Diario de León

Del infierno en llamas al averno de la angustia

Pese a la esperanza en un más allá gozoso, el temor a un infierno eterno ha alimentado a lo largo de la Historia mil y una pesadillas

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CARLOS FERNÁNDEZ | texto
León

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En la Divina Comedia de Dante se decía que el infierno estaba en el centro de la Tierra y que era un lugar con llamas permanentes. A su entrada había una inscripción bastante pesimista: «Dejad toda esperanza los que aquí entráis». Ésta ha sido una de las constantes de la Iglesia católica a lo largo de los tiempos y que ha contribuido al miedo de muchos creyentes, un sentimiento lógico, por otra parte, ante lo desconocido, pues nadie ha podido demostrar lo que hay después de la muerte física. Sin embargo, ha habido, desde antiguo, voces disonantes dentro de la Iglesia católica sobre la visión del infierno como suplicio de pecadores en el fuego eterno. Por ejemplo, uno de los grandes exegetas bíblicos, Orígenes de Alejandría (en el siglo III), así como Gregorio de Nisa (siglo IV), ya habían señalado que el castigo del infierno podía ser más espiritual que físico a lo que añadían que el mayor de los pecadores podía arrepentirse y entrar en el paraíso. Parecido pensar tuvieron otros doctores y santos de la Iglesia, como Teodoro, Dídimo y Teodoro de Mopsuestia. También, lo recuerda el teólogo Kurt Eggenstein, San Jerónimo (fallecido en el 420), que fue secretario del Papa Dámaso, escribió en su comentario del profeta Jesaia que los condenados al infierno, con el paso del tiempo, serían redimidos de sus penas mediante generosas consolaciones, pero añadía, que debería mantenerse esto en secreto para que los fieles, «por temor a los castigos eternos del infierno», no pecasen. Asimismo, Pedro Crisólogo, obispo de Rávena (fallecido en 450), estaba convencido, junto con otros obispos, que las penas del infierno no duraban eternamente. No obstante, estas ideas fueron arrasadas por el Concilio de Constantinopla, en el 543, que declaró que el castigo del infierno, con todos sus sufrimientos, era eterno. Otro concilio, el primero de Letrán, en 1123, impuso como dogma de fe la existencia del infierno, condenando a quienes lo negasen. Ya en el siglo XIII, la Iglesia señaló un estado intermedio entre el infierno y el cielo: el purgatorio (purgatorium significa lugar de limpieza), a donde temporalmente irían los que, siendo pecadores, hubiesen muerto arrepentidos y en gracia de Dios. Paralelo a ello y como rescate de los purgadores se establecieron las indulgencias, que se adquirían tras pagarlas religiosamente. A ello hay que añadir que el concilio de Florencia, en 1442, había declarado que fuera de la Iglesia católica, «nadie, ni pagano ni judío, hereje o musulmán o un separado de la unidad de la Iglesia participará de la vida eterna, más bien caerá en el fuego eterno». Otro estado post-mortem que la Iglesia estableció posteriormente fue el limbo, a donde iban, por ejemplo, los niños que muriesen no bautizados. La reforma luterana reconoció la existencia del infierno, pero tanto Lutero como Calvino señalaron que los tormentos que en él se decían padecer eran metáforas, pues, señalaban, «el auténtico sufrimiento del infierno es la eterna separación de la paz de Dios». La Inquisición, que reinó en España varios siglos, mandó a mucha gente al tormento y a la hoguera por dudar de la existencia del infierno. Parecía dar a entender que para habituarse al fuego del otro mundo debería comenzarse a padecerlo en éste. La Iglesia católica siguió manteniendo durante mucho tiempo las penas eternas del infierno promulgadas por Inocencio IV. En el Concilio Vaticano II se suavizaron las tradicionales creencias sobre el infierno. Se declaró que quien no fuera católico desde su nacimiento y obrase de acuerdo con una recta conciencia no iría al infierno, pero que sí irían a él los católicos que renegasen de su religión para pasarse a otra (apostasía). Juan Pablo II redefine el infierno Y, tras mucho pensárselo, el nuevo catecismo de la Iglesia Católica, revisado en 1992, describía el infierno como «un estado de definitiva autoexclusión de la comunión con Dios y los Santos». El propio Papa Juan Pablo II al comentar estos párrafos, señaló que «pensar en el infierno no debe crear ansiedad o desesperación». Asimismo,, el Papa, con motivo de la audiencia concedida el 28-7-99, manifestó: «El infierno no es un lugar físico, sino un estado de ánimo, el estado de quien se aparta de modo libre y definitivo de Dios». Una semana antes, había apuntado: «El cielo no es un lugar físico entre las nubes, sino que es una relación viva y personal con Dios». Hay que añadir que el teólogo alemán Hans Kung ya había escrito 35 años antes: «El infierno no está en el centro de la tierra ni tiene llamas inextinguibles, es el estado de inquietud que sufre el que ha perdido la visión de Dios».

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