con la llegada del segundo hijo del matrimonio, Teófilo, que nace en Madrid en 1962 quince años después del primogénito. Este nacimiento obliga a Marianela Barandalla a retirarse de la escena en plenitud de sus facultades aunque en 1974 participa todavía en el homenaje al maestro Moreno Torroba y en 1982 todavía hace el papel de la «señá» Rita en La Verbena de la Paloma . Según nos dice su hijo Teófilo, «mi nacimiento fue un accidente que truncó del todo la carrera artística de mi madre. Ella decía que le habían dejado mal la matriz en México tras el nacimiento de mi hermano, pero cuando llegó a España un reputado ginecólogo le dijo que eso que tenía se curaba a los nueve meses. Y ahí es donde intervengo yo». «Mi madre -continúa Teo-, era de familia numerosa, siete hermanos, cinco chicas, un chico y otro que falleció atropellado por un camión a los ocho años. Toda la familia de mi madre es muy música, pues tanto su madre, que tenía una hermosa voz, como mi tía Lourdes, la menor de las hermanas, que estudió piano, formaban parte de la coral bilbaína y ésta última actuó en alguna zarzuela en papeles secundarios. Sus hijos; uno tiene la carrera de violín y la otra canta en la Sociedad Coral. Mi madre nunca volvió a cantar porque a mi padre no le gustaba, aunque todavía hizo algún papel esporádico». Tomás siempre se sintió muy identificado con León y pasaba varios meses del verano en la casa paterna de Vegarienza. «Él siempre decía que era leonés y que le habían nacido en Madrid accidentalmente», señala su hijo mayor, Tomás. «En los programas de mano -continúa- siempre figuraba como oriundo de esta tierra. Cantó sólo en una ocasión en León, en el teatro Emperador. Fue La corte del Faraón con la que obtuvo interminables ovaciones. Debió de ser por los años setenta pero no conservamos el dato. Cuando murió, el 18 de junio pasado, tenía apalabrado el cantar este año La del manojo de rosas haciendo de padre de la tiple. Tras su muerte, el Teatro de la Zarzuela de Madrid le hizo los días 12 y 26 de septiembre un homenaje con montaje de Emilio Sagi en el que interpretaron una de las obras favoritas de mi padre, La del manojo de rosas . El reparto estaba encabezado por Milagros Martín, Marco Moncloa, Paloma Cruz y Rafa Castejón. Fue un homenaje muy emotivo y un gran éxito de toda la compañía». Como todo buen cantante, Tomás tenía manías y supersticiones que a veces le jugaban malas pasadas: así, el color amarillo no lo ponía nunca para salir a escena y cuando le obligaban a ello decía que no era amarillo sino color oro viejo. Otra de las manías consistía en colocar el elefante que llevaba de colgante con la trompa mirando hacia el escenario, decía que le traía suerte y si no era así se ponía muy nervioso y se desconcentraba de forma ostensible. «Además, había dos obras -apunta Teófilo-, que una vez llegó a una edad madura no le gustaba representar, La del manojo de rosas y La verbena de la paloma , y pasaba muy malos ratos cuando veía a un barítono de avanzada edad cantarlos. También los guarismos le impresionaban y el número 23 tenía una especial atracción para toda la familia. Era su numero mágico. Él había debutado un 23 de septiembre, mi abuelo Teófilo falleció un 23 de abril, mi hermana nació el 23 de junio...» Otra de las características que definían muy bien el carácter y la profesionalidad del barítono leonés era que jamás cantaba fuera de las representaciones. «Mi padre -señala Teo-, no cantaba jamás en otro sitio que no fuera el escenario. Decía que era su modo de vida y no podía permitirse el lujo de malgastar el capital. Cierta vez, cuando un cirujano le pidió que cantara en una determinada reunión, mi padre le dijo '¿Y por qué no opera usted a cualquiera aquí y ahora?'». En Buenos Aires, en una de las galas que le ofrecieron al terminar, le pidieron que cantara y él se levantó y dijo: «Cuánto es la comida», dejó encima de la mesa el importe y se fue. Otra cosa era en Navidad, cuando la familia se reunía. Entonces se armaba la marimorena porque mi madre, que era mucho más lanzada para eso, enseguida comenzaba a cantar y mi padre la acompañaba de inmediato; tal vez, como tuvo que retirarse pronto, le quedó el gusanillo». Poco amigo de meterse en política, Tomás siempre decía que era republicano y tenía muy a gala el que en cierta ocasión que le invitaron para cantar en el Palacio de El Pardo ante Franco, él se negó. «Si quieren verme que vayan al teatro», zanjó con rotundidad, y no volvió a hablar más del asunto. Su amor por el mundo del teatro y sus relaciones con sus compañeros siempre estuvieron marcadas por la honestidad y el respeto. Le gustaba ese mundo, pero no le gustaba el ambiente del teatro. Cuando terminaba la función solía jugar al dominó con los tramoyistas o tomar un vino con ellos, pero eran momentos esporádicos. Con sus hijos procuraba pasar el mayor tiempo posible, ya que sus largas giras se lo impedían habitualmente. «Era para nosotros, más que un padre, un amigo», apunta Teófilo. «A mí siempre me decía: 'Después de ti el mejor amigo tuyo soy yo'», dice. Sus colegas le admiraban y le querían de forma muy especial. El leonés Ignacio Encinas, que cantó con él en varias ocasiones como su mujer María de los Ángeles Damunt y su suegra Angelita Navés, con los que Tomás compartió éxitos y entrañable amistad, nos comentaban: «Pocas veces hemos encontrado en el mundo de la lírica a una persona tan generosa con sus compañeros, tan solidario y tan buena persona, además de ser uno de los grandes barítonos de todos los tiempos. Junto a su mujer Marianela formaban la pareja más cotizada de la zarzuela en España y América», apunta Encinas. Marcos Redondo, otro inmortal barítono, decía que Tomás era su sucesor, y el tenor Alfredo Kraus, con el que el leonés cantó en Madrid junto a Enedina Lloris en 1982, no dejaba de insistirle que cambiara de cuerda, se fuera a estudiar a Alemania y se pasara a la tesitura de tenor dramático porque tenía materia prima para ello. Se le conocían pocas aficiones y sólo una obsesión: ser torero. Teófilo cuenta cómo su padre sentía una gran frustración por no haber cantado nunca el papel del tenor en el Gato Montés, aunque sí el del barítono. «Para desquitarse hizo los dos papeles seguidos en un mismo día. Además, como por su corpulencia no podía entrar en la taleguilla, adelgazó cerca de 15 kilos, algo que a mi madre le preocupó en demasía porque temía que fuera a perder la voz. A nosotros nos decía que lo que teníamos era dejar de estudiar y dedicarnos a ser toreros. Yo creo -concluye su hijo menor-, que cantó el Gato Montés sólo por vestirse de torero». Tomás Álvarez Fernández, el embajador de la zarzuela en el mundo, el barítono que conquistó América con su abrasador estilo, su personalidad arrolladora y su elegancia innata ya no se encuentra entre nosotros. Hace poco más de cinco meses que nos abandonó en busca de su compañera inseparable. Ahora sólo nos queda su recuerdo, su voz y su memoria, y aunque su rica personalidad se difumine y esconda tras la pátina del tiempo, todavía pervive la realidad de su canto, una realidad inmediata e irrefutable que se sustenta en un arte basado en una técnica vocal insuperable y en la posibilidad -casi mágica- de adaptarse a las exigencias expresivas de cada papel con la fuerza y la entrega como pocas veces antes había sucedido en la historia de la zarzuela.

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