Las caras de Santo Martino y Vermudo El saqueo de la tumba de la reina Sancha La UPL sale en defensa de una ley que proteja el Patrimonio leonés Alfonso III García I Ordoño II Fruela II Alfonso IV Ramiro II Alfonso Froilaz Ordoño IV Ordoño III Sancho I Ve
Uno de los descubrimientos más importantes de la investigación llevada a cabo por los expertos que en 1997 entraron en el Panteón Real de San Isidoro fue la constatación científica de que Santo Martino formaba parte de la familia real. Dos marcas de identidad: la fosa canina y el hueso atlas dan fe de una sospecha que siempre había existido y que, gracias a la ciencia, es hoy una realidad. Los antropólogos con los que Diario de León se ha puesto en contacto son muy claros: los cráneos de Vermudo III y Santo Martino son prácticamente iguales. La fosa canina es una hendidura muy pronunciada bajo los ojos que tenían todos los miembros de la familia real leonesa. Lo mismo ocurre con el hueso atlas - vértebra cervical cosntituida por dos masas laterales unidas por dos arcos, anterior y posterior, que ciscunscriben el agujero raquídeo- que también está presente entre padres y hermanos de los monarcas leoneses. Santo Martino fue uno de los teólogos más importantes de su época. Fue un intelectual, un estudioso. Pero, para llegar a consolidar el universo intelectual que fraguó a lo largo de su vida, Santo Martino contó con la ayuda excepcional de alguien, tal vez un «padre blanco», un personaje muy poderoso de la corte, que fue quien le pagó estudios y viajes, columna vertebral de la actividad que luego el santo llevaría a cabo en la Basílica. A nadie debe extrañar que Santo Martino fuera un hijo espurio, puesto que los niños habidos fuera del matrimonio ni siquiera se escondían; eran algo normal en aquella época. Pero ¿Quién era Santo Martino? Los datos que se conocen son escasos y poco o nada se sabe acerca de quiénes eran sus padres. Parece que habría nacido en alguna zona próxima a la ribera del Tono, lugar donde al que acudió en más de una ocasión el rey Ramiro II. Lucas de Tuy defendía que los padres del santo fueron dos aristócratas llamados Juan y Eugenia, dos de las personas más piadosas de la Corte. Ésta podría ser la razón por la cual el santo habría recibido grandes sumas para su formación intelectual y religiosa. Antonio Viñayo realizó su tesis doctoral acerca de este santo por aclamación popular. Gran admirador de este incansable trabajador, escribe que sus códices «nada deja de desear y pueden compararse en belleza con los mejores ejemplares que del siglo XII se guardan en las bibliotecas y archivos españoles». Cuenta también Viñayo que en el siglo XVII se pretendió publicar las obras de Santo Martino, pero la edición no se llevó a cabo, posiblemente por falta de fondos. Ya en este siglo, Pastor hizo una edición con el Bestiario de Santo Martino . En San Isidoro, además de la capilla dedicada al santo, existe un arca gótica donde reposan sus restos mortales. Como en las mejores crónicas negras, el folletín que nos ocupa tampoco se pudo librar de la desaparición o el robo. Las tropas francesas no fueron las únicas que rapiñaron los tesoros que protegieron y acompañaron a los huéspedes del Panteón en su camino hacia la eternidad. Una española también aprovechó la única oportunidad que tuvo para desnudar completamente el cadáver de la reina Sancha. En 1866 Isabel II visitaba San Isidoro y exigía a sus acompañantes que pusieran remedio a la situación de desidia y abandono que regía en el mausoleo. La reina decidía además ceder uno de sus mantos, bordado en oro y seda, para que cubriera la incuria en que había quedado la madre del rey Fernando I. La generosidad de la monarca se convirtió rápidamente en la ocasión que siempre aprovechan los desaprensivos para apropiarse de lo ajeno. La ocasión la pintan calva y la ladrona aprovechó la revolución de La Gloriosa para hacerse con la túnica. Fue en 1868, dos años después de la Orden Real, cuando la mujer del gobernador civil pidió prestado el manto para confeccionar uno similar. Debió tener problemas para encontrar una modista que le calcara el modelo, porque a día de hoy los bordados siguen sin aparecer y la reina continúa en la más absoluta indigencia. Aquel año fue infausto para los leoneses. El afán de latrocinio no se ciñó a los ropajes reales. El Museo Arqueológico de Madrid también ennobleció sus fondos gracias a la historia del Reino de León. Antonio Viñayo lamenta este capítulo de la historia y cuenta de qué manera se robaron los tesoros isidorianos: «Un día el gobernador civil vino acompañado de la Guardia Civil y mandó llevarse el crucifijo de Fernando y Sancha, la arqueta de las Bienaventuranzas, la arqueta mozárabe... No sé por qué razón también dejaron otras muy buenas, como el cáliz de Doña Urraca y los libros». Cuando en el año 1997 los investigadores abrieron las tumbas se encontraron con la momia de doña Sancha y, a su lado, la carta real en la que se daba cuenta del regalo de la soberana y de su implicación personal en la necesidad de adecentar la cripta. A día de hoy, y después de ocho años desde que se cerrara nuevamente esta excavación arqueológica, nada se sabe del manto que debería cubrir a la reina para al menos otros mil años. La UPL anunciaba esta semana que presentaría a la Junta de Castilla y León una propuesta pidiendo mayor control sobre las excavaciones arqueológicas. Esta iniciativa, que se enmarca dentro de la ofensiva que ha lanzado el partido leonesista para recuperar el Patrimonio expoliado a León, coincide con la polémica de la investigación realizada a los restos óseos del Panteón Real de San Isidoro. Los leonesistas reclamarán a la Junta la creación de un censo con todas las excavaciones autorizadas en la Región Leonesa y que haga valer la ley que exige entregar el producto de dichas excavaciones a los museos provinciales junto con la memoria de los trabajos realizados. Según la UPL, las excavaciones llevadas a cabo a lo largo del siglo XX no habrán servido para nada «si no se publican sus resultados científicos y se dispersan los restos recuperados en ellas». La UPL explica que la Junta, ante el incumplimiento casi sistemático del decreto de 11 de abril del 85 que rige las excavaciones arqueológicas, ya propuso prolongar el plazo para la entrega de memorias y los restos arqueológicos, cuya última prórroga caducará este verano. De ser así, Encina Prada, responsable de la investigación de los 93 cuerpos enterrados en el Panteón Real tendría sólo unos meses para dar a conocer las conclusiones de este proyecto que financiaron Junta y Ayuntamiento. No hay que olvidar que la exhumación de los restos óseos de la dinastía leonesa tuvo permiso de la Junta. Aparte de averiguar la identidad de los 93 cuerpos enterrados en el Panteón Real de San Isidoro, la investigación que llevaron a cabo treinta especialistas de cuatro universidades españolas podría ser vital para conocer la evolución del hombre. Las pruebas de ADN a que se sometieron los restos óseos de 23 monarcas de la dinastía astur leonesa tenían también como objetivo arrojar luz al mapa del genoma humano. Porque de pocos individuos, a excepción de los reyes, es posible llegar a conocer toda su línea genealógica. Por ello, el «mausoleo» de San Isidoro brindaba una ocasión excepcional para llegar a conocer las enfermedades de una dinastía que se perpetuó a lo largo de los siglos; de hecho, Ordoño II sería el antepasado número 67 del actual rey de España, Juan Carlos I. Técnicas idénticas a las empleadas por los forenses para averiguar la paternidad biológica o para localizar a un asesino siguiendo las huellas genéticas de una muestra de saliva, sangre o semen hallados en el escenario de un crimen o para identificar un cadáver, son las mismas que se emplean para conocer los virus que infectan un organismo y su transmisión en diferentes épocas -de incalculable valor médico-. Es importante conocer la dolencia del antepasado no sólo como curiosidad arqueológica, sino para desentrañar los desórdenes patológicos que, como ellos, seguimos padeciendo y verificar así cómo y qué tipo de enfermedades se han ido «heredando» por generaciones. El ácido desoxirribonucléico (ADN) funciona como los códigos de barras, en los que se leen las características en clave de un producto. En el ADN está el código genético que determinará las características morfológicas y funcionales de un ser vivo. Está formado por cuatro tipo de «letras» cuyas combinaciones posibles determinan que cada persona y especie posea uno distinto, aunque los familiares tengan similitudes, de ahí que la investigación sobre los reyes sirva para establecer lazos de parentesco. Los científicos que investigaron los restos óseos de San Isidoro leyeron en células extraídas de la cámara pulpar de dientes «reales», que no tuvieran caries, las secuencias por las que se ha podido identificar cada hueso con un cuerpo concreto. Alfredo Piera, uno de los expertos que más duramente trabajó en el Panteón Real, es el artífice de decenas de radiografías realizadas a los restos reales. Con ellas, los investigadores pueden desentrañar un gran número de patologías y dolencias de los miembros de la Corte. Como las «líneas de Harris», o líneas opacas en las radiografías que se extienden a través de las metáfisis de los huesos tubulares y que se observan sobre todo en los niños y adultos. También se denominan líneas de Park, líneas de estrés o líneas de detención del crecimiento. El técnico trajo hasta León tecnología de última generación para realizar estas radiografías, que también deben estar en el secreter de Encina Prada. Una de las investigaciones que los expertos llevaron a cabo a partir de los restos hallados en las tumbas reales fue el de la dieta que se seguía en la corte. El estudio, al que se dio el nombre de Análisis de oligoelementos en el Panteón de Reyes de San Isidoro , resulta muy importante por el hecho de que se trata de la primera vez en que se tiene la posibilidad de realizar un análisis de paleodieta sobre un conjunto tan numeroso de la élite social. Asimismo, los investigadores compararon las conclusiones obtenidas con las que se consiguieron en poblaciones españolas de la misma época. Uno de los resultados más importantes radica en el hecho de que el pescado formaba parte de la dieta que se seguía en la corte leonesa. Asimismo, cabe destacar el hecho -más común- de que la manutención llegaba a través de proteínas animales, resultado de la economía pastoril de León. Bayas, legumbres y frutos secos como bellotas y castañas eran la columna vertebral de la ingesta de verduras y cereales, consumo que resultaba mayor entre las mujeres que entre los hombres. También resulta llamativo el hecho de que los productos lácteos no formaban parte de la dieta ordinaria de los reyes de León.